94. Gran san Dionisio, tu Francia comienza a reconocer las obligaciones que tiene contigo respecto a la eternidad, pues tú la has sacado de la nada del paganismo haciéndole conocer la verdad; tú no quieres gloria para ti como retribución, sino recibirla para aumentar la accidental de Jesús a quien, en la tierra, tú has amado sin ficción. Te la doy, y con todo mi corazón totalmente lleno de santo celo, en la manera en que debo; lo quiero, recíbela y suple mi ignorancia e impotencia, por tu saber más que angélico, dando a mi corazón lo que es necesario para ello y recibiendo de él las alabanzas que te da el Todopoderoso.

El amor en fin nos ha hecho conocer los dones que la naturaleza había puesto en tu alma, preparándola para tan gran dignidad; haciéndola dejarlo todo valientemente, por la abertura de un Dios oculto para darlo a conocer donde era ignorado. Tenías el alma demasiado noble para estar atada a la tierra; necesitabas el cielo y darlo a conocer para contentarla.

Esto es, pues, grandísimo santo, lo que te ha hecho aparecer igualmente contento en el menosprecio, los dolores y desear la muerte. Parece que era poca cosa predicar al Hijo de Dios hecho hombre, sus virtudes y su vida, sus sufrimientos, su muerte y su resurrección, si tú no ratificabas esta verdad con tu sangre, como hombre devoto, para ser el germen de la vida en las almas de bendición, y para hacer con este ejemplo cantidad de verdaderos cristianos. Esto no está del todo hecho, gran santo del cielo; tú ves la ingratitud de los malos franceses que, conociendo a Dios por todos estos medios, no lo reconocen, ni a ti, por amor, y poco por servidumbre. Dios te ha escogido para declararnos todos sus misterios. Bendito tú por siempre, luminar de estas santas verdades. En verdad que tú has recibido más que has dado en la tierra porque lo que es este hecho, lo hacen la cruz y la vida para sus dignidades.

95, Buen Dios, eres tú quien nos quieres dar todo lo que recibimos de los santos; seas, pues, eternamente bendito por la gloria que das a san Dionisio y por la elección que tu Providencia ha hecho de él para unirnos a todos a tu Divinidad, único principio y último fin de todos tus amigos.

Que los asociados a su trabajo y martirio por la conversión de Francia, tengan parte en los elogios que le tributamos en la tierra, como en la gloria de los cielos: que ellos y nosotros por amor, adoremos tus grandezas en el gozo del Paraíso que se da, y ver tu divina esencia con nuestros propios ojos.

Viva Jesús y su puro amor, que yo elijo para domicilio de mi permanencia.

Hazles conocer (a los sacerdotes) la dignidad de su poder que los

hace levantados por encima de los pueblos, y que su vida no degrade su excelencia; que sus virtudes los saquen del menosprecio en que el abuso de su estado los ha hundido, a fin de que, glorificando a Dios en su sagrado ministerio, El sea su suficiencia.

Obtén para el pueblo que tu sangre ha adquirido por los méritos de Jesucristo, que esta montaña aún humeante atraiga la llama del amor santo para abrasar los corazones por la unión de estas almas colombinas abrasando su corazón cada vez más, y que todos los cristianos participen en ello para honrar más a Dios tres veces santo. Que el uso de los sacramentos se les torne mérito habiendo quitado los abusos; que su vida dé a conocer que quieren buscar a Dios sin fingimiento, emprendiendo valerosamente sus corazones el vencer toda francachela para que, estando invitados a las bodas, sean también bien-amados elegidos; el penúltimo y el último.

96 Perfecciona la obra que nuestro buen Dios te ha encomendado, tú que conoces la grandeza de los misterios que Jesús nos ha dejado para santificar las almas nacidas de su sangre en la Iglesia, su esposa. Alcánzanos, pues, que sepan apreciar este estado y condúcelas con tus ruegos.

¡Estado santo del cristiano que haces del alma nada menos que la asociada de Dios! Hazte sentir a las almas que posees, poseyéndolas, pero poséelas con una suave violencia, haciendo que vivan según su ser, sin que quede ya en ellas lugar para la vanidad de los sentidos ni resistencia al poder de Dios que quiere hacerlas gozar de El.

¡Oh gran Santo!, tu mismo interés, unido a la gloria de Dios, te obliga a interceder por Francia, tan profundamente necesitada aún de tu poderosa ayuda para verse arrancada una vez más a la idolatría perversa, que no ya a la ignorancia. Mira cómo el clero te tiende la mano cual otro Eliseo reclamando tu doble espíritu para poder honrar mejor los misterios ocultos.

Bien ves cómo, por ese clero, Dios ha sido deshonrado, (siendo así que) debe ser glorificado por el carácter del sacerdocio que los selló y consagró por completo al servicio de los altares en los que El quiere ser adorado.


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