Lyon es hoy la tercera ciudad de Francia. La antigua Lugdunum, fundada por los Romanos, ha conservado en el transcurso de los años un atractivo particular, tanto por el encanto de la antigua ciudad, el refinamiento de su cultura y la reputación de sus sederías, como por los personajes ilustres que la han distinguido. El emperador Claudio y Caracalla vivieron allí y, más cerca de nosotros, los dos Ampére, Ozanam, el pintor Puvis de Chavannes y Saint-Exupéry. Es una ciudad cálida, y Ozanam, que no habitará ya en ella a partir de 1840, seguirá sintiéndose estrechamente ligado a ella. En ella seguirá manteniendo afectos y amistades preciosas, la mayor parte de la infancia.
Ha llegado el momento para que Federico inicie sus estudios clásicos. A decir verdad el joven no ha frecuentado nunca la escuela. Elisa, recordemos, le dedicó su mejor tiempo, su madre le enseñó el catecismo, Juan Antonio y Alfonso completaron su preparación introduciéndole en el latín. Ya puede afrontar los estudios secundarios.
Una mañana de octubre de 1822, Federico con Alfonso se dirigen con buen ánimo al Colegio Real. La noble institución, bien anclada en las orillas del Ródano, presenta la imagen de un pesado edificio militar. Sólo los vendedores de castañas y la hilera de plátanos del arroyo vecino contribuyen ahacerlo menos austero.
María ve angustiada partir a su hijo, con uniforme de colegial, con los libros al hombro, sujetos con la tradicional correa de cuero. Tan joven emprende ya el camino de los constructores del porvenir. El camino del conocimiento se le muestrade par en par con sus glorias y sus retos, pero tambiéncon sus luchas y desencantos, pues la época está revuelta. iAdiós a las cerezas y a los juegos ingenuos!
Guigui, después de dar un beso a Federico, le ve alejarse empujando con el índice la cortina calada, hasta que la delgada silueta desaparece en la curva de la gran plaza.
Minutos después Federico, con desparpajo, sube la escalera del Colegio. Los lugares no le resultan desconocidos; en varias ocasiones ha venido con su padre a visitar al abate Noirot, profesor de filosofía y amigo de la familia, quien le pone una mano en el hombro al recibirle y encaminarle a la clase del Sr. Legeai.
Alfonso estrecha la mano de su hermano, y de pronto siente que sus piernas flaquean. De repente todo le impresiona; el gris de los grandes pasillos, un ligero olor a cocina, la promiscuidad chillona de los colegiales; se siente invadido por una gran confusión como si sus nueve años retrocedieran al pasado y le pesara el presente como algo insoportable.
Los días siguientes, la magia del saber justifica su emoción. Se rodea de amigos, entre los que está el fiel Balloffet, algo regordete, con cara sonriente, y Materne, buen tipo, más serio y su confidente. Aprieta los codos, se entusiasma por el latín y para diciembre se encuentra entre los primeros.
La adaptación transcurre sin sobresaltos. “Aparte de algún mamporro, me sentí ser mejor, más dócil, más paciente”, confiará más tarde a un camarada.
El Sr. Legeai, profesor de gramática latina, se extraña al ver a este niño de aspecto humilde, pero resuelto y mirada gris, aprender con una facilidad desconcertante y adelantar a sus compañeros.
En 1823, después del comienzo de un quinto curso prometedor, ve que sus notas bajan. Se siente cansado, sin aspiraciones. Sería difícil reconocer al alumno brillante a quien el talento y la curiosidad habían llevado a la cabeza de su clase. María se preocupa. Federico pierde el apetito, se muestra perezoso, hasta irritable. No aguanta al pequeño Carlos a quien encuentra revoltoso y chillón. Al experimentado doctor no se le escapa el mal aspecto de su hijo; piensa que se impone una temporada en el campo. Una señora, bien conocida de la familia, acepta gustosa a Federico de pensionista todo el tiempo necesario. Tres días más tarde, bajo el cielo gris de noviembre, una diligencia tirada por cuatro percherones se lleva a Federico y a su padre a un pueblecito de cerca de Lyon y todas las esperanzas de una salud restablecida.
