SOBRE LA BUSQUEDA DEL REINO DE DIOS

(Reglas comunes, cap. 2, art. 2)

Explicación de la máxima del evangelio: «Buscad ante todo el reino de Dios». Motivos y medios adecuados para ponerla en práctica.

Padres y hermanos míos, ya que mis achaques me permiten hablaros esta tarde, seguiremos explicando el segundo capítulo de nuestras reglas. La charla anterior y la primera sobre dicho capítulo fueron sobre las máximas evangélicas en general, de las que esta compañía tiene que hacer una especial profesión, como de una divina doctrina dada principalmente para las almas que aspiran a la perfección, para las almas justas y escogidas por Dios para ser, como dice nuestro Señor, luz del mundo y tener luego la posesión del cielo. Ya os dijimos algo de esto el viernes pasado; os aburriría si os hablase más de ello, pero quiero recordaros, de pasada, que es sobre todo a nosotros a los que van dirigidas estas máximas, tanto porque se trata de los medios para llegar al fin primero que nos hemos propuesto, que es nuestra propia perfección, como en virtud de la especial obligación que hemos contraído de practicarlas, después de que las hemos convertido en reglas nuestras.

Pasemos ahora al segundo artículo, donde la regla dice con Jesucristo: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas las demás cosas que necesitéis se os darán por añadidura»?. Si nuestro Señor nos ha recomendado esto, hemos de aceptarlo así; él lo quiere; él es la regla de la Misión, él es el que habla y a nosotros nos toca estar atentos a sus palabras y entregarnos a su majestad para ponerlas en práctica. Es conveniente ir explicando palabra por palabra las que acabamos de referiros, al menos las primeras y principales.

Así pues, se dice que hay que buscar el reino de Dios. Eso de buscarlo no es más que una palabra, pero me parece que dice muchas cosas; quiere decir que hemos de obrar de tal forma que aspiremos siempre a lo que se nos recomienda, que trabajemos incesantemente por el reino de Dios, sin quedarnos en una situación cómoda y parados, prestar atención a su interior para arreglarlo bien, pero no a su exterior para dedicarnos a él. Buscad, buscad, esto dice, preocupación, esto dice acción. Buscad a Dios en vosotros, ya que san Agustín confiesa que, mientras lo andaba buscando fuera de él, no pudo encontrarlo; buscadlo en vuestra alma, como en su morada predilecta; es en el fondo donde sus servidores, que procuran practicar todas las virtudes, las establecen. Se necesita la vida interior, hay que procurarla; si falta, falta todo; y los que ya se han quedado sin ella, tienen que llenarse de confusión, pedirle a Dios misericordia y enmendarse. Si hay un hombre en el mundo que lo necesita, es este miserable que os está hablando; caigo y vuelvo a caer, salgo muchas veces fuera de mí y pocas veces entro en mi propio interior; voy acumulando faltas sobre faltas; es ésa la miserable vida que llevo y el mal ejemplo que os doy.

Y recogiéndose un momento, el padre Vicente añadió:

¡Pobre hombre! Tienes mucha obligación de ser un hombre interior y no haces más que caer y volver a caer. ¡Que Dios me perdone!

Procuremos, hermanos míos, hacernos interiores, hacer que Jesucristo reine en nosotros; busquemos, salgamos de ese estado de tibieza y de disipación, de esa situación secular y profana, que hace que nos ocupemos de los objetos que nos muestran los sentidos, sin pensar en el creador que los ha hecho, sin hacer oración para desprendernos de los bienes de la tierra y sin buscar el soberano bien. Busquemos, pues, hermanos míos. ¿El qué? Busquemos la gloria de Dios, busquemos el reino de Jesucristo.

Después de la palabra buscad viene la palabra primero, esto es, buscad el reino de Dios antes que todo lo demás. Pero, padre, hay tantas cosas que hacer, tantas tareas en la casa, tantas ocupaciones en la ciudad, en el campo; trabajo por todas partes; ¿habrá que dejarlo todo para no pensar más que en Dios? No, pero hay que santificar esas ocupaciones buscando en ellas a Dios, y hacerlas más por encontrarle a él allí que por verlas hechas. Nuestro Señor quiere que ante todo busquemos su gloria, su reino, su justicia, y para eso que insistamos sobre todo en la vida interior, en la fe, la confianza, el amor, los ejercicios de religión, la oración, la confusión, las humillaciones, los trabajos y las penas, con vistas a Dios, nuestro señor soberano; que le presentemos continuas oblaciones de servicio y de anhelos por ganar reinos para su bondad, gracias para su Iglesia y virtudes para la compañía. Si por fin nos asentamos firmemente en la búsqueda de la gloria de Dios, podemos estar seguros de que lo demás vendrá después.

