SOBRE LA CONFORMIDAD CON LA VOLUNTAD DE DIOS
(Reglas comunes, cap. 2, art. 3)
Inspirándose en la «Regla de perfección del capuchino Benito de Canfield (París, Chastellain 1609), el padre Vicente demuestra cómo la conformidad con la voluntad de Dios contiene todas las demás virtudes. La conformidad activa consiste: I.D en hacer lo que está mandado; 2.° en huir de lo que está prohibido; 3.° en realizar, entre varios proyectos indiferentes, el que nos mortifica; 4.° en seguir las inspiraciones con gran prudencia; 5.° en ejecutar lo que es razonable. Medios: rezar y mortificarse.
Hermanos míos, estamos en la explicación del segundo capítulo de nuestras reglas, que se refiere a las máximas evangélicas. Hace poco hablamos de ésta: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia», contenida en el segundo artículo de dicho capítulo.
Pasamos ahora al tercer artículo que dice:
Y como la santa práctica de hacer siempre y en todas las cosas la voluntad de Dios es un medio seguro para poder adquirir pronto la perfección cristiana, cada uno procurará, dentro de sus posibilidades, hacer que le resulte familiar, cumpliendo estas cuatro cosas:
1.° Ejecutar debidamente las cosas que están mandadas, huyendo cuidadosamente de las que están prohibidas, siempre que tal mandamiento o tal prohibición venga de parte de Dios, o de la Iglesia, o de nuestros superiores, o de nuestras reglas y constituciones.
2.° Entre las cosas indiferentes que haya que hacer, escoger las que repugnan a nuestra naturaleza antes que las que la satisfacen, a no ser que sean necesarias estas últimas; pues entonces hay que preferirlas a las demás, aunque considerándolas, no por lo que deleitan a los sentidos, sino en cuanto que son más agradables a Dios. Y si se presentan para hacer al mismo tiempo varias cosas indiferentes por su naturaleza, igualmente agradables o desagradables, entonces convendrá aceptar indiferentemente lo que se quiera, como viniendo de la divina providencia.
3.° Y por lo que se refiere a las cosas que nos vienen sin esperarlas, como son las aflicciones o los consuelos, tanto corporales como espirituales, recibirlas todas con igualdad de ánimo, como salidas de la mano paternal de nuestro Señor.
4.° Hacer todas estas cosas por el motivo de ser ésta la voluntad de Dios, y para imitar en ello, en cuanto nos sea posible, a nuestro señor Jesucristo, que siempre hizo estas mismas cosas, y por el mismo fin, tal como nos lo asegura él mismo, cuando dice: «Yo hago siempre las cosas que son según la voluntad de mi Padre».
Pues bien, al leer esto, he advertido que se ha deslizado una falta del impresor, en la que no nos habíamos fijado; es donde se dice: Si se presentan para hacer al mismo tiempo varias cosas indiferentes por su naturaleza, igualmente agradables o desagradables; tiene que decir: Si se presentan para hacer al mismo tiempo varias cosas indiferentes por su naturaleza, que no son ni agradables ni desagradables, entonces conviene aceptar indiferentemente lo que se quiera.
Así pues, la regla dice que lo que nos ayuda a conseguir la perfección de cristianos y de misioneros es este ejercicio de la voluntad de Dios. Hay que advertir que hay diversos ejercicios propuestos por los maestros de la vida espiritual, y que ellos practicaron de diversas maneras. Algunos se han propuesto la indiferencia en todo, y han creído que la perfección consistía en no desear nada ni rechazar nada de lo que Dios nos envía. En todas las ocasiones se elevaban a Dios y se hacían indiferentes ante unas cosas o ante otras. Esta indiferencia es un santo ejercicio. ¡Qué ejercicio tan santo querer lo que Dios quiere en general y nada en particular!
