(París, 14 de julio de 1845)

Pesar por no poder asistir a la boda de su primo y deseo de ver pronto al nuevo matrimonio en París.

Mi querido primo: Quiero agradecer tu amistosa invitación. Seguro que, si Amelia no hubiera estado en vísperas de dar a luz, habría arreglado todo, o en caso necesario desarreglado todo, para asistir a esta fiesta familiar. Hubiera sido testigo de tu dicha, que debe ser grande, puesto que una larga espera, una prueba tan delicada, han justificado tu elección. Hubiera conocido a la amable persona que va a ser el ornato de tu vida; hubiera sido para mí, en .fin, un consuelo infinito volver a ver a tu excelente padre, en quien pienso muy frecuen­temente, cuyo nombre se repite a menudo en las conversaciones con mis hermanos, y cuyo cordial abrazo me hubiera evocado recuerdos tan queridos. Hay Que renunciar desgraciadamente a ese encantador proyecto y permanecer aquí en medio de cuidados mezclados con muchas inquietudes, pues ese momento decisivo apenas debe tardar más de cuatro semanas, y tiemblo pensando en sedas las posibilidades dolorosas que nos puede reservar. Carlos, empleado como alumno interno en los hospitales de París, tiene también deberes que no le ‘permiten alejarse, y Alfonso es quizás el menos libre de los tres; superior de una Comunidad muy pobre, establecida recientemente, y de la que es el principal sostén, está encargado de recibir a su paso y acompañar en sus gestiones a los sacerdotes maristas que van a evangelizar las islas de Oceanía. Al mismo tiempo -educa mucho, lleva una vida muy dura, y apenas puede cumplir sus numerosas obligaciones. Te tengo, pues que presentar la excusa de los tres hermanos, pero excusas sinceras, unidas a vivos pesares. La ausencia, muy lejos de debilitar los viejos afectos, no hace sino reanimarlos por las privaciones que les impone, y en fin, la manera calurosa con que nos invitabas a tu boda nos ha emocionado muy vivamente como para no despertar en nosotros toda la amistad que unía a nuestros buenos padres con los tuyos.

Supliremos al menos lo mejor posible lo que las circunstancias nos impiden hacer. Entre cristianos, no hay distancias infranqueables. El 21 de julio, asistiremos en la iglesia cercana al mismo sacrificio que santificará vuestra unión a cien leguas de aquí: estaremos verdaderamente en espíritu en esa capilla que animará tan bella asamblea, estaremos en medio de la gente que os rodeará con sus felicitaciones. Pediremos para que Dios os bendiga: no al no enviaros ninguna clase de pruebas, pues las pruebas también son bendiciones, sino conservando el amor que las soporta, que las mitiga y que se fortifica con ellas. No es una gracia común encontrar esa dicha del corazón en el matrimonio. Al concedérmela mucho más allá de lo que nunca hubiera podido concebir, la Providencia me ha dado derecho a pedirla para mis amigos, sobre todo para los que quiero como hermanos y a los que desearía ver tratados como a mí… La mano que se posa en la tuya parece la más débil: es sin embargo la que te apoyará en las dificultades de la vida, esa inteligencia más joven y menos ejercitada, menos fatigada también por las costumbres de la ciencia humana, es la que te dará luces inesperadas en los momentos decisivos. Pero sobre todo es la dulzura, la paciencia, la virtud puesta a tu lado bajo rasgos queridos, lo que te servirá de ángel guardián…

…Seguramente vendréis pronto a París. Nuestras esperanzas se orientan hacia ese momento. Entonces tendremos una de esas reuniones que son raras en la vida, pero que dejan tras de sí grandes recuerdos. Repite a tu buen padre que pienso en él casi siempre que me acuerdo del mío…


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