Nuestro Señor nos ha prometido que atenderá a todas nuestras necesidades, sin que tengamos que preocuparnos de ellas; no obstante, hay que atender a los asuntos temporales y velar por ellos en la medida en que Dios lo desea, pero sin hacer de eso nuestra preocupación principal. Dios espera que así lo hagamos y la compañía hará bien en preocuparse de las cosas exteriores; pero si se ocupa en buscar esas cosas perecederas, descuidando las interiores y divinas, dejará de ser Misión; será un cuerpo sin alma; y este lugar será, como ha sido otras veces, un motivo de pena para las buenas personas y de abandono de Dios. Así es como hemos de buscar ante todo y sobretodo el reino de Dios. Pero ¿qué es ese reino de Dios?

Se dan diversas explicaciones de esta palabra: 1.° Se entiende del dominio de Dios sobre todas las criaturas, angélicas y humanas, animadas e inanimadas, sobre los condenados y los demonios; Dios es el dueño, señor y soberano de todo y de todas las cosas. 2.° El gobierno de su Iglesia, compuesta de elegidos y de réprobos; Dios es su rey; ha dado leyes a esta Iglesia, inspira a sus gobernantes la buena dirección que siguen, reina sobre los concilios canónicos y las santas asambleas que se celebran para el buen orden del estado cristiano, y para ello las preside el Espíritu Santo. El es el que ha dado las luces esparcidas por toda la tierra, que han iluminado a los santos, ofuscado a los malvados, disipado las dudas, manifestado las verdades, descubierto los errores y mostrado los caminos por donde la Iglesia en general y cada uno de los fieles en particular pueden caminar con toda seguridad.

3.° Reina de una manera especial sobre los justos, que lo honran y le sirven; sobre las almas buenas, que se entregan a Dios y no respiran más que a Dios; sobre los elegidos, que deberán glorificarle eternamente. Sobre esas personas es sobre las que reina de una manera especial, por medio de las virtudes que practican y que han recibido de él. El es el Dios de las virtudes, y no hay ninguna que no venga de él. Todas ellas proceden de esta fuente infinita, que las envía a las almas escogidas que? siempre dispuestas a recibirlas, son siempre fieles en practicarlas. Y de este modo ellas procuran el reino de Dios, y es así como Dios reina siempre en ellas.

¡Ay, hermanos míos! ¿Estamos nosotros en esta situación? ¿Tenemos la dicha de que Dios sea el dueño en nosotros, de forma que sus virtudes realicen sus operaciones en nosotros sin resistencia alguna? Hermanos míos, preguntémonos a nosotros mismos: «¿Hago yo lo que hacen esas almas? ¿Estoy pronto ante los atractivos de Dios, fiel a sus deseos, exacto en mis prácticas y dispuesto siempre a obrar según su voluntad?». Si es así, decid con entusiasmo lo mismo que decía nuestro Señor: «Como mi Padre que vive me ha enviado, por eso yo vivo  mi Padre». Estad seguros de que, si el Dios de las virtudes os ha escogido para practicarlas, vosotros vivís por él y su reino está en vosotros. Pero, si no es así, ¿qué habrá que hacer? Entregarnos a él sin regateos y sin reservas desde este momento, para que acepte disponernos a esta vida de elegidos y aparte de nosotros tanta voluntad propia y nuestros afanes de propia satisfacción, que es lo que impide que Dios resida apacible y absolutamente en nosotros. ¿Por qué no vamos a hacer ahora todos juntos este acto de abandono en su divina bondad? Digámosle pues: «¡Oh, rey de nuestros corazones y de nuestras almas! Aquí estamos humildemente postrados a tus pies, entregados por entero a tu obediencia y a tu amor; nos consagramos de nuevo por completo y para siempre a la gloria -de tu majestad; te suplicamos con todas nuestras fuerzas que establezcas tu reino en la compañía y le concedas la gracia de que ella te entregue el gobierno de sí misma y que nadie se aparte de él, sino que todos seamos conducidos según las normas de tu Hijo y de los que tú has puesto para gobernarla».

