París, 26 de agosto de 1640

Mi dignísima y queridísima madre:

¡Dios mío! ¡Cómo se enternece mi corazón al ver la bondad con que su incomparable caridad se porta con sus pobres hijos, los misioneros! ¡Ay Jesús! ¡Qué felices son y cuánto espero que esto les resultará útil! En nombre de nuestro Señor, mi dignísima madre, siga tratándolos con la misma caridad y concédale a este pobre hijo y servidor suyo la parte que su bondad le ha reservado en su querido corazón.

Le escribí largamente al padre Escart, hace cosa de un mes sobre lo que usted hizo el favor de indicarme que debería escribirle, espero que haya recibido mi carta y que habrá surtido efecto en su espíritu, a no ser que la tentación haya dejado en su imaginación impresiones demasiado fuertes. El asunto de la visita de su hermana es importante; pero como está en contra de una de las máximas que tenemos de no visitar a nuestros parientes, le ruego que lo deje para otra ocasión en que pueda ir allá, de pasada, al ir o venir de algún sitio.

Lo que el padre Tholard me escribe de su tentación es una cosa que les sucede de ordinario a muchos al comienzo de dedicarse a las confesiones, pero va pasando poco a poco, y se tiene como norma no dejar de ocuparse en ellas, a pesar de los malos efectos que la tentación produzca durante las confesiones

Sobre el padre Duhamel, le he escrito que, si cree que su residencia en Roma con uno de nuestros misioneros, o en Alet con los que están allí, no va a proporcionarle ningún descanso, in nomine Domini, que se vuelva a su casa en esta ciudad, y que después de haber pasado algún tiempo en su casa, hablaremos del asunto. Tiene un espíritu naturalmente inquieto y no gozará nunca de descanso, en cualquier condición que sea. Una santa mujer, [con la que] tenía mucha confianza, me dijo antes de morir que se perdería si abandonaba su vocación; no creo que ella quisiera decir que por el vicio, sino por ciertas circunstancias que ella preveía que podrían hacerle caer.

¿Qué le diré a su corazón del buen comendador, mi querida madre? ¡Oh, Jesús! No ha recibido la más mínima pena del mundo, ni la más mínima, por lo que usted nos escribió a propósito del visitador; y le aseguro también, mi queridísima madre, que lo mismo me ha pasado a mí. La razón de ello es que ni él ni yo buscamos en este asunto nada más que la voluntad de Dios y estamos seguros de que esa voluntad se nos manifestará por medio de nuestra dignísima madre; por ello le puedo asegurar, mi amabilísima y querida madre, que no hemos tenido ningún pensamiento en contra del suyo, ni siquiera en lo más mínimo. Y creo también, mi querida madre, que puedo asegurarle lo mismo de la madre de la ciudad, y que nos hemos quedado tan en paz como si el mismo nuestro Señor nos hubiese dicho lo que usted nos escribió. Esto me hace ver que no se ha buscado en todo ello más que la gloria de Dios. Desde que estoy en el mundo, no he visto ni sentido jamás en mí tanta sumisión del entendimiento y de la voluntad como en esta ocasión. Mi querida y amabilísima madre, es usted realmente nuestra muy digna y muy amada madre. Lo es hasta tal punto que me faltan palabras para poderlo expresar; solamente nuestro Señor es el que puede hacérselo sentir en su corazón.

La reverenda madre de la Trinidad escribía uno de estos últimos días, me parece que hace solamente tres, que lo juzga necesario y que espera que así se hará. Y le diré solamente al oído del corazón de mi digna madre que ella asegura que nuestro Señor le ha hecho ver algo de esto…

Esto es, mi dignísima madre, la más amable y amada (que yo puedo expresar), lo que tengo que decirle por ahora. ¡Ay, Jesús! Me acuerdo ahora de que no he contestado a lo que usted me dijo, de que aspiramos a unir juntamente la perfección eclesiástica y la religiosa. No, mi querida madre; somos demasiado malos para eso. La verdad es que nos cuesta mucho encontrar un medio para poder proseguir en nuestra vocación. En alguna otra ocasión ya le diré las razones a nuestra querida madre y los diversos pensamientos que se me ocurren para que me dé usted su santos consejos.

Entretanto soy, en el amor de nuestro Señor, su muy humilde y muy obediente servidor.

VICENTE DEPAUL

Sacerdote de la Misión

En nombre de Dios, mi dignísima madre, el último punto de esta carta se lo digo solamente al corazón de mi querida madre nadie más.

Dirección: A la reverenda madre de Chantal, superiora del primer monasterio de las hijas de Santa María de Annecy, en Annecy.


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