Tabla de contenidos de este artículo
- I. Introducción
- II. Entronque con las virtudes teologales
- III. En qué consiste la confianza
- IV. Objeto primario de la confianza
- V. Todo lo que existe y acontece se encuentra bajo los designios de Dios que son siempre de amor
- VI. Fundamento negativo de la confianza en Dios
- VII. Fundamento positivo de la confianza en Dios
- VIII. La actitud de confianza: características
- IX. La confianza de Jesucristo en el Padre
- BIBLIOGRAFÍA:
I. Introducción
La persona humana es un ser abierto radicalmente a la esperanza. Sin ella, la persona se deshumaniza; el hombre tiende a mirar siempre adelante, a nuevos horizontes; si vuelve su mirada hacia atrás definitivamente y allí la fija, se convierte en estatua de sal como la mujer de Lot. Esto es válido para toda la vida; en su dimensión cristiana, también. Al mirar hacia adelante, al hombre le acecha la angustia de verlo todo como un sinsentido; en el plano religioso, puede surgir el temor a un Dios exigente que escruta y mide al milímetro para castigar; le puede invadir la desesperanza, la decepción profunda, cuando se ha esforzado en conseguir algo en el piano humano o en el plano religioso y no lo ha alcanzado: lo he intentado, y no hay nada que esperar, no hay nada que hacer. Puede aflorar de desesperación o, sin llegar a tanto, quedarse en la apatía, en la resignación, en la mediocridad, en el cinismo, en el resentimiento, en el sentirse engañado, en el desahogo de críticas amargas, a veces contra sí mismo, pero más generalmente contra los demás, contra el grupo, contra las instituciones. De ahí, que el tema de la esperanza y de la confianza, que de ella dimana necesariamente, sea tan importante y ocupe en la reflexión filosófica y teológica actual un puesto de gran relevancia. Siempre lo tuvo entre los espirituales y santos que tanto hablaron de la esperanza, virtud teologal, y de la confianza que de ella nace como hermoso fruto. Así, San Vicente de Paúl.
II. Entronque con las virtudes teologales
La confianza, en cuanto virtud cristiana, hunde sus raíces en el humus teologal de la fe, la esperanza y la caridad. En la conferencia del 9 de junio de 1658, San Vicente dice a las Hijas de la Caridad: “Es preciso que sepáis que hay dos cosas distintas: la confianza y la esperanza. La esperanza produce la confianza; es una virtud teologal por la que esperamos que Dios nos dará las gracias que se necesitan para llegara la vida eterna. Y fijaos bien, esta virtud de la esperanza tiene que estar llena de fe, creyendo sin vacilar que Dios nos concederá la gracia de llegar al cielo» (IX, 149).
III. En qué consiste la confianza
San Vicente no da definiciones de escuela, pero ofrece una amplia gama fenomenológica sobre la confianza: “Tener confianza en la Providencia quiere decir que debemos esperar de Dios, que cuidará de todos cuantos le sirvan, lo mismo que un esposo cuida de su esposa y un padre de su hijo. Así es como se cuida Dios de nosotros y mucho más» (IX, 1050). Siempre y en todo lugar y circunstancia (IX, 1055ss).
Tener confianza en Dios es «dejarse llevar de la Providencia, aun cuando parezca que todo está a punto de perderse, convencidas de que entonces es cuando más motivos tenéis para esperar que Nuestro Señor está con vosotras y que dirigirá todas vuestras cosas para vuestro bien» (IX, 1056). Es dejar «todo en las manos de Dios» (V11, 210), «con la esperanza de que Dios nunca nos abandonará» (IX, 1057). Es «entregar todo al querer o no querer de Nuestro Señor» (1, 107), «dejándose guiar por su Providencia» (1, 131; 11, 114. 176. 381. 383), «dejándole obrara él (1, 133), y yendo a él por amor, porque él es amor» (1, 149). Es «confiar solamente en Dios y depender, como un pobre de verdad, de la liberalidad de un Dios tan rico» (VlI, 141).
IV. Objeto primario de la confianza
Es la salvación. Dios es el que salva. «La esperanza produce la confianza; es una virtud teologal por la que esperamos que Dios nos dará las gracias necesarias para llegar a la vida eterna… Si no nos mantenemos fuertemente en la esperanza y no creemos que Dios piensa en nuestra salvación, caemos en una desconfianza que le desagrada» (1X, 1050).
