[i]E. 90 (M. 69) (Sobre la Recreación). p.793-795

238. Debemos empezar siempre la recreación con la consideración de la presencia de Dios y la de la igualdad ante El de todas las creaturas racionales, pensando que las que menos aprecio merecen a los hombres, son acaso las más amadas de Dios.

Hemos de mirar también el tiempo del recreo como concedido por la bondad divina para unirnos mutuamente, gracias a una comunicación sincera de pensamientos, palabras y acciones; todo ello para honrar la verdadera unidad en la distinción de las tres Personas de la Santísima Trinidad y la unión admirable que existe entre los bienaventurados en el cielo.

La conversación durante el recreo debe ser verdaderamente alegre y cordial, hablando indistintamente con las personas que nos agradan y con las que nos son menos simpáticas, contestando con afabilidad, sin aparente esfuerzo y sin echar nunca nada a mala parte, recordando la mansedumbre de Jesucristo ante las censuras con que tantas veces fueron recibidas sus santas palabras y acciones.

No se burlen de las que no saben expresarse correctamente a menos de tener la seguridad de que no lo han de llevar a mal y de que no tienen ustedes en su corazón ningún sentimiento contrario a la caridad. Si dan motivo de risa a las demás, llévenlo a bien, considerando a todas sus Hermanas como mejores que ustedes y por lo tanto más amadas de Dios, y estimándose dichosas de poder servirlas.

De vez en cuando durante el recreo, eleven su espíritu hacia Dios, recordando que ese tiempo de expansión que dan a su cuerpo y a su espíritu es para remedio de la flaqueza de ambos y que puedan así emplearse mejor en el servicio de Dios según su obligación después de haber recobrado nuevas fuerzas para el trabajo.

Durante el tiempo del recreo, piensen en la alegría eterna que gozarán en el cielo si aman mucho a Dios aquí en la tierra y a su prójimo como El nos lo manda. Y para ayudarse a ese amor que deben al prójimo, piensen al verse reunidas que el vínculo de su afecto mutuo es la Sangre derramada del Corazón de Jesús.

239. La conversación durante las horas en que la obediencia la permite debe ajustarse al ejemplo que el Hijo de Dios nos dio cuando estaba en la tierra, es decir, el de un espíritu de gran caridad; procuren unirse con aquellas que más las incitan a la virtud o a las que pueden ustedes ayudar; lleven muy dentro el interés por el bien de las demás, no se indignen por las acciones de otras y menos aún por sus intenciones; eviten los afectos particulares, puesto que están obligadas a corresponderse mutuamente unas a otras, para mantener la unión que debe reinar en su familia religiosa. Sean afables con todas y honren siempre a su superiora a la que deben mirar como a Jesucristo en la tierra, no censuren nunca su conducta y gobierno, aunque sus disposiciones contraríen a veces los sentimientos de ustedes y aun parezcan oponerse a la razón; tengan por seguro que con un poco de paciencia llegarán a conocer que es el espíritu de Dios y no el de ella el que gobierna.

Tengan gran cuidado en tomar la defensa de los ausentes y háganlo con un espíritu de caridad que les impida juzgar a la ligera a los demás, poniéndose ustedes en el lugar de los que son criticados, ya porque se pongan ante la vista sus propias faltas, ya porque consideren el dominio que ejercen sobre los espíritus las inclinaciones naturales o la costumbre, hasta el punto de resultar casi imposible deshacerse de ellas; por último, reflexionen y hagan reflexionar a las que se encuentren con ustedes en las gracias que tienen que dar a Dios, unas y otras, si es que se encuentran exentas de esos defectos; pero cuiden sobre todo de que sus palabras, al hablar de los demás, procedan de un corazón verdaderamente cristiano y no de una virtud fingida.

Que sus conversaciones versen principalmente sobre temas que las ayuden al cumplimiento de sus Reglas, pensando que cualquiera otra devoción puede ser para ustedes más perjudicial que útil.


[i]E. 90. Ms. A., Sr. Chétif, 2, p. 43 Copia,


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