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Para S. Vicente de Paúl, la sencillez, la humildad, la mansedumbre, la mortificación y el celo eran las virtudes características de un misionero. Las veía como «las cinco piedras lisas con las cuales nosotros podemos vencer al maligno Goliat» (RC XII, 12). El celo es, pues, la quinta virtud característica del misionero. Es también un tema que menciona frecuentemente en su correspondencia con Luisa de Marillac (SV I, 148. 156), cuyo celo tuvo él que moderar a menudo.
Este artículo se divide en tres partes: 1. Un estudio breve del celo como lo entendió S. Vicente; 2. una descripción del cambio de horizonte que ha tenido lugar en la teología y en la espiritualidad entre los siglos XVII y XX y que afecta a nuestro modo de considerar el celo hoy; 3. un intento por recuperar el celo en formas modernas.
I. El celo como lo entendió san Vicente
De modo explícito, S. Vicente habla con menos frecuencia acerca del celo que acerca de las otras virtudes características de los misioneros. Frecuentemente, toca el tema sólo de paso y, sin embargo, en esas ocasiones habla de él elocuentemente.
a) El celo es amor en llamas: «Si el amor de Dios es fuego, el celo es la llama. Si el amor es un sol, el celo es su rayo» (XI, 590. 553). «La caridad cuando mora en un alma toma posesión completa de todas sus potencias. Nunca descansa. Es un fuego que actúa sin cesar» (XI, 132). Él abarca:
— gusto por ir a todas partes a extender el reino de Cristo: «Pidamos a Dios que dé a la Compañía ese espíritu, ese corazón, ese corazón que nos hace ir a cualquier parte, ese corazón del Hijo de Dios, corazón de nuestro Señor, corazón de nuestro Señor, corazón de nuestro Señor (sic) que nos dispone a ir como fue, iría y como habría ido si hubiera creído conveniente su sabiduría eterna marchar a trabajar por la conversión de las naciones pobres. Para eso envió él a sus apóstoles; y nos envía a nosotros, como a ellos, para llevar a todas partes su fuego, a todas partes» (XI, 190; cf. XI, 281. 590);
— gusto de morir por Cristo: «Mirad, padres y hermanos míos, hemos de tener en nuestro interior esta disposición, y hasta este deseo de sufrir por Dios y por el prójimo, de consumirnos por ellos. ¡Oh, qué dichosos son aquellos a los que Dios les da tales disposiciones y deseos! Sí, padres, es menester que nos pongamos totalmente al servicio de Dios y al servicio de la gente; hemos de entregarnos a Dios para esto, consumirnos por esto, dar nuestras vidas por esto, despojarnos, por así decirlo, para revestirnos de nuevo; al menos querer estar en esta disposición, si aún no estamos en ella; estar dispuestos y preparados para ir y para marchar adonde Dios quiera, bien sea a las Indias o a otra parte; en una palabra, exponernos voluntariamente en el servicio del prójimo, para dilatar el imperio de Jesucristo en las almas. Yo mismo, aunque ya soy viejo y de edad, no dejo de tener dentro de mí esta disposición y estoy dispuesto incluso a marchar a las Indias para ganar allí almas para Dios, aunque tenga que morir por el camino o en el barco» (XI, 281; cf. XI, 258s. 292).
b) Esto supone no sólo amor afectivo, sino trabajar duramente por la salvación del prójimo (XI, 444s; XI, 307). «Amemos a Dios, hermanos míos, amemos a Dios, pero que sea a costa de nuestros brazos, que sea con el sudor de nuestra frente. Pues muchas veces los actos de amor a Dios, de complacencia, de benevolencia, y otros semejantes afectos y prácticas interiores de un corazón amante, aunque muy buenos y deseables, resultan sin embargo muy sospechosos, cuando no se llega a la práctica del amor efectivo» (XI, 733).
c) Esto debe evitar dos extremos (RC XII, 111:
1. pereza, negligencia, falta de fervor, dureza o insensibilidad (X1, 114. 711. 601 s).
S. Vicente manifiesta una gran preocupación porque, después de unos comienzos llenos de celo, la Congregación se relaje y se acomode en caminos confortables. Porque por las dificultades que lleva consigo, la gente querrá evitar ir a las misiones extranjeras (XI, 114). Es imaginable la reacción con que S. Vicente, en una famosa conferencia, (XI, 397) describió a esos cohermanos: «Y, ¿quiénes serán los que intenten disuadirnos de estos bienes que hemos comenzado?… Serán gente comodona…, personas que no viven más que en un pequeño círculo, que limitan su visión y sus proyectos a una pequeña circunferencia en la que se encierran como en un punto, sin querer salir de allí; y si les enseñan algo fuera de ella y se acercan para verlo, enseguida se vuelven a su centro, lo mismo que los caracoles a su concha».
2. Celo indiscreto (I, 158. 146; II, 116; IX, 1187).
Este extremo incluye esforzarse (I, 146), exponiéndose innecesariamente uno mismo o a otros al peligro (IV, 498s), siendo rigurosos y autoritarios con la gente como lo son algunas veces los jóvenes (II, 62-63), y permaneciendo demasiado tiempo con un enfermo en perjuicio de otros (IX, 1187).