Así es, hermanos míos, como deben entenderse estas palabras: «Buscad el reino de Dios»; pero además se dice: «y su justicia». Fijaos que añade justicia. Sé muy bien que algunos no ponen casi ninguna diferencia entre buscar el reino de Dios y buscar su justicia y que, por tanto, no sería necesario que me detuviese más en la explicación de estas palabras; sin embargo, como hay otros que las distinguen y como en la sagrada escritura no hay ninguna palabra de la que no se pueda sacar algún fruto, si se explica y se medita con cuidado, no será inconveniente que os diga aquí lo que se puede entender por estas palabras: «Buscad la justicia de Dios». Para ello, hay que saber antes cuál es esa justicia de Dios. Padres, vosotros habéis estudiado teología y yo soy un ignorante, un alumno de primaria; sabéis que hay dos clases de justicia, la conmutativa y la distributiva; ambas se encuentran en Dios: justus Dominus et justitias dilexit. También se encuentran en los hombres, pero con el defecto de que son dependientes, mientras que la justicia de Dios es soberana. No obstante, nuestras justicias no dejan de tener sus propiedades, por las que guardan cierta relación y semejanza con la divina, de la que dependen. Así pues, la de Dios es conmutativa y distributiva a la vez.

1.° Conmutativa, ya que Dios transforma los trabajos de los hombres en virtudes, y sus méritos en recompensas; y como los cuerpos se corrompen el alma toma posesión de la gloria que ellos han merecido. Esta conmutación de los méritos en recompensa se hace por medida y por número o, como dicen los teólogos, en proporción aritmética. Sí, Dios proporciona las virtudes según el esfuerzo que se pone por adquirirlas y da la gloria según el número y el valor de las buenas acciones. Esto tiene que impresionarnos, padres; Dios nos recompensará por la justicia y por la cuenta de nuestras obras. Esforcémonos, hermanos míos, esforcémonos en la virtud, multipliquemos el empeño, busquemos el honor y el beneplácito de nuestro soberano Salvador; llevemos vida interior, aumentemos el reino de Dios en nosotros. Hay un pasaje en la carta de san Pablo a los corintios: Opera illorum sequuntur illos: las obras buenas del justo lo acompañarán y Dios se las recompensará, lo mismo que castigará también a los malos, en proporción con sus iniquidades, con la pena del infierno; pero lo hará estrictamente y con esa proporción aritmética de la que acabamos de hablar. Disminuyamos las miserias de nuestra alma y progresemos en la virtud; Dios será exacto en recompensar nuestras buenas obras y en castigar las malas. Esto es cierto, hace poco que lo he leído. Así pues, si Dios obra de esta forma, padres, ¿no hemos de mirar su justicia buscando su gloria, y mirar su gloria buscando su justicia? ¿no hemos de hacer todo el bien que podamos para este fin, para que nuestras obras sean dignas de esta conmutación de la gloria y que la gloria responda a las obras? No podemos esperar que Dios nos conceda una buena medida, y sobreabundante, si nosotros nos portamos roñosamente con él; hay que sembrar mucho con nuestras buenas acciones, para recoger mucho en recompensa, y así es como buscaremos la justicia de Dios, en cuanto conmutativa y propia solamente de él.

2.° También es distributiva, en cuanto que conserva cierta proporción llamada geométrica, cuando Dios distribuye el cielo a los buenos y el infierno a los malos, tales como yo, que no puedo esperar más que un riguroso castigo. El cielo es un conjunto de bienes infinitos que Dios distribuye a las almas justas. ¿Y qué es el infierno? Un lugar donde abundan toda clase de males que no acabarán nunca, distribuidos entre los que se han prostituido al pecado; y esta justicia se llama distributiva. ¿Por qué? Porque el cielo es la paga o el salario con que recompensa a sus servidores, y el infierno es la pena con que castiga a los malos. Es propio de Dios darle a cada uno según sus obras Padres, no nos engañemos: tenemos que ser castigados; tengamos miedo.

Hace algunos días leí, o mejor dicho, me refirieron que un religioso decía que en su orden parecía como si se temiese a Dios; el temor reinaba allí, pero no en todos, pues exceptuaba a algunos que no pensaban en los castigos de Dios y en los que no cabía el temor; eran los espíritus abandonados, que no pensaban ni se preocupaban de los fines últimos. «Yo hago oración, decía, rezo el oficio y hago todos mis ejercicios, pero con miedo de hacerlos mal, o por lo menos de no hacerlos bastante bien».

Padres, recordemos la forma con que nosotros cumplimos con los nuestros; sólo encontraremos en ellos mucho motivo para temer que, en vez de merecer alguna recompensa, Dios nos encuentre dignos de castigo. Pero ¿adónde vamos con todo, este discurso sobre la justicia conmutativa y la distributiva? A que comprendamos, en breves palabras, que para buscar debidamente y para encontrar felizmente esta divina justicia, hay que considerarla a la vez como conmutativa y como distributiva, esto es, mirarla como dispuesta a recompensarnos abundantemente, si procuramos merecerla por la práctica de las virtudes convenientes a nuestro estado; lo cual es, en cierto modo, imitar a la justicia divina.