2.° Otros se han propuesto obrar con pureza de intención, ver a Dios en todo lo que ocurre, para hacerlo y sufrirlo todo por él. Esto es muy sutil. En resumen, el ejercicio de hacer siempre la voluntad de Dios es más excelente que todo esto, ya que comprende la indiferencia y la pureza de intención y todas las demás maneras practicadas y aconsejadas; y si hay algún otro ejercicio que lleve a la perfección, se encontrará: eminentemente en este. ¿Hay alguien más indiferente que el que cumple la voluntad de Dios en cada cosa, que no se busca a sí mismo en ninguna de ellas, y que no quiere, incluso las que podría querer, más que porque Dios también las quiere? ¿Hay alguien más libre y más dispuesto a cumplir la voluntad divina? ¿Y la pureza de intención? ¿cómo practicarla mejor que con la práctica de la voluntad de Dios? ¿Hay alguien que tenga una pureza más perfecta que el que quiere y hace todo lo que Dios quiere y de la manera como lo quiere? Que se comparen todos estos ejercicios y se verá que Dios es más glorificado en la práctica de su voluntad que en todos los demás, y que no hay nadie que lo honre más que el que se entrega de forma especial a esta santa práctica. Es éste un motivo para que nos entreguemos firmemente a Dios para observar esta regla.
Y he aquí un segundo motivo: es cierto que las obras hechas de forma humana y mezquina, sin darles un fin noble, como es el de cumplir la voluntad de Dios, son obras muertas. Asistir al oficio divino, meditar, predicar y trabajar sin dirección, todas estas obras ¿no son acaso sólo acciones inanimadas? Es una moneda que no vale, porque no está acuñada con sello del príncipe, ya que Dios mira las obras, sólo si se ve en ellas y se las dedicamos.
Nuestro padre Adán era un árbol fecundo en el paraíso terrenal, que daba naturalmente frutos agradables a los ojos de su Señor; pero cuando el diablo le hizo cometer aquel pecado, se desvió su voluntad y, al separarse de la de Dios, fue incapaz por sí mismo de producir nada que pudiera agradar a Dios; y nosotros, todos los que hemos salido de aquel tronco viciado, nos encontramos humanamente hablando en esta misma imposibilidad, de forma que todo lo que procede de allí, las acciones que provienen del viejo Adán, no son agradables a Dios, ya que son obras de la naturaleza que no tienen ninguna relación con Dios, ya que no están dirigidas a él.
Si hay algunos doctores que creen que lo que no se hace por Dios es pecado, ¿por qué no vamos a creer nosotros que, aunque no sea pecado, al menos carece de valor ante él? Pues bien, para hacer que nuestras acciones y omisiones sean buenas, que cuanto hagamos y cuanto dejemos de hacer tenga las condiciones requeridas para agradar a Dios, la regla nos enseña el medio para ello, cuando nos ordena hacer siempre y en todas las cosas la voluntad de Dios, y nos dice que procuremos, dentro.de nuestras posibilidades, hacer que esta práctica nos sea familiar. Si tenemos suficiente gracia de Dios y bastante confianza en su bondad, ya que él siempre nos la da en abundancia, ¿no vamos a entregarnos a él desde ahora para darle gusto y para obrar desde ahora en él y por él? Deus virtutum: él es el Dios de las virtudes. ¡Que se practiquen, pues estas virtudes! ¡Que se haga todo por Dios! Si hubiera algunos en la compañía que fuesen fieles en esto, si fuera grande su número, si todos fuéramos de este feliz número, ¡oh Salvador! ¡qué bendición! ¡Oh Dios mío! ¡qué agradable te sería la Misión! Tú lo sabes, bondad divina, y nosotros sabemos, hermanos míos, que nuestras obras no tienen ningún valor, si no son vivas y no están animadas por la intención de Dios. Es éste el consejo del evangelio, que nos lleva a hacerlo todo por darle gusto. Hemos de alabar mucho a su majestad infinita por la gracia que ha concedido a la compañía de emprender esta práctica tan santa y tan santificadora. Sí, desde el principio hemos deseado todos entrar por el camino de la perfección, que consiste en honrar a nuestro Señor en todas nuestras obras; y si no lo hemos hecho con toda la perfección conveniente, no hay por qué preguntar la causa de ello, ya que la culpa la tiene este miserable, que no he dado el debido ejemplo.