Urge a Santa Luisa de Marillac (I, 158): «Tenga cuidado de conservarla (su salud) por el amor de nuestro Señor y de sus pobres miembros y evite trabajar demasiado. Es una astucia del maligno, con la que engaña a muchas almas buenas, el incitarlas a hacer más de lo que pueden, para que luego no puedan hacer nada».
En una carta escrita con gran sencillez a Pedro Escart (SV II, 62), él se queja: «Resulta fácil, mi querido padre, pasar en las virtudes del defecto al exceso, convertirse de justo en riguroso, y de celoso en inconsiderado. Se dice que el buen vino se transforma fácilmente en vinagre y que una salud en grado excesivo indica una enfermedad inminente. Es verdad que el celo es el alma de las virtudes; pero también es verdad que debe ser un celo según la ciencia…». Dice a Escart francamente que le encuentra demasiado áspero.
d) S. Vicente ofrece a la doble familia muchos motivos para el celo:
- Les dice que el amor de Jesús era tan grande que estaba ansioso de morir (XI, 292).
- La sangre de los cristianos es la semilla del cristianismo (XI, 292).
- Dios permitió la muerte de muchos al comienzo de la Iglesia (XI, 292. 297s)
e) Urge a sus cohermanos a poner en práctica los medios para crecer en el celo:
- Escribe a Francisco du Coudray: «Piense, pues, padre, que hay millones de almas que le tienden la mano y le dicen así: ¡Ah, padre du Coudray, que ha sido escogido desde toda la eternidad, por la providencia de Dios, para ser nuestro segundo redentor, tenga piedad de nosotros, que estamos sumidas en la ignorancia de las cosas necesarias a nuestra salvación y en los pecados que jamás nos hemos atrevido e confesar y que, sin su ayuda, seremos infaliblemente condenados» (I, 286).
- Anima al P. Escart (II, 62-64) a crecer en la caridad que se nutre con el conocimiento sacado de la experiencia y que evita el rigor y el exceso.
II. Un cambio significativo de horizonte
Desde el tiempo de S. Vicente, la teología y la espiritualidad han sido testigos de un cambio hacia una actitud más positiva respecto a la creación y hacia un énfasis menor sobre el pecado. Como se menciona en el artículo sobre la humildad, este cambio de perspectiva ha tenido su lado de luz y su lado de sombra.
Por concomitancia, hemos sido testigos de un movimiento hacia la unidad en la perspectiva filosófica y teológica (cf. el artículo sobre la mortificación). Los modernos escritos papales acentúan el desarrollo integral y la liberación integral.1
Los programas de formación recalcan la integración de los varios aspectos de la vida: apostólico, comunitaria, espiritual, intelectual, emocional, etc. Su enfoque es el crecimiento de toda la persona.
A la luz de esto, los escritores modernos acentúan la necesidad de una espiritualidad de la santidad que mantenga en tensión e integre: la estima de uno mismo/la negación de uno mismo, el ministerio/el ocio, la comunidad/la soledad, el celibato/la creatividad, la oración/la acción.
Naturalmente, esto tiene implicaciones en el modo en que cada uno ve el celo.
III. El celo, hoy
Porque la edad moderna acentúa la promoción de toda la persona y tiende a evitar la dicotomía cuerpo/alma, la frase de S. Vicente «celo por las almas» suena mal. Sin embargo, el celo es tan importante hoy como lo fue en tiempo de S. Vicente. Tiene un significado muy parecido:
a) El celo es amor en llamas. Es el deseo de ir adondequiera, aun en circunstancias difíciles, para hablar de Cristo. Es el deseo de morir por Él. Encierra no solamente un amor afectivo profundamente humano por el Señor y por su pueblo, sino también expresa trabajo efectivo y sacrificio.
Como en el pasado, el celo expresa en nuestros días un martirio (en América Central, por ejemplo), pero la gente de celo, ahora como siempre, reconoce también que algunas veces es más difícil vivir por Cristo que morir por Él. Su celo se demuestra en el deseo de continuar trabajando en el centro de la ciudad a la vista del desaliento que fluye de la terrible pobreza y del enredarse con la burocracia. Se muestra asimismo en la vida y en el trabajo de los misioneros que luchan con la cultura, la lengua, la comida y el clima.
b) El celo es perseverar, amor fiel. Es fácil amar por un tiempo. Es difícil amar por toda la vida. Un compromiso permanente es más frágil hoy que lo era en el siglo XVII, especialmente porque muchos de los soportes sociales que lo mantenían en aquel tiempo han desaparecido (cf. el artículo sobre la «mortificación»). Así, el celo se manifiesta especialmente como fidelidad. Es como el oro probado en el fuego.