He aquí, padres, una larga explicación de esta máxima; pero no es eso todo; hay que saber que, por estas palabras:         «Buscad primero el reino de Dios y su justicia», nuestro Señor no pide solamente de nosotros que busquemos primero el reino de Dios y su justicia de la manera que acabamos de señalar; quiero decir que no basta con obrar de modo que Dios reine en nosotros, buscando así su reino y su justicia, sino que además es preciso que deseemos y procuremos que el reino de Dios se extienda por doquier, que Dios reine en todas las almas, que no haya más que una verdadera religión en la tierra y que el mundo viva de una manera distinta de como vive, por la fuerza de la virtud de Dios y por los medios establecidos en su Iglesia; finalmente, que su justicia sea buscada e imitada por todos con una vida santa, y así sea él perfectamente glorificado en el tiempo y en la eternidad.

Esto es, por consiguiente, lo que hemos de hacer: desear que se propague la gloria de Dios y trabajar por ello.

Hablo de su gloria y hablo de su reino, tomando así lo uno por lo otro, ya que se trata de lo mismo. La gloria de Dios está en el cielo; y su reino, en las almas. Tengamos, pues, ese contínuo deseo de que se extienda el reino de Dios y ese anhelo de trabajar con todas nuestras fuerzas para que, después de haber procurado el reino de Dios en la tierra, vayamos a gozar de él en el cielo. Tengamos siempre esta lámpara encendida en nuestros corazones.

¡Ay, padres! ¡Qué felices somos de estar en una compañía que tiene como finalidad, no sólo hacernos dignos de que él reine en nosotros, sino también que sea amado y servido por todo el mundo y que todo el mundo se salve! Cuando leamos la regla, veremos que nos recomienda en primer lugar que nos perfeccionemos, esto es, que hagamos reinar a Dios en vosotros y en mí, y en segundo lugar que cooperemos con él por la extensión de su reino. ¿No os parece esto maravilloso? Es hacer lo que hacen los ángeles de Dios, escogidos por él para llevar e indicar su voluntad a los hombres, para que estos obren según ella. ¿Habrá en la tierra una situación más digna de ser deseada que la nuestra?

Esta es, padres, la explicación global de estas palabras: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia». Pasemos a los motivos que tenemos para entregarnos a Dios con este fin. El primero es que no sólo nos obliga a ello la regla, sino que nos lo ordena Jesucristo; ésa es la primera de sus máximas, la principal de sus prácticas: aspirar a que Dios sea conocido, servido, amado, que su reino y su justicia sean buscados antes que todo lo demás. Pues bien, si nuestro Señor nos exhorta a ello y nos lo manda, también da la gracia para hacerlo a todos cuantos se la pidan, y la aumenta a los que le son fieles. ¿A qué se deberá, hermanos míos, que no respondamos a una cosa tan santa, tan provechosa y tan adecuada a nuestra profesión? Ahí está mi regla, que me dice que he de obrar de forma que Dios reine. Nada podrá impedirme que, con la ayuda de Dios, me dedique por entero a un deber tan justo.

El segundo motivo para ello es la promesa de nuestro Señor. ¿Cuál? Si nosotros atendemos a sus negocios, él hará los nuestros. Busquemos su gloria, ocupémonos de ella, no nos preocupemos de nada más: et haec omnia adjicientur vobis: y todas las demás cosas que necesitéis se os darán por añadidura. Preocupémonos de buscar que Dios reine en nosotros y en los demás por medio de todas las virtudes; y dejémosle a él el cuidado de todas las cosas temporales; así lo quiere él. Sí, el nos proveerá de alimento, de vestido, y hasta de ciencia. ¡Pobres de nosotros si no la tenemos! ¡Ay de los misioneros que no estudian para tenerla! Pero antes hay que esforzarse en las virtudes, trabajar por la vida interior, preferir las cosas espirituales a las temporales, y entonces ya vendrá todo lo demás.