Nuestro Señor es nuestro tercer motivo. Su norma era cumplir la voluntad de su Padre en todo, y dice que para ello bajó a la tierra, no para hacer su voluntad, sino la del Padre. ¡Oh Salvador! ¡Qué bondad! ¡Cuánto brillo y esplendor das al ejercicio de tus virtudes! Tú eres el rey de la gloria, pero vienes a este mundo con la única finalidad de cumplir la voluntad del que te ha enviado. Ya sabéis, hermanos míos, cómo anidaba este afecto sagrado en el corazón de nuestro Señor. Cibus meus est, decía, ut faciam voluntatem ejus qúi misit me: lo que me alimenta, me deleita y me robustece es hacer la voluntad de mi Padre.
Si esto es así, hermanos míos, ¿no hemos de considerarnos dichosos de haber entrado en una compañía que profesa de manera especial practicar lo que practicó el Hijo de Dios? ¿No hemos de elevarnos muchas veces a él para conocer la altura, la profundidad, la anchura de este ejercicio, que llega hasta Dios, que nos llena de Dios, que comprende todas las cosas buenas y nos aparta de las malas? Cibus meus est un faciam voluntatem ejus qui misit me. ¡Salvador mío, ésta es tu práctica! San Juan seguía la de la penitencia; estaba lleno del deseo de hacerla y de aconsejarla a los demás; por eso vino al mundo. Y tú, cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo, tú viniste lleno del anhelo de cumplir y de inculcarnos la voluntad de tu Padre. Elías sentía un ardor y un celo admirable por la gloria de su Dios; lo quemaba y lo inflamaba todo para imprimir su respeto y su temor en el corazón de los hombres; y tú, Salvador mío, estabas animado de ese deseo inmenso e incomparable de que todas las criaturas hiciesen la voluntad de Dios; por eso pusiste en la oración dominical: Fiat voluntas tua. Esa fue la oración que enseñaste a tus discípulos; es lo que quisiste que todos los hombres pidieran e hiciesen. ¿Qué? La voluntad del padre eterno. ¿Dónde? En la tierra como en el cielo. ¿Cómo? Como la hacen los ángeles y los santos: con prontitud, en todo, de forma constante, amorosamente. Estoy seguro de que no hay aquí ningún sacerdote que haya dicho la misa, y ninguna persona que haya hecho otras acciones que sean en sí mismas santas, más que para honrar la majestad de Dios; sin embargo, puede ser que Dios haya rechazado nuestras oblaciones, por haber hecho en estos días nuestra propia voluntad. ¿No es eso lo que declaró el profeta cuando dijo de parte de Dios: «No quiero vuestros ayunos; creéis que me honráis, pero hacéis todo lo contrario, ya que cuando ayunáis, hacéis vuestra propia voluntad, y así estropeáis el ayuno». Lo mismo puede decirse de todas las obras: hacer vuestra voluntad es estropear vuestras devociones, vuestros trabajos, vuestras penitencias, etcétera. Hace veinte años que no leo nunca esta epístola, sacada del capítulo 58 de Isaías, sin sentir una gran emoción, aunque no por ello me vuelvo mejor.
¿Qué hacer, pues, para no perder nuestro tiempo y nuestras fatigas? No obrar nunca siguiendo el movimiento de nuestro propio interés o fantasía, sino acostumbrarnos a hacer la voluntad de Dios en todo, fijaos bien, en todo, y no en parte. Es la gracia santificante la que hace que una acción y una persona sean agradables a Dios. ¡Qué consuelo pensar que, cuando guardo mis reglas, cuando cumplo con mis obligaciones, cuando obedezco a mis superiores y me elevo a Dios para sufrir todas estas cosas, es cuando me hago incesantemente agradable a Dios! Por tanto, es la gracia santificante la que hemos de pedir, poseer y poner en práctica; si no, todo está perdido.