El celo es también creativo en encontrar caminos para amar «a tiempo y a destiempo». Como lo expresó S. Vicente. «El amor es infinitamente inventivo» (Xl, 65). El celo se adapta, encontrando nuevos caminos y desarrollo profesional, especialmente a través de una formación continuada. En esta época de segundas carreras y de una jubilación temprana, el celo intenta encontrar modos de expresar el amor al Señor y el amor hacia los pobres aun en ministerios que pueden ser muy diferentes de los modos en que él o ella sirvieron en su juventud. Este reto que presenta el celo hoy, no fue desconocido para S. Vicente: «En lo que a mí se refiere, a pesar de mi edad, delante de Dios no me siento excusado de la obligación que tengo de trabajar por la salvación de esa pobre gente; porque, ¿qué me lo podrá impedir? Si no puedo predicar todos los días, ¡bien!, lo haré dos veces por semana; si no puedo subir a los grandes púlpitos, intentaré subir a los pequeños; y si no se me oyese desde los pequeños, nada me impedirá hablar familiar y amigablemente con esa buena gente, lo mismo que lo hago ahora, haciendo que se pusieran alrededor de mí como estáis ahora vosotros» (XI, 57).
c) El celo se muestra como un deseo de buscar trabajadores para la siega. El amor es contagioso. El fuego se extiende. Un amor que es un fuego buscará comunicarse a los otros. Buscará arrastrar a otros a la misma misión maravillosa que está realizando.
Una encuesta moderna (cf. Origins 13 n. 39 [March 8, 1984] 652ss) nota que el factor más significativo para apartar a la gente joven de entrar en la vida religiosa es la falta de valentía por parte de los mismos religiosos y de la familia. Es necesario señalar que hoy, en muchas partes del mundo, hay una crítica escasez de trabajadores para la siega. La Iglesia necesita ministros. El celo nos debería empujar a animar a otros a seguir al Señor en los diversos ministerios. Nos debería mover a hablar directamente y preguntarles si han considerado el sacerdocio o el ser hermano o hermana. Jesús no dudó en llamar a los apóstoles directamente. Ni deberíamos nosotros, especialmente en la época en que la propaganda moderna bombardea a la gente joven con otras llamadas numerosas y otros numerosos estímulos. Si realmente amamos lo que estamos haciendo, entonces el celo nos moverá a comprometer a los otros para que también ellos lo hagan.2
d) Los dos extremos que S. Vicente contrapone al celo tienen también formas modernas y puede ser conveniente decir una palabra acerca de esto.
Los existencialistas notan que el gran problema de los hombres y mujeres modernos es la falta de atención. Vivimos en un mundo invadido por el ruido. Tantos sonidos y estímulos irrumpen en nosotros que a veces es difícil distinguir los más importantes de los menos importantes. Como resultado, puede llegar a apagarse la sensibilidad de la gente. Pueden volverse ciegos para los deslumbrantes problemas que existen, especialmente la disparidad siempre creciente entre ricos y pobres y el desembolso continuo de los recursos humanos y financieros en la producción y venta de armas (cf. el artículo sobre «la mansedumbre»). «La falta de atención» puede ser la forma moderna de lo que S. Vicente describía como laxitud, falta de fervor y de sensibilidad, pereza.
El celo indiscreto se muestra también hoy en un trabajo excesivo y en lo que se llama con frecuencia «quemarse». Es tan importante hoy, como lo fue en los días de S. Vicente,3 que conozcamos nuestras limitaciones, que aceptemos nuestra condición de criaturas, que desarrollemos un estilo de vida equilibrado que incluye un descanso suficiente y recreo. También es importante que estemos en una condición física buena para que podamos tener la energía que caracteriza el celo.
- Centesimus Annus, 55: «Por esto es por lo que ella (la iglesia) se consagra siempre con nueva energía y métodos a le evangelización que promociona al ser humano completo». ▲
- Alguien podría objetar a esta sugerencia en este tema, que S. Vicente no buscaba vocaciones para la Congregación. Pero además de los dramáticos cambios que han tenido lugar entre su tiempo y el nuestro (cf. los cambios de horizonte mencionados arriba), habría que considerar también el cambio que tuvo lugar en su propio pensamiento durante su vida. El confiesa al P. Esteban Blatiron en 1665, que ha tenido un cambio de sentimientos respecto a orar por las vocaciones para la Congregación (V, 439): «Doy gracias a Dios por los actos extraordinarios de devoción que piensan ustedes hacer para pedirle a Dios, por intercesión de san José, la propagación de la compañía. Ruego a su divina bondad que los acepte. Yo he estado más de veinte años sin atreverme a pedírselo a Dios, creyendo que, como la congregación era obra suya, había que dejar a su sola providencia el cuidado de su conservación y de su crecimiento; pero, a fuerza de pensar en la recomendación que se nos hace en el evangelio de pedirle que envíe operarios a su mies, me he convencido de la importancia y utilidad de estos actos de devoción». ▲
- Un jesuita, que trabajaba con los cohermanos, escribió a S. Vicente sobre la muerte de Germán de Montevi: «Sus hombres son muy dóciles y asequibles en todo, excepto cuando se les aconseja que se tomen un poco de descanso. Se imaginan que su cuerpo no es de carne, o que su vida no tiene que durar más que un año». (II, 24). ▲
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El P. Robert Maloney es Sacerdote de la Congregaci


