Enfermedad del obispo de Luçon. Noticias de los misioneros de Escocia, Berbería, Madagascar y Génova. Exhortación al celo y al desprendimiento.
El padre Vicente encomendó a las oraciones de la compañía a algunas personas que se lo habían pedido, entre ellas el señor obispo de Luçon, que estaba gravemente enfermo.
Es un obispo, dijo, de gran bondad y mucha caridad para con la compañía, como siempre lo ha demostrado; participa mucho de la bondad de Dios. Como agradecimiento, pediremos a Dios que le dé lo que más convenga a su gloria.
También encomiendo a sus oraciones a nuestros padres que están en el extranjero. Hace algunos días he sabido que había salido el padre Le Blanc; me lo ha dicho el superior del colegio de los escoceses; no sé si será verdad, pues no he recibido ninguna carta suya; de todas formas, le daremos gracias a Dios y no dejaremos de rogar a su divina bondad que le dé fuerzas para soportar todo cuanto quiera la divina Providencia que le suceda, aceptando las penas con que se encuentre, si está libre, y la misma muerte, si así lo desea Dios, siempre con una resignación perfecta con la divina voluntad. No tendría más que decir: «No soy sacerdote», para verse totalmente libre; pero prefiere morir antes que decir: «No soy sacerdote». Si lo dijese, le dejarían marchar inmediatamente, le abrirían las puertas de la cárcel.
También tenemos que rezar por los padres Duiguin y Lumsden, que trabajan en aquellas tierras. ¡Oh Salvador! ¡Cuánto fruto hacen por allí! Habrá que leer lo que han escrito. Las mismas damas han reunido sus escritos y sus cartas, y las leen con sentimientos de religión y bendición. ¡Oh Salvador!
Los que están en Berbería, el padre Le Vacher y los demás, trabajan allí con muchas fatigas y tienen que sufrir en aquellos sitios muchas contrariedades, pero no dicen ni una palabra de ello…; sin embargo, tienen que padecer mucho, de los turcos y de los esclavos, visitan, atienden y mantienen a esos pobres prisioneros, corriendo de acá para allá; y no dicen una palabra de nada; al contrario, por sus cartas vemos que están contentos de sufrir y que piden todavía más y quieren más sufrimientos todavía. ¡Oh Salvador! Pidamos a Dios que dé este espíritu a todo el cuerpo y al corazón de la compañía. Es una gran bendición de Dios, que se digne servirse para ello de esta pequeña compañía, concediéndonos el honor de sufrir por él en algunos miembros de los nuestros, en la persona del padre Le Blanc y de los demás. ¡Qué gran favor el que nos hace mandándonos así a llevar su palabra por el mundo!
Había algunos religiosos que se embarcaron para ir adonde están nuestros misioneros en Berbería; pero, al llegar allí, se encontraron con tantas dificultades que tuvieron que volver; gracias a Dios, los nuestros siguen y están trabajando con mucho éxito. Tengamos cuidado de no hacernos indignos de esta gracia y que Dios la retire de nosotros. Un franciscano me decía hace poco: «¡Oh, padre, qué gran bendición! ¡Qué grandes progresos realizan!». El pedía para los que están en las Indias y en el Oriente un asistente al lado de su general, para que de esta forma se pudieran remediar muchas necesidades que padecen en aquellos sitios; así lo pidió en el capítulo general, pero se lo negaron por varias razones. Aquel padre decía con mucho resentimiento: «Tened cuidado, no sea que Dios os retire esa gracia que os ha concedido, y os castigue quitándoos de vuestro cuerpo esa vocación, y haciendo que ya no vaya nadie a esos países». Demostraba mucha pena y me decía: «Padre, ¡qué gran bendición la que Dios les ha dado por…». No me atrevo a decirlo.
Tengamos cuidado de que Dios no nos quite esta gracia. El ha querido servirse de esta pequeña compañía para realizar sus designios. Seamos como aquel pequeño aldeano que llevaba la talega y que, cuando veía arrodillarse y orar al que acompañaba, se arrodillaba también él para rezar con la talega al hombro; y cuando le preguntaron qué hacía, dijo: «Le pido a Dios que le escuche a usted; me gustaría decirle lo que usted le dice, pero no sé; por eso le ofrezco lo que usted le dice».
Somos nosotros los que llevamos la talega al hombro, pobres idiotas que no saben decir nada, esos espigadores que vienen detrás de los grandes misioneros. Demos gracias a Dios de que haya aceptado nuestros servicios; ofrezcámosle las grandes cosechas de los demás junto con nuestras pocas espigas, siempre dispuestos a hacer todo lo posible por el servicio de Dios y del prójimo. Si Dios nos ha dado tantas bendiciones, todavía puede darnos más; si a aquel aldeano le dio esa gran luz y esa gracia, que mereció que la historia hablase de él, esperemos que, si hacemos todo lo posible para contribuir con todas nuestras fuerzas a la gloria de Dios, Dios hará lo demás, recibirá con benevolencia y bendecirá nuestros humildes trabajos y ofrecimientos.
Dios se sirve de quien quiere para realizar cosas grandes. Acordaos de nuestros padres que están en el extranjero, por ejemplo el padre Le Blanc; él no dice palabra, no son personas que hallan brillado; pero ya veis las maravillas que realiza Dios por este servidor suyo y por todos los demás. Esperemos en Dios; aceptemos su santa providencia sobre nosotros.