Exhortando a un Hermano moribundo, San Vicente le dice: «Qué consuelo ha de sentir por haber sido elegido para ir de misión, pero a esa misión eterna en donde todos los ejercicios consisten en amar a Dios. Sin duda, tiene usted que esperarlo de su bondad, y con esta confianza decirle humildemente: “¡Señor mío!, ¿de dónde a mi tanta dicha? No soy yo el que la ha merecido. Por tanto, sólo lo espero de tu bondad”… Esa
confianza es la que él espera de usted» (XI, 63s).
Al P. J. Dehorgny, un tanto atraído por las ideas jansenistas, le escribe: «Me parece que es de gran importancia que todos los cristianos sepan que Dios es tan bueno que todos los cristianos pueden, con la gracia de Jesucristo, realizar su salvación, que él les da los medios para ello por Jesucristo y que esto manifiesta y ensalza mucho la infinita bondad de Dios» (III, 301).
V. Todo lo que existe y acontece se encuentra bajo los designios de Dios que son siempre de amor
«La Providencia divina se cuida de nosotros y de todo lo que nos concierne» (1X, 1050). De todo: sean asuntos del espíritu o temporales; derechos u obligaciones; acontecimientos agradables o desagradables; pérdidas o ganancias; éxitos o fracasos, aun en el apostolado; salud o enfermedad; vida o muerte. San Vicente irá aplicando esa profunda convicción suya a un sin fin de circunstancias: «Dios las mantendrá siempre bajo su protección, les asistirá en todo cuanto necesiten, tanto para el cuerpo, como para el alma» (IX, 1049). «Vosotras no tenéis nada, a no ser vuestros pobres y la Providencia de Dios, que es mucho, y en esto es en lo que tenéis que poner toda vuestra confianza» (X, 819). «El verdadero misionero no tiene que preocuparse de los bienes de este mundo, sino poner toda su confianza en la providencia del Señor, seguro de que, mientras permanezca en la caridad y se apoye en esta confianza, estará siempre bajo la protección de Dios; por consiguiente, no le sucederá nada malo ni le faltará bien alguno, aunque piense que, según lo que aparece, todo está a punto de fracasar. No digo esto como ocurrencia mía; es la misma Escritura la que lo enseña, cuando dice: Qui habitat in adjutorio Altissimi, in protectione coeli commorabitur; el que se coloca bajo la bandera de la confianza en Dios, se verá siempre favorecido con una especial protección de su parte. En esta situación, hay que tener como cierto que no le pasará nada malo, ya que todo coopera para su bien, y no le faltará nada, puesto que Dios mismo se le da, trayendo consigo todos los bienes necesarios tanto para el cuerpo como para el alma» (XI, 732). «Sinos asentamos firmemente en la búsqueda de la gloria de Dios, podemos estar seguros de que lo demás vendrá después. Nuestro Señor nos ha prometido que atenderá a todas nuestras necesidades» (X1, 430). “¡Qué confianza hemos de tener nosotros de que en cualquier situación donde nos ponga Dios, mirará también por lo que necesitamos! Pidámosle a su divina bondad una gran confianza en todas las ocasiones que se nos presenten; si somos fieles a él, nada nos faltará; vivirá él mismo en nosotros, nos guiará, nos defenderá y nos amará» (XI, 438; 1, 378; 11, 162. 176; III, 139. 372. 424. 429. 441; IV, 309; V, 27. 309; V11, 166; IX, 98. 380. 611; X1, 436-438).
