La Iglesia celebra en una de sus fiestas la memoria común de los “Cuatro santos coronados”. Que se nos permita asociar en un recuerdo común a los que llamaremos “los tres santos Misioneros” cuyas virtudes han marcado el comienzo de la misión de Troyes. Les aplicamos este título apoyándonos en el elogio que hizo de ellos san Vicente. Los reunimos no porque han partido al mismo tiempo a recibir de Dios su recompensa, sino porque se han santificado en el mismo lugar.
Veamos las informaciones demasiado breves pero muy edificantes que nos han quedado de cada uno de ellos:
El Sr. Pierre de Sodanes había nacido en Rochechouart, en Poitou, en 1624; fue recibido en la Congregación de la Misión, en París, el 3 de octubre de 1647. Podemos juzgar de sus méritos por estas líneas que san Vicente de Paúl escribía el 25 de septiembre de 1654, a un de sus Misioneros de Polonia, el Sr. Ozenne, superior de Varsovia:
“Ved, Señor, una noticia que estoy seguro que os afligirá; pero qué, hay que someterse a todas las órdenes de Dios; es que este Dios muy bueno ha dispuesto de nuestro hermano de Solanes hace algunos días, por lo que me ha escrito el Sr. Levazeux (superior del seminario de Troyes). Dios mío, Señor, qué pérdida para la Compañía, y en particular para la pequeña casa de Troyes; os aseguro que tengo miedo de que con este hombre, el buen Dios no haya retirado las bendiciones que derramaba sobre la Compañía, por él; me siento tan afligido que no puedo expresarlo. Me escriben que ha muerto con todas las señales de un santo. No os diré más por ahora, esperando enviaros las cosas más destacadas que se hayan recogido, a la espera que me las envíe de Troyes, según creo que lo haga”.
Desdichadamente, las memorias sobre un hombre virtuoso que, a juicio de otro santo, moría él mismo “con las señales de un santo”, no nos han llegado.
“Dios ha querido quitarnos al buen Sr. Senaux, escribía san Vicente, el 12 de abril de 1658, al Sr. Martin, superior en Turín. Era el alma de nuestra casa de Troyes, y un sacerdote de los más sabios y pacientes, dulces y celosos de la Compañía; siempre enfermo, pero siempre en vía hacia Dios”. El Sr. Nicolas Senaux había nacido en Auffay, en la diócesis de Rouen, el 9 de mayo de 1619, y había sido recibido en la Congregación de la Misión, en París, el 22 de junio de 1639. La vida fue para él un prolongado ejercicio de resignación a causa de las enfermedades que le probaron, y mereció que san Vicente le citara como un ejemplo de abandono en Dios, no mostrando ni inquietud de espíritu ni deseos de cambios de residencia. Su vida estuvo plena de trabajos y de buenos ejemplos: “Les diría, mis queridos Hermanos, -son las palabras de san Vicente en una conferencia- que el buen Sr. Senaux, aunque haya padecido desde que entró en la Compañía enfermedades casi continuas, sin embargo que yo sepa, nunca ha pedido por eso cambiar de aires; no, jamás tomó la pluma para escribir una sola palabra para pedir cambio de lugar, a Normandía o a otra parte. Y no obstante dentro de sus debilidades, no dejaba de trabajar, en cuanto podía, y degustar y observar las reglas; sí, las reglas; y se ha de confesar que nuestra pequeña casa de Troyes, donde residía, ha estado bien; por eso, después de su muerte, los que siguen allí aún lo han reconocido muy bien y me han escrito con dolor la pérdida que ha sido para ellos la de este servidor suyo, que me dicen que ha sido durante su vida un ejemplo de regularidad”. El Sr. Senau murió el mes de marzo de 1658.
El mes de julio siguiente, san Vicente anunciaba una nueva pérdida para la Congregación y para el seminario de Troyes. Era de del Sr. François Villain, sacerdote, nacido en París, el 10 de abril de 1605, y recibido en la Congregación de la Misión, el 24 de diciembre de 1649. Había aportado a su familia religiosa el auxilio de sus bienes temporales y el concurso más precioso de su entrega y de sus eminentes virtudes, celo, mortificación y ardiente piedad.
“El 19 de ese mes, escribía san Vicente al Superior de la misión de Marsella, el Sr. Villain se ha ido a Dios; era un sacerdote de la Compañía que dirigía el seminario de Troyes, y que le enseñaba con una asiduidad y un afecto incomparables. Su alma tenía un soberano imperio sobre su cuerpo que ella mortificaba en todos sus sentidos para someterle al servicio de su divina Majestad, por la que ha tenido tanta piedad que si se pudiera tener demasiada, la suya hubiera llegado al exceso. Tenía una gracia particular para hablar de Dios y de las cosas santas, y expresaba sus pensamientos con tanta claridad que no se le podía escuchar sin impresionarse.
Como los hombres de este temple son raros, hemos perdido mucho al perderlo. Era nuestro bienhechor, y por ello tenemos doble obligación de pedir a Dios por él; os ruego que vuestra familia le tribute al menos los deberes acostumbrados”.
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