A este propósito, acordaos de Abrahán, a quien Dios le había prometido poblar toda la tierra por medio de un hijo que tenía. Pero Dios le pide que se lo sacrifique. Si Abrahán hace morir a su hijo, ¿cómo cumplirá Dios su promesa? Sin embargo, Abrahán, que tenía su espíritu acostumbrado a cumplir la voluntad de Dios, acepta la obligación de ejecutar esta orden, sin preocuparse de nada más. A Dios le toca pensar en ello, podía decir; si yo cumplo su mandato, el cumplirá su promesa; pero ¿cómo? No lo sé. Sólo sé que es todopoderoso. Le voy a ofrecer lo más querido que tengo en el mundo, ya que así lo quiere. ¡Pero es mi hijo único! ¡No importa! ¡Pero, si le quito la vida a este niño, ya no habrá medio de que Dios cumpla su palabra! ¡Es lo mismo! Si él así lo quiere, habrá que hacerlo. Pero, si lo conservo, mi descendencia será bendita: Dios lo ha dicho. Sí, pero también ha dicho que le dé muerte; me lo ha indicado; obedeceré, pase lo que pase, y esperaré en sus palabras. Admirad esta confianza: no se preocupa para nada de lo que puede pasar; sin embargo, la cosa le tocaba muy de cerca; pero espera que todo saldrá bien, ya que Dios se mete en ello. ¿Por qué no tendremos nosotros esa misma esperanza, si le dejamos a Dios el cuidado de todo lo que nos preocupa y preferimos lo que él nos mande?

También a propósito de esto, ¿os acordáis de la fidelidad de los hijos de Recab? Recab era un buen hombre, que recibió de Dios la inspiración de vivir de manera distinta de los demás hombres; sólo podía morar en tiendas de campaña, y no en casas: por eso abandonó la que tenía. Y se fue al campo donde se le ocurrió no plantar ninguna viña, para no beber vino; en efecto, no las plantó y no bebió jamás. Prohibió a sus hijos sembrar trigo y otros granos, plantar árboles y tener huertos, de modo que estaban todos sin trigo, sin pan y sin frutos. ¿Qué harás entonces, pobre Recab? ¿Crees que tu familia podrá prescindir de alimento, y tampoco tú? Comeremos lo que Dios nos mande Fijaos si es duro esto, padres. No hacen esto ni los religiosos más pobres, que no llevan su renuncia hasta ese extremo. Pero la confianza de aquel hombre fue tan grande que se privó de todas las comodidades de la vida, para depender solamente del cuidado de la providencia viviendo en esta situación 350 años; esto fue tan agradable a Dios que, al reprocharle a Jeremías la dureza de su pueblo, abandonado a sus placeres, le dijo: «Vete a esos hombres duros y diles que hay un hombre que hace esto, esto y esto». Jeremías hizo venir a un hijo de Recab para probar la gran abstinencia del padre y de los hijos; para ello, mandó poner sobre la mesa pan, vino, vasos, etcétera. Cuando llegó el muchacho, Jeremías le dijo: «Tengo de Dios el encargo de decirte que bebas vino» «Y yo, dijo el muchacho, tengo el encargo de no beber; hace mucho que no lo hemos bebido, porque nos lo ha prohibido nuestro padre».

Pues bien, si aquel padre tenía la confianza de que Dios atendería a la subsistencia de su familia sin que él se preocupase de ella, y si los hijos eran tan fieles en cumplir la intención de su padre, ¡que confianza hemos de tener nosotros de que, en cualquier situación donde nos ponga Dios, mirará también por lo que necesitamos! ¿Cuál es nuestra fidelidad a las reglas, en comparación con la de esos hijos que, a pesar de no estar obligados a abstenerse de esas cosas usuales en la vida, vivían no obstante en tanta pobreza? ¡Dios mío! Pidámosle a su divina bondad una gran confianza en todas las ocasiones que se nos presenten; si somos fieles a él, nada nos faltará; vivirá él mismo en nosotros, nos guiará, nos defenderá y nos amará; todo lo que hagamos y digamos le será agradable.

El tercer motivo que tenemos para ello es que nuestro Señor, en san Mateo, al hablar de esa confianza que hemos de tener en Dios, dice: «Ved los pájaros que ni siembran ni cosechan; sin embargo, Dios les pone la mesa en todas partes los viste y los alimenta; hasta las hierbas del campo, y los lirios, tienen unos adornos tan maravillosos que ni Salomón, en toda su gloria, ha tenido otros semejantes». Pues bien, si Dios mira por las aves y las plantas, ¿por qué no os vais a fiar vosotros, incrédulos, de un Dios tan bueno y providente? ¡Fiaros más de vosotros mismos que de él! El lo puede todo, y vosotros nada; ¡y os atrevéis a apoyaros más en vuestra industria que en su bondad, en vuestra pobreza que en su abundancia! ¡Oh miseria del hombre! He de decir aquí que los superiores están obligados a velar por las necesidades de cada uno y de proveer a todo lo necesario. Lo mismo que Dios se ha obligado a proporcionar la vida a todas sus criaturas, hasta a un insecto, también quiere que los superiores y encargados, como instrumentos de su providencia, velen para que no les falte nada necesario ni a los sacerdotes, ni a los clérigos, ni a los hermanos, ni a cien, o doscientas, o trescientas personas o más, que estuviesen aquí, ni al menor, ni al más grande. Pero también, hermanos míos, tenéis que descansar en los cuidados amorosos de la misma providencia para vuestro sustento, y contentaros con lo que se os dé, sin indagar si la comunidad tiene con qué, o no tiene, ni preocuparos más que de buscar el reino de Dios, ya que su sabiduría infinita proveerá a todo lo demás.