VI. Fundamento negativo de la confianza en Dios
La verdadera confianza se apoya en Dios, no en nosotros mismos, ni en nuestras fuerzas, e ilusiones. Sólo después de haber demolido las ilusiones y la confianza en las propias fuerzas es posible hablar de confianza en Dios. Cuando las seguridades del hombre se han hundido todas, entonces precisamente, surge inquebrantable la fidelidad de Dios, y el alma purificada de ilusiones, nostalgias y falsas esperanzas es terreno abonado para que germine la confianza en Dios. Así, vivió y así enseñó san Vicente la confianza en Dios. Dice a Santa Luisa: «Póngase en la santa dilección que produce la confianza en Dios y la desconfianza de sí mismo» (I, 205). «Esto no me desanima, ya que pongo mi confianza en Dios, y no en mi preparación, ni en mis esfuerzos… El trono de la bondad y de las misericordias de Dios está en nuestras miserias. Confiemos, pues, en su bondad y jamás nos veremos confundidos» (11, 243). “Esta desconfianza en las propias fuerzas tiene que ser el fundamento de la confianza que hay que tener en Dios, sin la cual resultaríamos peores de lo que creemos ser; con ella, haremos mucho o, mejor dicho, Dios hará por sí mismo lo que pretende de nosotros. Por tanto, no se fije usted en lo que es, sino vea a Nuestro Señor a su lado y dentro de usted dispuesto a echar su mano en cuanto usted recurra a él». Así escribe al P. L. Rivet (III, 124). Al P. J. Martín, le dice: «Me habla usted de sus miserias, jan ¿quién está libre de ellas? Lo que hay que hacer es conocerlas y amar la humillación, sin pararse en ello más que para poner allí las bases de una firme confianza en Dios; entonces el edificio se levantará sobre la roca y permanecerá firme cuando venga la tempestad» (III, 184). Al P. S. Pesnelle: «Anonádese delante de Dios, reconociendo que no es usted más que un instrumento inútil y capaz de estropearlo todo. Pero tal como es, póngase en manos de la divina voluntad, lleno de confianza en que será Dios mismo el director de sus dirigidos, la fuerza de su cuerpo y de su espíritu y el alma de toda su comunidad» (VI1, 468). Otras recomendaciones: «Acuérdese de que los medios para cumplir útilmente con sus obligaciones son la desconfianza de sus propias fuerzas, junto con la confianza en Nuestro Señor» (III, 429). «Dios mismo será su apoyo y su virtud, tanto más perfectamente cuanto menos confíe y se refugie en nadie que no sea él» (IV, 271). «Tiene usted razón en juzgarse inútil para todo, pues precisamente es ése el fundamento sobre el que Nuestro Señor basará la ejecución de los designios que tiene sobre usted. Cuando haga usted esas reflexiones sobre el estado de su alma, tiene que elevar su espíritu a Dios en la consideración de su adorable bondad. Tiene usted muchos motivos para desconfiar de usted mismo, es verdad; pero tiene usted otros mucho mayores para confiar en él…; abandonándose entonces entre sus brazos paternales con la esperanza de que hará él mismo en usted lo que él desee» (V, 152). «Sabéis muy bien que no es de vosotras de donde os viene el coraje y la fuerza para emprender todo lo que hacéis por caridad… Las más miserables criaturas pueden hacer todo aquello en lo que Dios quiere que trabajen con tal de que tengan confianza en Nuestro Señor Jesucristo» (IX, 809). «Mirémonos como a personas que no sirven para nada, y entonces tendréis motivos para poner toda vuestra confianza en Dios» (IX, 1057).
VII. Fundamento positivo de la confianza en Dios
Así se lo dice San Vicente a las Hijas de la Caridad: «La razón que nos obliga a confiar en Dios es que sabemos que él es bueno, que nos ama con mucho cariño, que desea nuestra perfección y nuestra salvación, que piensa en nuestras almas y en nuestros cuerpos, que quiere concedernos todos los bienes necesarios para el uno y para la otra» (IX, 1050). Y nos ama, dice el santo:
- Como padre: «Nos ama más tiernamente que un padre a su hijo» (1X, 1051). “Como puede hacerlo el mejor padre con sus hijos» (III, 319; cf. también 1, 97. 152. 201; 11, 162; III, 319; V, 152. 309; IX, 1050; XI, 272).
- Como padre y madre: «Él les hará de padre y madre» (VIII, 243s. 263. 269).
- Como «un esposo que cuida de su esposa» (IX, 1050).
- Como a la pupila de los ojos “Con la confianza de que Aquel que lo ha escogido para la asistencia de los pobres en esos barrios, lo conservará como a las pupilas de sus ojos» (1, 378).
Este Dios que así nos ama «desea que confiemos en él» (XI, 443), y «la desconfianza le desagrada» (IX, 1050).