También tenemos que rezar por los demás, por el padre Bourdaise y el padre Mousnier. ¡Oh Salvador! Hace pocos días hablaba con uno de esos señores que ha venido de allí. ¡Qué cosas me decía del padre Nacquart! ¡Qué gran siervo de Dios! ¡Con qué sentimientos me hablaba de él! ¡Cuánto bien ha hecho! ¡Cuánto hemos perdido con ese siervo de Dios, pero con cuánto provecho! ¡Oh, Salvador! Sanguis martyrum, remen christianorum. Esto me hace esperar que su martirio (ya que ha muerto por Dios) será semilla de cristianos y que Dios, por su muerte, nos dará mayores frutos. ¡Y qué cosas me dijo también del padre Gondrée! ¡Qué sentimientos! Tengo todavía delante de mí a aquel hombre, su mansedumbre, su gran modestia; todavía me acuerdo de las cosas tan hermosas que nos decía cuando estaba ya a punto de embarcarse. ¡Qué gran hombre de Dios! ¡Oh Salvador! ¡Bendito sea Dios!
Bien, pidámosle a Dios que dé a la compañía ese espíritu, ese corazón, ese corazón que nos hace ir a cualquier parte, ese corazón del Hijo de Dios, el corazón de nuestro Señor, que nos dispone a ir como él iría y como él habría ido si hubiera creído conveniente su sabiduría eterna marchar a predicar la conversión a las naciones pobres. Para eso envió él a sus apóstoles; y nos envía a nosotros como a ellos, para llevar a todas partes su fuego, a todas partes. Ignem veni mittere in terram, et quid volo nisi ut accendatur; llevar a todas partes ese fuego divino, ese fuego de amor y temor de Dios, por todo el mundo: la Berbería, las Indias, el Japón. Es la promesa de aquellas palabras. Sanguis martyrum, semen christianorum. Han atormentado a los cristianos, los han perseguido por doquier; ¡con cuánta rabia y crueldad los mataban! Pero finalmente, por la misericordia de Dios, los asuntos han cambiado de aspecto, ha muerto el rey cruel y su sucesor no hace morir a nadie; por el contrario, ha permitido a los portugueses que trafiquen, a los misioneros que vayan allá, y todos viven con mucha seguridad y sin peligro alguno, por la gracia de Dios.
Pidámosle todos a Dios este espíritu para toda la compañía, que nos lleve a todas partes, de forma que cuando se vea a uno o dos misioneros se pueda decir: «He aquí unos hombres apostólicos dispuestos a ir por los cuatro rincones del mundo a llevar la palabra de Dios». Pidámosle a Dios que nos conceda este corazón; ya hay algunos, gracias a Dios, que lo tienen y todos son siervos de Dios. ¡Pero marcharse allá oh Salvador, sin que haya nada que los detenga, qué gran cosa es! Es menester que todos tengamos ese corazón, todos con un mismo corazón, desprendido de todo, con una perfecta confianza en la misericordia de Dios, sin preocuparnos ni inquietarnos ni perder los ánimos. «¿Seguiré con este espíritu en aquel país? ¿Qué medios tendré Para ello?». ¡Oh Salvador, Dios no nos fallará jamás! Padres, cuando oigamos hablar de la muerte gloriosa de los que están allí, ¿quién no deseará estar en su lugar? ¿Quién no tendrá ganas de morir como ellos, con la seguridad de la recompensa eterna? ¡Oh Salvador! ¡No hay nada tan apetecible! Así pues, no os atéis a cosa alguna; ánimo, vayamos donde Dios nos llama él mirará por nosotros y nada tendremos que temer. ¡Bendito sea Dios! Pidámosle por esta intención.
Me han escrito de Génova que necesitan nuestro apoyo y nuestras oraciones, a las que se encomiendan; estamos obligados a ello; ha habido que enviar y trasladar a todos nuestros padres que han pasado por allí y que han sido recibidos de una manera… Dios lo sabe. El buen padre Blatiron no acaba de gustarles; él no me dice nada, pero sé que les ha atendido debidamente.
Artículos relacionados:
Vicente de Paúl, Conferencia 051: Repetición De La Oración Del 1 De Agosto De 1655
Guardar el silencio. En el recreo, conversar con modestia. Ejemplo de los ejercitantes, de los cortesanos, de los grandes, de la Sorbona. Lo que hagan los primeros de la compañía será imitado por los que ... Seguir leyendo
Vicente de Paúl, Conferencia 054: Repetición De La Oración Del 10 De Agosto De 1655
SOBRE LA OBRA DE LOS RETIROS El padre Vicente recomienda un asunto importante a los hermanos de la compañía. Manifiesta su satisfacción por el bien que se hace en los retiros. Cita a una persona que ... Seguir leyendo
Vicente de Paúl, Conferencia 056: Repetición De La Oración Del 16 De Agosto De 1655
Cómo hay que hacer oración. San Vicente anuncia que van a empezar los ejercicios de predicación. El padre Vicente aprovechó la ocasión para hablar, a propósito de lo que dijo un clérigo, al empezar a repetir ... Seguir leyendo
Vicente de Paúl, Conferencia 060: Repetición De La Oración Del 24 De Agosto De 1655
El señor de Flacourt ha traído cuatro jóvenes malgaches a San Lázaro. Reprimenda a un hermano coadjutor. El padre Vicente recomendó con mucha insistencia que pidieran a Dios por cuatro jóvenes negros que había traído consigo ... Seguir leyendo
Vicente de Paúl, Conferencia 061: Repetición De La Oración Del 25 De Agosto De 1655
En la oración conviene atender detalladamente a nuestros defectos. Elogio de la virtud de san Luis. Graves peligros que amenazan a Polonia. El padre Vicente alabó a un sacerdote y a dos clérigos seminaristas por haber ... Seguir leyendo






























No tenemos recopilado ning