Hace poco le preguntaba a un cartujo, que está de superior en una casa, si llamaba a los religiosos a consejo para el gobierno de lo temporal. Me respondió: «Llamamos a los encargados, como el subprior, el procurador y yo; todos los demás se quedan tranquilos; sólo se cuidan de cantar las alabanzas de Dios y de hacer lo que la regla y la obediencia les ordenan». Aquí observamos esta misma práctica, gracias a Dios; sigamos así. Estamos obligados a tener algunos bienes y hacerlos rendir para atender a todo. Hubo un tiempo en que el Hijo de Dios envió a sus discípulos sin dinero ni provisiones; luego creyó conveniente poseer algo, recibir limosnas y reunir algunas cosas para el sustento de su compañía y la ayuda a los pobres. Los apóstoles siguieron esta norma, y san Pablo dice de sí mismo que trabajaba con sus manos y reunía con qué aliviar a los cristianos necesitados. Les toca, pues, a los superiores velar por la economía; pero que procuren también que esta vigilancia de lo temporal no haga disminuir la de las virtudes; que obren de modo que se mantenga en vigor esta práctica en la compañía y que Dios reine en ella sobre todo; es ésa la primera finalidad que han de tener.

Y para que lo hagamos todos, la regla nos proporciona un cuarto motivo: Por tanto, dice, el misionero no ha de preocuparse de los bienes de este mundo, sino que pondrá todos sus cuidados en la providencia del Señor, teniendo por cierto que, mientras se mantenga en su caridad y en esta confianza, estará siempre bajo la protección de Dios y no le sucederá ningún mal ni le faltará ningún bien, etcétera. No es ésta una idea nuestra, sino de la sagrada escritura, que dice: Qui habitat in adjutorio Altissimi, in protectione Dei caeli commorabitur. A esos no les sucederá nada malo, porque todo se les tornará en bien y no les faltará ninguna cosa, ya que Dios no dejará de darles lo que necesiten, tanto para el cuerpo como para el alma; en fin, todo les saldrá bien, aun cuando parezca que los males les amenazan. Por eso, hermanos míos, tenemos motivos para esperar que, mientras estéis firmes en esta confianza, no sólo estaréis preservados de todo daño, sino que gozaréis de toda clase de bienes; sí, tenéis motivo para esperarlo, incluso cuando parezca que todo está perdido.

Los santos, padres, los santos quisieron atestiguar al cielo y a la tierra su perfecta confianza en el Señor mediante este apartamiento de las criaturas y de sus propias comodidades; para ello, abandonaron sus bienes, placeres, honores, su vida y sus almas. ¿Para qué? Para que él fuera su dueño, para que reinase absolutamente sobre ellos y dependiesen sólo de él en todas las cosas, en el tiempo y en la eternidad. ¡Qué gran abandono! ¡Qué gran confianza! Pero el santo de los santos, que les desbrozó el camino, ¿hasta dónde no llevó la práctica de estas cosas que acabo de deciros? (He de abreviar, que los minutos corren) Bien, el Hijo de Dios declara de sí mismo que no busca su gloria, sino la del Padre. Todo lo que hace y lo que dice es para glorificarle, sin reservar para sí más que la desnudez, el sufrimiento y la ignominia. Hermoso ejemplo, hermanos míos, por el que Jesucristo nos obliga mansamente a entrar en sus inclinaciones, afectos, prácticas y consejos. El no buscó nunca su gloria. ¿Y nosotros? ¿Queremos imitarle? ¿queremos renunciar a toda pretensión de honor? ¿queremos buscar sólo el suyo, no obrar más que para establecer su gloria en las almas, para hacer que llegue su reino y que su voluntad se haga en la tierra como en el cielo? Si así lo hacemos, lo tendremos todo. Me parece que son éstos unos motivos muy poderosos para llevarnos a la práctica de esta santa máxima; pero ¿cuáles son los medios para ello?