VIII. La actitud de confianza: características
San Vicente, a lo largo de sus cartas y conferencias, expone una rica gama de notas que deben caracterizar nuestra confianza en Dios:
- «No tener otro fundamento más que Dios». Se lo dice a las Hijas de la Caridad, indi cándoles que “en esto consiste precisamente su perfección» (IX, 1063). «Hay que apoyarse sólo en Dios» (VI11, 295. 274). «No querer tener más que a Dios» (XI, 676).
- Docilidad: Sabemos que Dios nos ama; que sus designios son de paz y amor. Por eso, «la verdadera sabiduría consiste en seguir a la Providencia paso a paso» (11, 398); es bueno dejarse guiar por la Providencia (11, 114. 176. 381. 383; III, 499; (X, 1050); y «no hay que seguir nuestra propia iniciativa apartándonos de los brazos de la Providencia» (IX, 1051).
- Aceptación – Indiferencia – Disponibilidad: “La santa indiferencia en todas las cosas es el estado de los perfectos… Le ruego que pida para nosotros la gracia de abandonarnos por completo a sus divinos designios. Hemos de servirle según su gusto y renunciar a los nuestros, tanto en lo que se refiere a los lugares como a los cargos» (V, 563). En varios pasajes de la preciosa conferencia del 9 de junio de 1658, San Vicente habla a las Hijas de la Caridad, de la indiferencia como cualidad de la confianza en Dios. He aquí dos citas: Dejemos hacer a Dios «si él quiere conducirnos por los caminos duros, como son los de la cruz, las enfermedades, la tristeza, los abandonos interiores; dejémosle hacer y pongámonos con indiferencia en manos de su Providencia» (IX, 1050s). «A donde vayáis, siempre os encontraréis con Dios» (1X, 1062s).
- Audacia y riesgo (parresía): La confianza en Dios, en sus promesas, en su amor, nos llena de audacia en su servicio, en las tareas apostólicas por su Reino; hace que nos arriesguemos. Dice San Vicente: «La confianza os es absolutamente necesaria para ir a todos los sitios a donde la Providencia os llame, como también la necesitan nuestros Padres, muchos de los cuales están dispuestos a ir, unos a cien leguas, otros a mil, a fin de acudir al lado de los pobres miserables. ¿Quién es el que los mueve a ello? El amor de Dios y nada más; la confianza en su Providencia» (1X, 1054). “Cuantos más obstáculos encuentren los asuntos de Dios, mejor resultarán, con tal de que no fallen nuestra resignación y nuestra confianza» (IV, 345). “Nuestro Señor tiene suficiente fuerza para usted y para él, con tal de que usted confíe en su ayuda» (VI, 108; V, 415). Consiguientemente, no hay que «angustiarse»; a nada hay que «tener miedo»; más aún, el angustiarse y tener miedo desagrada a Dios (1, 152; III, 148. 319; IX, 1053).
- La firmeza: San Vicente aplicará a la confianza el calificativo de firme, inquebrantable, y ello en toda situación externa o interna, aun en las más penosas y contrarias a la obra de Dios; debe ser una confianza que nunca vacile, que nunca ceda (1, 378; III, 139. 148; V, 309; XI, 438). Ni siquiera en las circunstancias más negativas, desesperadas y de pecado. Dios es fiel en su amor a todos y siempre: «Sí, hermanos míos, cuando Dios acoge una vez a un alma en su amor, la sufre haga lo que haga. ¿No habéis visto alguna vez a un padre, que tiene un hijo pequeño al que ama mucho? Le deja hacer a ese niño todo lo que quiere, y hasta llega a decirle: “Muérdeme, hijo mío”. ¿De qué proviene todo esto? De que ama a ese niño. Pues de la misma manera se porta Dios con nosotros» (XI, 272).