El aire de la llanura, los paseos, el descanso y el cuidado maternal de esta señora, cuyo nombre no conocemos, no tardaron en restablecer a Federico. Vuelve a Lyon por Navidad, reanuda los estudios a mediados de enero recuperando rápidamente el tiempo perdido.
En cuarto, Federico afloja algo, pero en tercero, que equivale a nuestro cuarto año del curso secundario, se le ve interesarse por los versos latinos. Elabora breves composiciones que ofrece a sus padres por sus cumpleaños, cuidándose de dedicárselas a su madre en francés, y a su padre en latín. El Sr. Legeai guardará con esmero los ensayos poéticos de Federico, que son prueba del talento excepcional del joven autor, y los publicará después de la muerte de Ozanam.
El 11 de mayo de 1826, Federico hace la primera comunión solemne en la vieja iglesia de Saint Pierre, una de las más antiguas de Lyon. Toda la vida considerará este acontecimiento como jalón importante de su camino espiritual. Irá anotando en una libretita sus reflexiones y los esfuerzos que le cuesta dominar sus rebeliones interiores, su orgullo e impaciencias. En esta época tienen lugar sus primeras preocupaciones metafísicas que le llevarán, en retórica, a un sufrimiento moral, a un tormento interior que durará tres años. Se lo cuenta a su amigo Materne el 5 de junio de 1830:
“… pero es preciso que entre en algunos detalles sobre un periodo penoso de mi vida que comenzó cuando estaba en Retórica y que acabó el año pasado. Tanto oír hablar de incrédulos y de incredulidad, me pregunté por qué creía yo. Yo dudé, querido amigo, y sin embargo quería creer, rechazaba la duda, leía todos los libros en que la religión se ofrecía probada y ninguno me satisfacía plenamente. Creía dos o tres meses en la autoridad de tal raciocinio: me venía al espíritu una objeción, me ponía a dudar otra vez. ¡Cuánto sufría!… Entré en filosofía. La tesis de la certeza me trastornó del todo. Creí por un momento poder dudar de mi existencia y no pude. Me decidí por fin a creer, todo se afirmó y hoy creo por la autoridad de la causa. Durante este tiempo mi imaginación trabajaba: pensamientos criminales, licenciosos, me abrumaban bien a pesar de mí. Quería clasificarlos, me llevaba demasiado tiempo; mi confesor respetable me dice que no me preocupe, pero no logro conseguirlo, aunque hoy me acosan menos. Me halaga que tales ideas no sean mías ni procedan de mí. Al menos así me lo dijeron y me lo dicen todavía”.
Y más adelante:
“Esto es lo que he sido y lo que soy. Te hablaré imparcialmente, te lo contaré todo, lo bueno y lo malo. En cuanto a lo malo, lo reduzco a cuatro capítulos: orgullo, impaciencia, flaqueza, meticulosidad”.
Federico hace de este modo a Materne confidente de sus tormentos, de la confusión que su sed de absoluto hace nacer en su alma y conciencia. Trata de liberarse, busca un consuelo para su sufrimiento; lo encontrará.
Se cuenta que un día, presa de sus angustias, Ozanam entró en la Iglesia de Saint-Bonaventure, en la plaza de los Cordeliers. Es hora de misa, en ella recibe la comunión y luego se coloca en un lateral, en un rincón obscuro. Incapaz de rezar, deja correr las lágrimas y se entrega al Señor. Reflexiona, medita… de repente se le ocurre una idea que va tomando forma e imponiéndose en él como una fuerza, como una resolución: escribir, sí escribir una historia de las religiones en la que se podría demostrar la verdad de la religión cristiana por la conformidad de todas las creencias. ¿Cuánto le llevaría, diez, quizás quince años? Eso no importa, es joven, lleno de fuerza; Federico se ve hojeando ya innumerables documentos, aprendiendo una docena de lenguas, descubriendo creencias de los Tártaros, desmenuzando la Trinidad de la India. Una fiebre le posee, corre a casa del abate Noirot. Éste le oye y le anima, ¿qué puede haber más consolador en esta época incierta, tiroteada por los sucesos políticos, desgarrada por la ambición y el odio, que ver el entusiasmo de este joven de dieciséis años por un proyecto tan gigantesco, tan temerario? Le entran ganas de sonreír pero se contiene. Si Noirot conoce hace tiempo la timidez y el carácter inquieto de Federico, él no acertaría a subestimar la audacia intelectual y la tenacidad de su alumno. De esta idea bellamente presuntuosa nacerá en Ozanam la verdadera vocación de investigador, de historiador. Se lo comunica a su primo Falconnet7 con quien desearía realizar los descubrimientos.