Los medios son: 1° pedírselo incesantemente a Dios. Somos unos mendigos; portémonos ante Dios como tales; somos pobres y ruines, necesitamos de Dios para todo, sobre todo para observar esta máxima que nos obliga a buscar a Dios lo primero: esto sólo podemos hacerlo con su espíritu. Pero no basta con pedírselo; hay que empezar a practicar esta regla cuanto antes. ¿Qué hacer para ello? Practicar las virtudes que esto supone: celo de su gloria, despego de las criaturas y confianza en el Creador; hacer actos interiores y exteriores, pensar con frecuencia en ello y, si caemos, volver a levantarnos.

2.° En la misma regla se dice que todos preferirán las. cosas espirituales a las temporales, el alma al cuerpo, Dios al mundo, y que finalmente escogerán la pobreza, la infamia, los tormentos y la misma muerte antes que verse separados de Jesucristo. Cuando se encuentre uno en una ocasión en que se trate de escoger una cosa espiritual o una cosa temporal, tiene que abrazar la primera y dejar la segunda, es lo que Dios nos pide; esto es hacer que reine en nosotros atender a sus asuntos más que a los nuestros, preferir la vida del alma a la del cuerpo, hermanos míos, la vida del alma a la del cuerpo. Mirad, se presenta la ocasión de que los enfermos le den a Dios parte de sus enfermedades; tienen que hacerlo. Hermanos míos, es propio del reino de Dios preferir el alma al cuerpo, el honor de Dios al del mundo. Bebamos el cáliz, abracemos la confusión, con la confianza de que todo vendrá en provecho nuestro. En fin, hay que decidirse, como el apóstol, a escoger los tormentos, y la misma muerte, antes que separarse de la caridad de Dios. Quizás se presente la ocasión de seguir a Jesucristo y sufrir la prisión. la tortura, el fuego, el martirio; ¡benditas ocasiones, que nos ofrecen el medio de hacer que reine soberanamente el Hijo de Dios! Entreguémonos a él, hermanos míos, os lo pido por su santo nombre, para que nos conceda la gracia de preferir las penas y la muerte al peligro tremendo de perder su amor; tal debe ser nuestra decisión desde ahora. Sí, Dios mío, sí padres, si se presenta la ocasión de perder el honor, los placeres y la vida, para que Jesucristo sea conocido y servido, viviendo y reinando por doquier, hemos de estar dispuestos, por su misericordia. Hagámosle, pues, de antemano este ofrecimiento, aunque la naturaleza sienta alguna repugnancia; tengamos la confianza de que Dios nos dará fortaleza cuando la necesitemos. «Os envío como corderos en medio de lobos»,. decía nuestro Señor a sus apóstoles. El no quería que pensasen en la respuesta que habrían de dar a los príncipes y a los tiranos; «porque entonces, les decía, se os dirá lo que tenéis que decir». No dudéis, hermanos míos, de que así ocurrirá con vosotros en ocasiones semejantes, cuando tengáis que hablar y sufrir como perfectos cristianos. Dejémosle obrar a él y no pensemos más que en su amorosa y santa voluntad. ¡Quién nos diera el celo de santa Teresa, que hizo voto de escoger siempre la gloria de su Señor, y no sólo su gloria, sino su mayor gloria! Se presenta la ocasión de hacer una obra buena en su honor; pero se presenta luego otra de mayor importancia: ella acudía a ésta y dejaba para luego la otra. Y se comprometió de palabra y en conciencia a obrar siempre de este modo. Esa era también la norma de san Ignacio: Ad majorem dei gloriam. Un gran prelado de estos tiempos sigue esta misma práctica de animar sus acciones y sus obras con esta intención de buscar siempre el mayor bien: es el señor obispo de Cahors, que tiende siempre a lo más perfecto; y lo consigue.

Si hay alguno entre nosotros que sienta este mismo deseo, enhorabuena, hermanos míos; abrid vuestros corazones a esta divina inspiración y seguid este noble movimiento, que siempre os llevará hacia arriba. Los demás que se arrastran por debajo, como yo, miserable de mí, que se levanten. Entreguémonos a Dios para desear y para hacer que se extienda a nosotros el reino de Dios, que se extienda sobre el estado eclesiástico y sobre todos los pueblos; al obrar de esta forma, practicaremos lo que nuestro Señor y nuestro celo piden de nosotros por este artículo.