- El abandono en las manos de Dios: Los textos en los que San Vicente, partiendo de la confianza, habla de la actitud de abandonarse en Dios son numerosos, con expresiones como «abandonémonos en manos de la adorable Providencia de Dios y estaremos protegidos contra toda clase de inconvenientes» (1, 378; 11, 395; IV, 370, 365); «abandonándose en los brazos paternales de Dios, con la esperanza de que hará él misma en usted lo que él mismo desee, bendiciendo todo lo que usted haga por él» (V, 152. 563; VIII, 221; IX, 611. 1049s). Más aún, para San Vicente, el gran secreto de la vida espiritual está en abandonarse en la manos de Dios. Escribe a Sor Maturina Guerin el 3 de marzo de 1660: «El gran secreto de la vida espiritual es poner en manos de Dios todo lo que amamos, abandonándonos a nosotros mismos para todo lo que él quiera, con una perfecta confianza en que todo irá mejor; por eso, se dice que todo se transforma en bien para los que sirven a Dios. Sirvámosle, pues, pero sirvámosle según su gusto y dejémosle hacer. El les hará de padre y de madre; será su consuelo y su virtud» (VI II, 243s). Para San Vicente, el abandono total en Dios quiere decir dejar a Dios que tome posesión plena de nosotros mismos y nos haga sus instrumentos, resultando así que lo que hacernos es obra de Dios, pues lo hacemos mediante la fuerza, los dones y amor que él nos da. No se trataría de un abandonarse en las manos de Dios sólo de palabra, sino de un abandonarse real y total, que implique todo nuestro ser, a saber: nuestro sentir, pensar, hablar, obrar, «dejándole hacer a él» en todo. Esto supone una disposición constante del corazón que se conserva vacío de lo que no es Dios, receptivo y sediento de Dios.
- El compromiso con Dios en su obra: Abandonarse en Dios no significa quedarse con los brazos cruzados. Nada más lejos de la espiritualidad de San Vicente. Hay que hacer el negocio de Dios que son los pobres «con fidelidad y esmero» (II1, 183s); sirviéndonos de los medios que él nos da (IX, 1049). Al P. J. Gicquel, le dice: «Me parece muy bien que tenga esa confianza; pero tampoco hay que tentar a Dios» (IV, 309). «La Iglesia -dice el santo- es una gran mies que requiere obreros, pero obreros que trabajen» (XI, 734).
- Desearla y pedirla: Así se expresa San Vicente: «Nos quedaremos en la confianza en Dios. Para ello, habéis de tener un gran deseo de abandonaros en su Providencia» (1X, 1062). “Una de las cosas más importantes y que más tenéis que pedir a Dios es esta confianza» (IX, 1052. 1061; V, 152).
IX. La confianza de Jesucristo en el Padre
San Vicente había descubierto, a través de la meditación del Evangelio y, sobre todo, penetrando en el alma de Cristo, que éste había vivido su misión de evangelizador de los pobres como Hijo del Padre y que ésta fue su actitud fundamental. La conciencia que tuvo Jesús de ser Hijo de Dios fue una convicción existencial, no una creencia meramente intelectual. Ese sentido de filiación implicaba para él: la convicción existencial de que el Padre cuidaba de él con amor paternal; y la convicción existencial de que él tenía un deber filial para con el Padre de agradarle en todo. De esta relación de filiación, nacía en Jesús para con el Padre una intimidad, confianza y abandono absolutos (J. D. G. Dunn, Jesús y el Espíritu, Salamanca 1981, 33-80). “¡Qué gran abandono! ¡Qué gran conflanzal,” tuvieron íos santos. «Pero el santo de los santos, ¿hasta dónde no llevó la práctica de esas cosas que acabo de deciros?… Hermoso ejemplo por el que Jesucristo nos obliga mansamente a entrar en sus inclinaciones, afectos, prácticas y consejos» (XI, 440). Y a las Hijas de la Caridad les dice: “El Hijo de Dios, que debe ser vuestro modelo, tuvo una confianza tan grande en su Padre eterno que emprendió la salvación de los hombres apoyado en este fundamento, ya que en cuanto hombre se reconocía incapaz de llevar a cabo esta obra» (1X, 1057).
BIBLIOGRAFÍA:
J. ALFAFIO, Esperanza cristiana y liberación del hombre, Herder, Barcelona 1973.- S. GALILEA, Espiritualidad de la esperanza, Public. Claretianas, Madrid 1987.- G. GENNARO, Confianza, en DE, Herder, Barcelona 1987.- B. HARING, Rebosad de esperanza, Sígueme, Salamanca 1973.- J. HERRERA, Teología de la acción y mística de la caridad, La Milagrosa, Madrid 1961.- P. LAIN ENTRALGO, Antropología de la esperanza, Guadarrama, Madrid 1978.- J. MOLTMANN, Teología de la esperanza, Sígueme, Salamanca 1977.
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