Federico le escribe minuciosamente y con pasión todas las etapas de su proyecto, los estudios que serán necesarios, desde los trabajos de Adelung hasta los de Champollion, pasando por la obra de los grandes filósofos. “Vencer sin peligro es triunfar sin gloria, y cuanto más difícil es la tarea, más bello será realizarla”, le escribe.
Federico acaba de concluir el bachillerato. Piensa hacerse abogado. A ello le animan sus padres porque se está echando en falta una cátedra de derecho comercial en la Academia de Lyon. Juan Antonio ve en esto una colocación posible para su hijo. Piensan, por supuesto, en estudios sólidos en París, en la Sorbona, prestigiosa institución cuya fama ha pasado las fronteras hace tiempo. Pero la Sorbona ha cambiado mucho; en ella la atmósfera está corrompida, y al parecer es anticlerical. Además, París vuelve a sentir el marasmo, los espíritus están agitados.
La Francia de Luis XVIII, la de la Restauración, que debía ser la Francia de los compromisos no es otra cosa que la de la tirantez. En efecto, algo singular, el rey se encuentra con una Cámara de fuerte tendencia realista, cuando se ha comprometido solemnemente a llevar a la práctica las reformas de la Revolución. El pueblo quiere la igualdad social; los nobles, que se habían exiliado para huir del terror, luchan por una compensación por los bienes que les habían confiscado.
En las elecciones de 1823 no obstante, oh sorpresa, se mantuvo la monarquía tradicional. Luis XVIII muere al año siguiente sin heredero. Le sucede su hermano, el conde de Artois, con el nombre de Carlos X. Con el nuevo rey se vuelve a suscitar, más agudo que nunca, el problema de los emigrados. Esto agitó el país y provocó la caída del ministerio de Villéle en 1828. La ley del “millar de emigrados” hizo correr mucha tinta y vociferar a media Francia.
Después de varios intentos infructuosos, incapaz de dominar la situación, el rey decide disolver las Cámaras en marzo de 1830. La prensa replica, la crisis se amplía. En este momento Carlos X decreta las célebres Ordenanzas para la salud de Francia. Sobrepasaban en mucho los límites de su poder. Las Cámaras eran disueltas, la prensa amordazada, y el escrutinio modificado. Precisemos que se estaba lejos del sufragio universal y que sólo los dueños de bienes tenían derecho al voto. Era lo que faltaba para desencadenar la cólera del pueblo. El avance de la conquista de Argelia por Francia y la caída de Argel el 5 de julio no lograron cicatrizar las heridas. La gloria no sacia el hambre.
El 27 de julio, obreros y estudiantes desfilan por las calles enarbolando la bandera tricolor. Se construyen barricadas. La burguesía no se mueve. Los días siguientes los insurgentes se apoderan de todo el este de París. El rey, que se encuentra de caza, regresa precipitadamente y entrega el mando del ejército al Mariscal Marmont. ¡Demasiado tarde! El esfuerzo de Marmont” es inútil. Republicanos y antiguos bonapartistas se adueñan de París. La hora es crucial. Estas tres jornadas, el 27, 28 y 29 de julio, pasarán a la historia con el nombre de las “tres gloriosas”. El pueblo emite entonces una proclamación pública anunciando que el rey no puede gobernar más.
