VI

Cuando regresó de Posen, fué enviado el Sr. Kamocki al colegio de Montdidier con el cargo de Procurador. Muy diferentes fueron las ocupaciones que aquí tuvo de las que hasta entonces había tenido; pero el que se las confiaba era siempre el mismo divino Señor, á quien únicamente cui­daba de agradar, sin cuidar poco ni mucho de sus gustos ni aficiones. Así que, en medio de la turbulenta y disipada ju­ventud, jamás mostró el menor disgusto ni la menor pena.

Uno de sus antiguos cohermanos de Montdidier, que le conocía bien, nos refiere cuánto era su amor á la vocación, su piedad y el buen ejemplo que daba en el interior de la familia. « El Sr. Kamocki , dice, amaba la Congregación como ama un hijo á su madre. Las alegrías de la humilde Compañía constituían sus alegrías, y se entristecía en sus desgracias La prosperidad y éxito feliz en los negocios movíanle á dar á Dios mil acciones de gracias, y sus humi­llaciones le afligían, procurando aplacar á Dios con la peni­tencia. En una palabra, estaba identificado con la Congre­gación, y, lo que es más, con su espíritu.

»Este amor se manifestaba por la observancia de las san­tas reglas, no dejando de cumplir perfectamente ninguna de ellas, por pequeña que fuese.

»Grande era su fidelidad á los ejercicios de piedad. To­dos los días acudía de los primeros á la capilla para hacer la oración, y en ella estaba en actitud tan devota y con tanto recogimiento, que daba bien á entender los afectos interiores de que se hallaba poseída su alma. El rezo del Oficio divino era para él verdadera á la vez que piadosa preocupación, en cuyo cumplimiento ponía el más exquisito cuidado. Pero en donde.más se demostraba su fe y devoción era en la celebra­ción de la santa Misa. Pronunciaba las palabras con grave­dad y pausa, cuidaba mucho de observar aun las menores rúbricas, y á este fin preparábalo todo antes para no quedar sorprendido. En el modo con que hacía las genuflexiones, la señal de la cruz y demás ceremonias , se echaba bien de ver cuán penetrado estaba de lagrandeza del sacrificio divino que ofrecía. Los que le han conocido recuerdan todavía el tono y espíritu con que pronunciaba las palabras Domine non sum dignus y la fuerza con que se hería el pecho al pro­nunciarlas. Acaso lo hacía con algo de exageración, pero esto mismo demostraba la fe del piadoso misionero.

»Profesaba especial y tierna devoción á la santísima Vir­gen. Frecuentemente se le veía rezando el Rosario con mu­cho fervor ante un cuadro de familia que representaba á la Reina del cielo. En los días en que la Iglesia celebra las fies­tas más solemnes de la Virgen Santísima, acostumbraba ofre­cer la Misa en especial para satisfacer más su devoción, y jamás faltó en dichos días de ofrecerla sus honorarios cuan­do no tenía intención libre:

“¿Y qué diré de su caridad con los prójimos? Tenía ha­cia los niños amor como de madre, y no se tranquilizaba hasta estar seguro de que nada les faltaba. Sus padres esti­maban mucho esta solicitud, manifestándole por ello su sa­tisfacción y aprecio, quedando admirados al ver la sencillez junto con la consideración con que los acogía á todos. Du­rante la enfermedad de su venerable superior, el Sr. Ernesto Vicart, fué admirable su solicitud y caridad. En todo el tiempo que duró, que no fué poco, jamás le abandonó un instante; creía que en esto no hacía más que cumplir con su obligación. Cuando el dicho señor estaba próximo á morir, por toda recompensa pidióle que, en atención á su edad y enfermedades, le permitiera retirarse á París».

No era su intención darse al descanso. No viendo en sí más que un miserable pecador, deseaba, pedía y aceptaba con reconocimiento las mejores penitencias según él, esto es , las fatigas incesantes de un molesto trabajo.

Cuando en 1875 regresó á París, el Sr. Boré, de piadosa memoria, le nombró confesor de la casa-madre y de otras muchas de las Hijas de la Caridad, sitas en la circunscripción de la capital. Mucho había perdido de la robustez y salud que tenía cuando treinta años antes, en los comienzos de su vida de misionero, se dedicaba á semejantes ministerios; pero su celo por la salvación de las almas, su fervor no había su­frido el menor menoscabo. Además de las confesiones de las Hijas de la Caridad, se había encargado de la dirección de las religiosas polacas de la Visitación, residentes en Versa­lles. Para cumplir con todo, procuraba distribuir el tiempo con regularidad. Algunas veces, viéndole muy fatigado al tiempo de partir, sobre todo en los dos ó tres últimos años de su vida, le aconsejaban que retardase un poco el viaje y des­cansase. «¡Oh, no, respondía, que las hermanas me están esperando, y, por otra parte, para mis males no hav mejor remedio que el trabajar mucho!» Y diciendo esto, se marchaba. No ignoraba el Sr. Kamocki el amor y paternal afecto con que San Vicente aceptó la dirección de las reli­giosas de la Visitación después de la muerte de su santo amigo San Francisco de Sales, y la solicitud con que en la época de la guerra de Polonia recomendaba á los señores l.amberty Ozenne, Superiores de la misión en Varsovia, se interesasen por las Hijas de Santa María, dándole á él cuen­ta y noticia de ellas; así es que el Sr. Kamocki se creía di­choso en imitar á su santo padre.

Un rasgo de su vida, entre otros, puede dar alguna idea de cómo practicaba aquellas palabras del Apóstol: «Hacer­se todo á todos para ganarlos todos para Jesucristo».