¡Salvador mío Jesucristo, que te santificaste para que fueran santificados los hombres, que huiste de los reinos de la tierra, de sus riquezas y de su gloria y sólo pensaste en el reino de tu Padre en las almas: non quaero gloriam meam, etcétera, sed honorifico Patrem meum! Si tú viviste así para con un otro tú, ya que eres Dios en relación con tu Padre, ¿qué deberemos hacer nosotros para imitarte a ti, que nos sacaste del polvo y nos llamaste a observar tus consejos y aspirar a la perfección? ¡Ay, Señor! Atráenos a ti, danos la gracia de entrar en la práctica de tu ejemplo y de nuestra regla, que nos lleva a buscar el reino de Dios y su justicia y a abandonarnos a él en todo lo demás; haz que tu Padre reine en nosotros y reina tú mismo haciendo que nosotros reinemos en ti por la fe, por la esperanza y por el amor, por la humildad, por la obediencia y por la unión con tu divina majestad. Al hacer así, tenemos motivos de esperar que algún día reinaremos en tu gloria, que nos has merecido con tu preciosa sangre. Esto es, hermanos míos, lo que hemos de pedirle en la oración; y durante todo el día, desde que nos despertemos, decirse cada uno en su interior: «¿Qué hacer para que Dios reine como soberano en mi corazón? ¿Qué hacer para extender por todo el mundo el conocimiento y el amor de Jesucristo? ¡Mi buen Jesús, enséñame a hacerlo y haz que así lo haga!». Cuando suene el reloj, renovemos esta oración y la resolución de trabajar en ello, y sobre todo en la santa misa, establecida para reconocer de forma soberana la suprema majestad de Dios y alcanzarnos las gracias necesarias para vivir y morir bajo el reino glorioso de su Hijo eterno. Amén.

Después de la oración, el padre Vicente dijo con muchos sentimientos de humildad y de gratitud:

Esperen un poco, por favor. Hemos hablado de la providencia, hermanos míos, y del deseo que Dios tiene de que confiemos en él. Ha querido su bondad hacer que experimentemos hace poco cómo es siempre fiel a sus promesas. Le inspiró a una señora, que ha muerto recientemente (ayer falleció), la idea de hacer un favor a esta pobre y ruin compañía y a otra casa distinta de la nuestra; ha dejado en testamento 18.000 libras, una cantidad importante, ¡18.000 libras! ¡Oh bondad de Dios, qué admirable eres! ¡Oh conducta admirable, qué digna de amor eres! ¡Oh providencia infinita, que velas por las necesidades de cada uno! El día que teníamos que hablar de ti, tú te nos muestras de forma tan clara; el mismo día que teníamos que excitarnos a descansar en tus cuidados paternales en lo referente a las cosas temporales, para no pensar más que en las espirituales, ése mismo día tú nos envías un muchacho para que nos dé el primer aviso de esta limosna tan considerable. Cuando llegó ese muchacho a la puerta, pidió hablar conmigo; le dijeron que no estaba yo en disposición para ello; el insistió y logró entrar en mi habitación, donde me presentó el extracto del testamento de la difunta; es la señora marquesa de Vins, que ha puesto los ojos en la casa más pobre y más útil de la compañía: la de Marsella, a la que ha dejado esta suma, para ponerla en renta, con la condición de dar misiones en la diócesis de Marsella y, de vez en cuando, en unas tierras que ella posee por allí. El párroco de San Nicolás de Chardonnet 22 me ha pasado también aviso. ¿Cómo no admirar, padres, esta gracia de Dios que, al ver a esa pobre familia en peligro de sucumbir, la ha levantado y robustecido con esta ayuda tan considerable? Se encuentra esa casa a medio camino entre París y Roma, es un puerto de mar donde se toma el barco para Italia y para el Levante: por consiguiente, es muy útil para la compañía. Cuidan allí de la salvación y del alivio de los pobres galeotes, sanos y enfermos, y llevan los asuntos de los esclavos de Berbería, además de llevar a cabo las demás cosas que se realizan en las otras casas.

Padres y hermanos míos, he aquí un gran motivo para humillarnos delante de Dios por el cuidado que pone en mantenernos en esta fundación tan importante, y de una forma tan eficaz, en la que no pensábamos. Es este un gran motivo para reconocer con todas nuestras fuerzas el bien que le hace a esa pobre casa, donde nuestros hermanos trabajan con tanto fruto y bendición Le digo todo esto a la compañía para que, por una parte, dé gracias a Dios por las que su divina bondad ha hecho a esa buena señora, que era muy piadosa, así como también por el favor que su infinita misericordia nos ha hecho por su medio; y por otra parte, que pida a nuestro Señor que sea él mismo la recompensa eterna de su alma y le aplique el mérito de los bienes que habrán de hacerse en virtud de esa limosna. Les ruego a todos los sacerdotes que celebren mañana por esta intención, si no tienen otra obligación. Me había olvidado de deciros esto, aunque me lo había propuesto. Nada más.


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