«Muchos me dirán decía Jesucristo, como recordábamos el otro día: Señor, Señor, ¿no hemos profetizado, echado los demonios y hecho muchos milagros en tu nombre?» «Nunca os he conocido, les responderá, apartaos, los que obráis inicuamente» «Pero, Señor, ¿llamas obras inicuas a las profecías y milagros que hemos hecho en tu nombre?» «Apartaos de mí, malditos, no os conozco» «¿Quiénes serán entonces los que entren en el reino de los cielos?» «Los que hagan la voluntad de mi Padre, que está en los cielos» (6). Por consiguiente, nunca le dirá nuestro Señor a una persona que se haya esforzado en seguir siempre su voluntad: «No te conozco». Al contrario, a ése es al que hará entrar en su gloria. ¡Oh Salvador! Concédenos la gracia de llenarnos de este deseo, para que no produzcamos ningún fruto silvestre, sino que todas nuestras obras se hagan por ti y para ti, para ser agradables a los ojos de tu Padre; haznos entrar, por favor, en esta fidelidad y actuar siempre según tu voluntad.
Entreguémonos a Dios, hermanos míos, para estar atentos y permanecer firmes en esto; pues, en ese caso, ¡cuántos motivos tendremos para alabar a Dios! ¡Con qué ojos mirará él a la compañía en general y a cada uno en particular! In nomine domini. Y estos son los motivos que nos obligan a hacernos familiar la práctica de cumplir la voluntad de Dios en todas las cosas, y a decidirnos a seguir esta máxima de nuestro Señor: Cibus meus est ut faciam uoluntatem ejus qui misit me. Veamos ahora en qué consiste.
Estoy convencido de que hay que practicarla, pero ¿cómo? Hay que saber que todas las obras que se hacen o que se dejan de hacer, están mandadas, o prohibidas, o son indiferentes; y que las indiferentes son tales, porque no están ni mandadas ni prohibidas. Así es como podemos conocer la voluntad de Dios. Todo lo que el hombre hace, repito, son obras mandadas, o prohibidas, o que no son ni lo uno ni lo otro. En cuanto a las obras mandadas o prohibidas, Dios quiere que hagamos aquellas y que no hagamos éstas. Esto está mandado: tengo que hacerlo; aquello está prohibido: tengo que dejarlo. Tenemos que hacer siempre las cosas que están mandadas por Dios, directa o indirectamente, por sí mismo o por la Iglesia. Todo lo que nos manda, tenemos que ejecutarlo; todo lo que la Iglesia ordena, hay que hacerlo; ella es su esposa y él es el padre de familia que quiere que los hijos obedezcan a su madre como a él mismo. Cumpliremos la voluntad de Dios si, dirigiéndole la acción que se nos manda, le decimos o proponemos: «Quiero hacer esto para ser agradable a Dios», o: «No quiero hacer eso que está prohibido, por complacerle». Si obramos de ese modo, cumpliremos infaliblemente la voluntad de Dios. ¿Cómo cumple un niño la voluntad de su padre, y un súbdito la voluntad del rey? Haciendo lo que le ordenan y evitando lo que le prohíben; el niño lo hace para honrar a su padre y el súbdito para obedecer a su rey; los dos cumplen su voluntad respectiva acatando sus palabras y sus órdenes. También vosotros, hermanos míos, haréis la voluntad de Dios cuando, haciendo lo que manda o no haciendo lo que prohíbe tengáis intención de honrar a este padre admirable y de obedecer amorosamente a este rey de amor. Pero, para insistir más en esta práctica conviene decir: «Dios mío, hago esto o dejo de hacer aquello porque ésa es tu voluntad». He aquí el alma de la cosa.
He dicho que la Iglesia también manda y que hemos de obedecerla como a esposa de Jesucristo, ya que, en calidad de tal, tiene derecho a dar leyes y a obligar a los fieles; sí, la Iglesia obliga a la observancia de lo que está ordenado por los concilios y los papas y obispos. Al obrar de esta forma, parece como si no tuviéramos ningún mérito, pero sin embargo podemos hacer que estas obras sean buenas ofreciéndoselas a Dios, incluso las acciones naturales, como el comer, el dormir y todo lo demás, haciéndolas en nombre de nuestro Señor, como dice el apóstol.
