La Palabra de Dios es una espada de dos filos, y mi corazón ha sido traspasado por lo que el Señor nos ha dicho hoy en estas lecturas al comenzar esta 41a, Asamblea General, invocando la presencia del Espíritu del Señor Jesús.
Nuestra meta: fidelidad creativa a la misión. Ha sido el Espíritu el que nos ha ungido para ser buena noticia para los pobres, como el Espíritu ungió a Jesucristo. Vicente de Paúl invita a sus misioneros a hacer lo que hizo el Señor Jesús cuando estuvo aquí, en la tierra. Yo me he sentido retado por los comentarios del autor de la primera lectura. Él habla de “las lágrimas de las víctimas sin nadie que les conforte.”
Hermanos míos, como Congregación ¿dónde estamos? ¿Nos movilizamos hacia las víctimas de la opresión, la guerra y la violencia para venir en su ayuda, o nos encontramos entre los que victiman? Es fácil determinar si somos opresores desde una posición directa; es más difícil ser capaz de decir si nos encontramos entre los que oprimen de un modo indirecto, bien protegiendo nuestras propias zonas de confort, llevando un estilo de vida que hace por lo tanto la vida difícil a otros, o simplemente por pecados de omisión.
¿Hemos llegado a atrincherarnos en nuestras experiencias apostólicas, en nuestra misión, haciendo las mismas cosas de siempre? ¿Ha perdido la sal su sabor? Algunas veces este es el caso. Yo lo he percibido en mis viajes por toda la Congregación, he reflexionado muchísimo con el Consejo sobre temas y situaciones diferentes en todas partes. Muchas veces se cae en el hecho de que sólo estamos interesados en hacer nuestros asuntos. Somos ese “hombre solitario sin compañeros.” La lectura concluye diciendo, “ay del hombre solitario porque, si cae, no tiene a nadie que le levante.”
Si, hermanos míos, que la Palabra de Dios nos rete hoy, porque dice dos es mejor que uno. “Si uno cae el otro levantará a su compañero.” Y yo digo que tres es mejor que dos. Y toda la comunidad unida en su apoyo del uno al otro es lo mejor de todo. Nuestras Constituciones nos piden mirar la misión de esta manera. Comunidad para la misión.
La segunda lectura de la carta de Pablo a los Corintios nos reta a mirar más allá de nuestros propios intereses personales, probando la autenticidad de nuestra preocupación por los otros. Como Jesús se hizo pobre, estamos llamados a hacernos pobres, pobres con los pobres. No es que estemos llamados a compartir su misma miseria, sino más bien a sentir su miseria, mostrar nuestra solidaridad, y entonces, más que darles una limosna, darles una mano que les levante. Así que, miremos más allá de nuestros intereses, veamos la situación del pobre hoy, de los que están oprimidos; lleguemos a ser uno con ellos, y, por consiguiente, con Jesús, llegar a ser ricos en Su amor.
Desde una perspectiva histórica se puede afirmar que san Vicente de Paúl fue conducido hasta Dios por su experiencia del pobre. Más aún, cuando miramos profundamente dentro de la vida del santo, podemos decir desde la perspectiva de la fe que fue Dios quien condujo a Vicente hasta el pobre. Y fue el amor de Dios que le capacitó para experimentar más profundamente su identidad con ellos. Hermanos míos, Dios nos dirige constantemente hacia los pobres. Esa es nuestra vocación. Es por eso que el Espíritu del Señor ha descendido sobre nosotros. Hemos sido ungidos para llevar la buena noticia a los pobres. Pedimos que en esta Asamblea General sea el Espíritu del Señor Jesús quien nos guíe a un compromiso siempre mayor como hermanos, unidos en la evangelización y el servicio de los pobres. Y hagamos esto de una forma que sea creativamente fiel.
Al reunirnos en torno a la mesa del Señor, para alimentarnos de su Palabra y nutrirnos del don de la Eucaristía, pidamos al Señor que fortalezca nuestro amor de los unos por los otros, aquel amor que tuvo él primero con nosotros, al ir a proclamar “un año aceptable al Señor.” Que Él nos ayude a prolongar ese año hasta al menos los próximos seis años.
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