A Carlos X no le queda más que abdicar. Renuncia en favor de su nieto, el duque de Burdeos. Sin embargo, los insurgentes están hartos de la monarquía. Con grandes dificultades Thiers, Guizot y el viejo La Fayette, hombres políticos conocidos e influyentes, consiguen calmar a los liberales convenciéndolos de que sólo un compromiso puede evitar de momento otras luchas sangrientas. Finalmente, las Cámaras ofrecen al duque de Orléans, miembro de la rama joven de los Borbones, el título de lugarteniente general del reino.
A primeros de agosto, para impedir la revuelta y dar un paso más hacia el compromiso, la nación promulga que el duque de Orléans y sus descendientes más íntimos no serán ya en adelante reyes de Francia, sino reyes de los franceses. El duque de Orléans toma el nombre de Luis Felipe I.
Ozanam, que en el momento de la Revolución no tiene más que diecisiete años, tiene bien definidas sus ideas políticas; en la práctica es realista y tiembla de indignación al pensar que el pueblo ha puesto en el trono al duque de Orléans a quien considera un usurpador. “Soy y seré siempre súbdito fiel del legítimo rey Carlos X”, escribe a Materne al día siguiente de las hostilidades’ De naturaleza sensible, Federico ve como una necesidad confiar a alguien sus desencantos. A lo largo de su vida se representará la amistad como algo sagrado, inviolable. Antes de conocer el amor —pues lo conocerá— la amistad es para él sinónimo de intercambio, de consuelo, y ya veremos más tarde que el primer principio de las Conferencias de caridad se apoya justamente en el tema de la amistad que le es tan querido.
Para comprender mejor a Federico, escuchemos al abate Noirot trazar su retrato al finalizar sus estudios colegiales: “La naturaleza le había dotado maravillosamente de inteligencia y corazón. Afectuoso, simpático, ardiente, fiel, modesto, divertido y serio a la vez, sin cabida para el odio hacia nadie, excepto para el engaño, nunca un alumno fue más popular que él entre sus camaradas. Le rodeaban de afecto, según la expresión de uno de ellos, casi de respeto”.
Estamos entonces ante el joven a quien dudan sus padres enviar a París; no es que desconfíen de su valor moral, lo que temen es la soledad, cierta morosidad. Su padre le propone un puesto con un abogado para iniciarle en los procedimientos jurídicos; Federico acepta y, durante dos años, copiará innumerables minutas. Este trabajo nada tiene de apasionante, de manera que una vez más Ozanam encuentra en la escritura un gozo, una liberación. A partir del mes de agosto de 1829, publica en l’Abeille franoise 13 un artículo sobre la trata de negros. Luego vendrán otros ensayos, en prosa y en verso, que reflejan bien los cesos de la época. En junio de 1830, Ozanam publicará una obra titulada: “La Verdad de la religión cristiana probada por la conformidad de las creencias”. Es fácil reconocer en ella el preludio a su trabajo de altos vuelos.
A los diecisiete años, Federico conoce ya el latín y el griego (le gusta hablar latín con su padre), estudia el alemán y el italiano, y se inicia en el hebreo y sánscrito, la lengua sagrada de la India. En mayo de 1831, un estudio bien estructurado sobre el san-simonismo14 aparecerá en l’Abeille frangaise. Ozanam hará de él un extracto que llamará la atención de Lamartine15; éste se tomará la molestia de escribirle y felicitarle. Federico se lo refiere a su primo Falconnet:
He recibido del señor de Lamartine una carta muy aduladora y de l’Avenir una referencia muy favorable sobre mi trabajo. Te lo cuento porque sé que te interesas en lo que me interesa y porque en ese trabajo he echado la semilla de la idea que debe ocupar nuestra vida.
Durante este tiempo las pasiones se han calmado un poco en París. El amigo Materne se ha marchado de Lyon para inscribirse en la Escuela Normal; en noviembre le toca a Federico enfrentarse a la capital. La hora de los desafíos ha llegado… ¡Adiós, Lyon, hola, París!
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