Así pues, de todas estas formas cumplimos la voluntad de Dios: 1.° haciendo lo que está mandado y no haciendo lo que está prohibido, no sólo por Dios, por su Iglesia, por nuestras reglas y superiores espirituales y eclesiásticos, sino también por el rey, los gobernadores, magistrados, oficiales y jefes de policía, puestos por Dios para las cosas temporales; obedecerles es cumplir la voluntad de Dios, ya que Dios así lo quiere. 2.° Haciendo, en las cosas indiferentes, las que más contribuyan a mortificar al hombre viejo. Y en tercer lugar, haciendo por Dios las que ni nos gustan ni disgustan, ni al cuerpo ni al espíritu, y hasta las cosas naturales, aunque las apetezca la parte inferior, siempre que la necesidad nos obligue a ellas.
Existe una cuarta manera de conocer la voluntad de Dios, que son las inspiraciones; pues muchas veces Dios ilumina el entendimiento y mueve el corazón para inspirar su voluntad; pero se necesita el granito de sal, para que no nos engañemos. Entre esa muchedumbre de pensamientos y de sentimientos que se nos echan encima, hay algunos aparentemente buenos, pero que no provienen de Dios ni son según su voluntad; por tanto, hay que examinarlos bien, recurrir al mismo Dios, preguntarle cómo puede hacerse eso, considerar los motivos, el fin y los medios, para ver si todo está sazonado según su gusto, consultar a los hombres prudentes y aconsejarse de los que tienen cuidado de nosotros, que son los depositarios de los tesoros de la sabiduría de Dios; si hacemos como ellos nos indican, cumpliremos la voluntad de Dios.
La quinta manera de conocerla y cumplirla es considerar y hacer las cosas que sean razonables. Se presenta una que no está ni ordenada ni prohibida; pero es conforme a la razón y, por consiguiente, es según la voluntad de Dios, que nunca es contrario a la razón; debemos hacerla incluso según la intención de la Iglesia, que nos manda pedirle a Dios esta gracia en aquella oración: Praesta, quaesumus, omnipotens Deus, ut, semper rationabilia meditantes, quae tibi sunt placita et dictis exsequamur et factis: te suplicamos, Dios todopoderoso que, meditando siempre las cosas razonables, hagamos en nuestras acciones y conversaciones las cosas que te agradan. De modo que, según esta oración, hacer una cosa que parezca razonable es cumplir la voluntad de Dios. Esto se debe entender siempre con ese grano de sal de la prudencia cristiana y con el consejo de los que nos dirigen, ya que pudiera ser que una cosa fuera razonable por su naturaleza, pero no en las presentes circunstancias de lugar, de tiempo o de forma; en ese caso, no habría que hacerla.
