Enfermedad de Nicolás Duperroy. Valor de los sufrimientos que se soportan con espíritu de fe. Los bienaventurados ven en el cielo las buenas obras que hacen en la tierra sus personas queridas.

El padre Vicente, hablando a propósito de los sufrimientos de esta vida y especialmente del de las enfermedades, nos dijo, después de haber encomendado a las oraciones de la compañía al buen padre Duperroy, que estaba en manos de los cirujanos para que le curasen de un mal que había dejado en él la segunda peste, pues tenía algunas costillas cariadas y tenían que aplicarles fuego; sin embargo, soportaba todos esos males con tanta paciencia que apenas le oían quejarse alguna vez.

Considerando el trato con que Dios quiere probar a este su fiel servidor, decía dentro de mí mismo: «¿Es ésa, Señor, la recompensa con que pagas a tus servidores, a ese hombre en el que jamás hemos notado la más pequeña falta, a esta persona que siempre ha permanecido fuerte como una roca en el lugar en que lo había colocado tu divina providencia, a pesar de todas esas calamidades de la guerra, de la peste y del hambre?». Sin embargo, así es como trata Dios a sus servidores. ¡Ay, padres y hermanos míos! Hemos de reconocer que Dios se complace de forma maravillosa viendo cómo sufre un alma que lo soporta todo con paciencia por amor a él.

Vi ayer a una joven que lleva varios meses enferma, sufriendo con una paciencia tan grande que, al ver su rostro, nadie diría que sufre, al verla tan contenta; sin embargo, su enfermedad es muy grande y le causa un dolor de cabeza continuo; es una joven que ha tenido que salir de su congregación debido a esa enfermedad. Pero les aseguro, padres, que me parecía ver en su rostro un no sé qué de esplendor que me daba a conocer que Dios residía en aquella alma tan afligida. Podéis imaginaros cuánto le agrada a Dios ese estado, si su propio Hijo quiso que todas las acciones santas y heroicas que practicó durante toda su vida estuvieran coronadas por el sufrimiento. Y así lo hizo, dando su vida por todos los hombres. ¡Qué dichoso estado el de sufrir por Dios!

Hace cuatro o cinco días estuve en una habitación totalmente rodeada de espejos, de forma que, desde cualquier parte que se mirara, sólo se veían espejos y no era posible hacer nada que no se viera reproducido y representado en esos espejos, ni siquiera el movimiento de un dedo, ya que esos espejos hacían ver la acción más pequeña que se realizase. Al ver esto, dije para mis adentros: «Dios mío, si por medio de ese cristal que no proviene más que de la tierra, ya que el cristal se hace de la arena y de los guijarros que se hacen disolver por medio de cierta raíz, si por medio de esos cristales vemos hasta la más pequeña acción que se hace en esta habitación, ¡qué no verán los bienaventurados en Dios, que lo llena todo y en quien todas las cosas están encerradas!»; y así todas las buenas obras de los fieles, todos esos actos de paciencia, de conformidad con la voluntad de Dios y todas las demás acciones de virtud, todo esto, repito, hasta la acción más pequeña, la ven los bienaventurados en Dios, especialmente los actos de virtud; de ahí procede lo que dice san Agustín, que uno de los consuelos que Dios les da allá arriba en el cielo a los bienaventurados que tienen parientes y amigos aquí en la tierra, es hacer que vean los actos de virtud que practican, por ejemplo, la intención que tenemos cuando hacemos la oración, el fervor de espíritu, la compostura del cuerpo, y así hasta la más mínima acción de virtud que hagamos; y miran también los dolores que esas almas afligidas, clavadas a la cruz, padecen por amor a Dios, como otros tantos brillantes que dan cierto resplandor.


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