Una hermana que acababa de tomar el hábito, teniendo que alejarse de París y aun traspasar la frontera de Francia, acudió al Sr. Kamocki manifestándole la tristeza y pena que le causaba el pensamiento de que su hermano, capitán de la armada, estuviese alejado de las prácticas religiosas:—¿Dón­de se halla vuestro hermano actualmente? — le pregunta el Sr. Kamocki. — En Versalles. — ¿Y Ud. va á partir ma­ñana mismo? — Sí. —Pues nada, hermana mía, es preciso rogar á Nuestro Señor que os conceda el consuelo de verlo antes, pues que algunas palabras de Dios que Ud. le hable le aprovecharán muchísimo.»

Y sin mirar á que tenía ya setenta y seis años, y débiles y enfermas las piernas, sin más ni más, deja á la joven her­mana y pártese para Versalles. Largo tiempo anduvo bus­cando al joven oficial; y cuando le hubo encontrado, obli­góle á volver á París sin pérdida de momento, diciéndole: «Vuestra hermana se marcha mañana, y es preciso vayáis á verla á la Comunidad.» El capitán obedeció, y las primeras palabras que habló cuando vió á su hermana fueron_ — «¿-.Quién es ese sacerdote que ha venido á buscarme? ¡Ah! Si todos fueran como él, practicaría yo mejor los deberes religiosos.» El joven oficial mudó de opinión. El Sr. Ka­mocki le volvió á ver algún tiempo después, y logró hacerle volver á las prácticas de la vida cristiana.

Efecto de la caridad hacia todos en que rebosaba su co­razón, era, sin duda, aquella gran dulzura de carácter que atraía y robaba los corazones. Cierto que para conseguirlo le había sido preciso, como á San Vicente, mortificar la na­turaleza y reducirla á servidumbre. El ardor é impetuosi­dad de su carácter se notaba todavía alguna que otra vez en los últimos años de su vida. Su mirada y rostro presentaban entonces cierta severidad de expresión, que desaparecía lue­go merced al dominio de la gracia sobre la naturaleza. Era muy servicial para todo, y estaba siempre á disposición de todos sus hermanos; tanto, que ya era proverbial en San Lázaro: «Cuando no podernos encontrar alguno que nos sir­va, no hay más que buscar al más anciano de los sacerdotes, que siempre está dispuesto á todo.» «En seguida voy, her­mano, mío, solía responder, echando á andar como un joven.»

Pero la virtud que más caracterizaba al Sr. Kamocki era el agradecimiento. Parece imposible poseerla en más alto grado, esa propia de las almas humildes, que procede tanto de la humildad como de la caridad. Por el menor ser­vicio, por la más mínima atención se confundía y anonada­ba, no sabiendo cómo agradecerlo bastante.

En las conversaciones familiares era donde con mayor claridad mostraba tal cual era su interior, y muchas veces con lágrimas en los ojos pedía á Dios derramase sus bendi­ciones celestiales sobre todos sus queridos hermanos, sobre sus buenos hermanos, como él decía, que le proporcionaban la dicha de poder con toda verdad exclamar: «que era muy feliz en la Casa del Señor viviendo entre aquellos que le amaban».

Entre las privaciones que plugo á Dios imponer al se­ñor Kamocki en los últimos días de su vida, no fué la menor la de no poder rezar el Oficio divino, á causa de la excesiva debilidad de su vista. Compensábalo, en cuanto le era posi­ble, dedicándose á otros ejercicios de piedad, y siendo fiel y constante hasta su muerte en acudir á todos los actos de co­munidad.

La recitación del Rosario, su oración predilecta, era en­tonces más que nunca lo que en gran manera le consolaba. En el Corazón de María inmaculada fortalecíase su alma, y allí era donde se refugiaba y ponía su esperanza cuando ve­nía á turbarle la idea de los juicios de Dios. María, que le había arrancado en su infancia de los brazos de la muerte, velaba también sobre él en los últimos días de su vida; no se había hecho sorda á la oración que más de cien veces al día le hiciera su devoto: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores… en la hora de nuestra muerte. Apartó, pues, de su fiel siervo los terrores de la última hora, y no permitió que muriese privado de los últimos consuelos que la Santa Madre Iglesia procura á sus hijos.

El 6 de Julio de 1884, el Sr. Kamocki, aunque enfermo, comenzó el día, como de ordinario, asistiendo á la oración con la comunidad. Después ofreció el santo sacrificio de la Misa, y nada hacía presagiar que lo hiciese por última vez. Hacia medio día uno de sus Hermanos, que fué á ver cómo se encontraba, hallóle muy postrado. El enfermo le rogó advirtiese luego al Padre General del estado de grave­dad en que se encontraba, y que le rogaba fuese á confesar­le. Diéronse prisa para llevarle los santos Óleos, y con la Extremaunción durmióse en el Señor este digno hijo de San Vicente. Murió, según sus deseos, con las armas en la ma­no, peleando hasta la última hora.

Al día siguiente, varios misioneros y Hermanas de la Caridad acompañaron el cadáver hasta el cementerio, jun­tándose á la comitiva lo más selecto de las familias polacas que se hallaban en París. Seguíanlas algunos pobres ver­gonzantes á quienes el difunto había tenido ocasión de con­solar y socorrer. Su actitud mostraba bien el dolor al par que su reconocimiento; habían ido por voluntad propia, sin ser llamados, para depositar, decían ellos, sobre la tumba de su compatriota el homenaje de la patria reconocida.

Anales españoles 1893


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