Hay que advertir que cumplir la voluntad de Dios activamente es cumplirla de todas las maneras que hemos dicho. También puede cumplirse pasivamente, aceptando que Dios haga su voluntad en nosotros, como en las cosas imprevistas que nos ocurren sin que pensemos en ellas. He aquí que nos llega un motivo de consuelo: nos llegan noticias a cualquiera, a mí por ejemplo de la conversión importante de una persona distinguida, o de todo un país, o de que Dios es bien servido por las personas que amamos, o de que se han hecho las paces entre dos familias o entre dos provincias divididas, cuya división era un escándalo para la Iglesia; hay que recibir todo esto como de la mano de Dios y alegrarse espiritualmente por ello, como hizo nuestro Señor cuando le dio gracias al Padre por haber revelado sus secretos a los sencillos. Por el contrario, a veces surge un motivo de pena, una enfermedad, una pérdida, una calumnia, etcétera: hay que recibirla también como venida de Dios, que desea probarnos de esta manera, sabiendo que es él el que nos manda estas aflicciones: non est malum in civitate quod non fecerit Dominus. Nuestro Señor, al meditar en el huerto de los olivos en los tormentos que tendría que sufrir, los miraba como queridos por su Padre; nosotros hemos de decir como él: «Que no se haga, Señor, mi voluntad, sino la tuya». De forma que, conociendo la voluntad de Dios por esos acontecimientos repentinos de una desgracia o de un consuelo, podemos practicar su voluntad pasiva, aceptándolos como venidos de Dios, que es el único que puede dar la vida y la muerte. Así pues, la voluntad de Dios es activa y pasiva: es activa, cuando la cumplimos por la observancia de sus preceptos y por la práctica de las cosas que le son agradables; y es pasiva, cuando dejamos que la cumpla él mismo en nosotros sin nosotros. No quedan las cosas claras, pero el tiempo es demasiado corto para poder explicarme mejor. Se darán algunas conferencias sobre este tema y entonces se verá con mayor claridad lo que es la voluntad de Dios y cómo hay que practicarla de todas las maneras. Desearía, entretanto, que os acostumbraseis a ofrecer a Dios todo lo que hagáis o sufráis, diciéndole: «Dios mío, es voluntad tuya que me prepare a predicar, a decir la santa misa, a hacer esta obra; que esté cansado, tentado, afligido; que esté perturbado o en paz, triste o alegre; así lo quiero yo también, Señor, y lo quiero porque es tu voluntad». Indiquemos ahora algunos medios para que nos resulte más fácil esta santa práctica.
El primer medio para ello es el que nos enseña la oración dominical: Fiat voluntas tua sicut in eaelo et in terra; si nuestro Señor ha puesto estas palabras en la oración de cada día, es porque quiere que todos los días le pidamos la gracia de cumplir su voluntad en la tierra lo mismo que se cumple en el cielo, incesante y perfectamente, con una conformidad sencilla e invariable con la voluntad de nuestro Señor. Así pues, pidámosle con frecuencia que nos haga conformes con todo lo que el quiera y ordene de nosotros; y éste será un buen medio para obtener la gracia de practicar este santo ejercicio.
El segundo medio es acostumbrarnos, no sólo a esta oración, sino a la práctica de lo que dice, empezando desde mañana mismo, desde ahora; por ejemplo, ofreciéndole a Dios vuestra paciencia de tener que escuchar a este pobre hombre que os habla, y decirle: «Señor, yo quiero escuchar y hacer todo lo que se me indique de parte tuya, para glorificarte». Fijaos, hermanos míos, resulta importante excitar así la voluntad y habituarse a renovar con frecuencia nuestra intención, sobre todo cuando nos levantamos por la mañana: «Dios mío, me levanto para servirte; voy a la oración para darte gusto; oiré o diré la misa para honrarte; trabajaré porque tú así lo quieres». En fin, hay que procurar elevarnos hasta él en las acciones principales, para consagrárselas por entero y para hacerlas según su voluntad.
Pero, padre, es que no me acuerdo; paso horas, ratos largos y jornadas enteras sin pensar en Dios, o sin acordarme de ofrecerle lo que hago. Si entre nosotros hay alguno de esos, tiene que humillarse mucho, afligirse por la pérdida del mérito de esas acciones, o al menos por no haberle dado a Dios todo el gusto que habría recibido si se las hubieras ofrecido; y que, para suplir este defecto, al comenzar la jornada, cada uno le haga un ofrecimiento general de todas las obras del día; además, conviene repetir esta ofrenda una o dos veces por la mañana, y otras tantas después de comer, diciéndole: «Dios mío, acepta los movimientos de mi corazón y de mi cuerpo; atráelos hacia ti, ya que te los ofrezco juntamente con mis reglas, mis trabajos y sufrimientos». Y cuanto más hagamos esto, hermanos míos, más facilidad y provecho lograremos. Hacerlo cuatro veces al día, por lo menos. Por este medio adquiriremos nuevos títulos de amor, y el amor nos hará perseverar y crecer en esta santa práctica. Se necesita, pues, la práctica, hermanos míos: practicar lo que acabo de deciros para practicar la voluntad de Dios.
También es necesaria la mortificación, ya que, para quitarle a nuestro gusto lo que le ofrecemos a Dios, hay mucho que luchar, y esta virtud es la que nos permitirá vencer; por ella renunciamos a las comodidades y satisfacciones de la vida, ella nos lleva a hacer lo que le repugna a la naturaleza y lo que Dios pide. Por eso hemos de esforzarnos en esta virtud, acostumbrarnos a la mortificación interna y externa en todas las cosas que agradan a la naturaleza. Este es el tercer medio que tenemos para hacer que nos sea familiar esta práctica de cumplir incesantemente la voluntad de Dios. Poco a poco se irá habituando a ella nuestro espíritu; pasará a ser una costumbre en nosotros o, mejor dicho, una gracia de Dios, de modo que, como muchos, con actos reiterados, se habitúan a ella, al final nos sentiremos todos nosotros animados y dispuestos a hacerlo. -¡Ay, cuántos son los que nunca pierden a Dios de vista! Vemos a algunos de nosotros que caminan y obran siempre en su presencia. ¡Cuántos hay también en el mundo que así lo hacen! Hace poco-estaba con una persona que se hacía cargo de con-ciencia de haberse distraído tres veces en un día del pensamiento de Dios. Esos serán nuestros jueces y nos condenarán algún día, delante de la divina majestad, por el olvido en que tenemos a Dios, a pesar de que no tenemos otra cosa que hacer más que amarle y demostrarle nuestro amor en nuestras intenciones y nuestros servicios.
Hermanos míos, pidámosle a nuestro Señor que nos dé la gracia de decir como él: Cibus meus est ut faciam voluntatem ejus qui misit me. Padres y hermanos míos, entreguémonos totalmente a Dios desde ahora, y mañana en la oración, para que siempre y en todas partes sintamos hambre y sed de esta justicia. Pensemos en ello; aclaremos sobre todo lo que os he dicho de una forma tan confusa y desordenada; incendiemos nuestra voluntad diciendo y cumpliendo estas divinas palabras de Jesucristo: «Mi comida es hacer su voluntad y llevara cabo su obra». Tu gusto, Salvador del mundo, tu ambrosía y tu néctar es cumplir la voluntad de tu Padre. Nosotros somos tus hijos, que nos ponemos en tus brazos para seguir tu ejemplo; concédenos esta gracia. Como no podemos hacerlo por nosotros mismos, te lo pedimos a ti, lo esperamos alcanzar de ti, pero con toda confianza y con un gran deseo de seguirte. Señor, si quieres darle este espíritu a la compañía, ella trabajará por hacerse cada vez más agradable a tus ojos y tú la llenarás de ardor para que sea semejante a ti; y este anhelo la hace ya vivir de tu vida, de modo que cada uno puede decir como san Pablo: Vivo ego, jam non ego, vivit vero in me Christus. ¡Qué dicha poder comprobar en nosotros estas palabras: Vivo ego, jam non ego, vivit vero in me Christus! Pues ya no vivimos una vida humana, sino una vida divina, y viviremos esa vida, hermanos míos, si nuestros corazones están llenos y nuestras acciones van acompañadas de esa intención de cumplir la voluntad de Dios. Pues bien, si algunos pueden decir que así lo han hecho, ¡Bendita compañía! ¡Bienaventurados todos nosotros! Si tendemos a ello, lo alcanzaremos infaliblemente. Es verdad, otros pueden decir, como yo: «¡Qué desgraciado soy al ver cómo mis hermanos viven la vida de Jesucristo y son agradables a los ojos de su Padre eterno, mientras que yo vivo una vida sensual y animal y merezco ser arrojado lejos de su trato, como objeto de disgusto para Dios!». «Quiera su bondad que este sentimiento penetre tan hondo en nuestra alma que avergonzados de nuestra cobardía, redoblemos el paso para alcanzar a los más adelantados en el camino de la perfección. ¡Que Dios nos conceda esta gracia!
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