1. Los teólogos definen el miedo como una perturbación del ánimo, causada por un mal fu­turo que afecta a la persona o a seres que le están ligados efectivamente. El temor, si bien tie­ne el mismo objeto, considerado en sentido es­tricto, afecta a la parte sensitiva de la persona. Sin embargo, dada la interdependencia de la parte sensitiva y de la espiritual, el temor y el miedo se hallan muy ligados, a tal punto que, por norma ge­neral, no suelen establecerse mayores diferencias en el lenguaje corriente. Según dicho lenguaje, se habla del temor y no del miedo de Dios, cuando debiera ser lo contrario, de atenernos a las defi­niciones.

Dios, por ser la bondad suma, no puede in­fundir miedo. Sin embargo, se puede tener mie­do de hacer algo que le desagrade; en este caso, se trata del llamado temor filial, que nos ale­ja del pecado. En cambio, el temor servil lleva a huir del pecado por el miedo de las penas con que Dios lo castiga. Según Lutero, el temor servil, le­jos de conducir a la conversión, aferra más al pecado. A pesar de la condena del Concilio de Trento (cf DS 746; 818; 915), los Jansenistas re­pitieron el error con algunas atenuantes (cf DS 1305; 1410-1412; 1525). Si por temor servil se en­tiende el denominado «servilmente servil», es decir, la huida material del pecado, sin excluir el deseo de pecar, de no existir el castigo, también los católicos están de acuerdo en rechazar esta clase de temor.

De todos modos, las afirmaciones de lutera­nos y jansenistas no se concilian con la doctrina bíblica. La historia de Israel, en efecto, puede re­sumirse en el siguiente proceso: pecado-castigo­arrepentimiento-perdón, que se repiten cíclica­mente. Las amenazas de castigos ocupan una parte considerable en la predicación de los Pro­fetas. Sin embargo, los mismos Profetas no de­jan de presentar a Dios como un esposo que, si bien engañado repetidamente, no deja de perse­guir amorosamente a su pueblo (cf. Jr 3, 6-13; Ez 16, 59-63; Os 2, 4-25; etc.). Malaquías condensa el doble enfoque profético: «Si yo soy padre, ¿dón­de está mi honra? Y si señor, ¿dónde mi temor? (MII, 6). Si bien el NT destaca la figura de Dios-Padre, da cabida asimismo a las predicaciones que infunden miedo, comenzando por las del Bau­tista (cf Mt 3, 7-12). El mismo Jesús, en repeti­das ocasiones, recuerda la existencia del juicio y del infierno (cf. Escatología), para llamar a la con­versión (cf Mt 5, 20-30; 10, 2833; II, 21-24; 13, 41-43; 25, 31-46; Lc 12, 4-5; 16, 22-28; etc.).

El temor, como don del Espíritu Santo, es una cualidad habitual del alma, radicada en la volun­tad. Tanto el miedo como el temor impulsan a huir de lo que se considera como un mal. Este pue­de ser físico o moral. El pecado es el peor de los males morales, que infunde miedo, por lo que es o por sus consecuencias.

2. S. Vicente, dotado de gran sensibilidad, estuvo sujeto al miedo. De seguro, que lo sintió cuando unos jóvenes príncipes le jugaron una broma de mal gusto, persiguiéndolo a tiros. Se sal­vó gracias a la velocidad de su caballo blanco (cf Coste, El gran Santo del gran siglo, CEME, Sala­manca 1990-1992, II I, 66s) . En otras ocasiones, el miedo surgió a causa de los caballos: uno de ellos le propinó una coz, a la que el santo dio po­ca importancia, al menos cuando escribía (cf 1, 173). Él mismo define como muy peligrosa una caída en la que acabó debajo del caballo (cf 1, 251). Pu­do ser más grave otra caída, también debajo del caballo, pero, esta vez, en el río Loira (cf III, 386, n. 3; Coste, o. c., II, 406). Según Abelly, S. Vicente se creyó en peligro de muerte cuando, al volcar su carroza, se golpeó violentamente la cabeza contra el suelo (VII, 51; X 854; cf Abelly, La vio. . 1, 246). Todos estos accidentes pusieron en pe­ligro la vida de S. Vicente. Era lógico que el miedo aflorara como reacción instintiva; sin em­bargo, como puede verse en alguna de las citas anteriores, cuando la razón se adueñaba de las si­tuaciones, veía los peligros con gran serenidad. Esa serenidad se manifiesta en las cartas de des­pedida al P. de Gondi y al card. de Retz, cuando se creía cercano a la muerte (cf VI1, 373-374). Era lógico: hacía más de 20 años que venía pensan­do en la muerte con naturalidad (cf Abelly, La vie… 1, 251-252). Eso también explica que, pocos días antes de su fallecimiento, cuando el sueño lo vencía, observara tranquilamente: «Se trata del hermano que llega, mientras aguarda a la her­mana» (Abelly, o. c., 1, 256).

S. Vicente manifiesta otros miedos, empa­rentados con la inseguridad, por ej., cuando teme haberse cuidado demasiado a causa de un res­friado (cf II, 318), o cuando ignora si la presencia de una amiga de Sta. Luisa habrá impedido a és­ta realizar el retiro proyectado (cf 1, 234); teme asi­mismo que el trabajo excesivo de los misioneros los haya podido enfermar (cf 1, 448; II, 488-489), o que, después de ciertos éxitos apostólicos, el de­monio los hubiera podido tentar de vana com­placencia (cf 1, 235-236)

El santo se refiere a otro miedo contra el que se despacha violentamente: es el de esos espí­ritus comodones, mal nacidos, esqueletos de misioneros, libertinos, encerrados dentro de su pe­queño círculo, que tienen miedo de realizar las ac­tividades encomendadas por la Providencia a la Compañía (cf XI, 395-397).

3. La predicación misionera se propone con­ducir a la conversión que, ante todo, implica el alejamiento del pecado. Cabe preguntarse en qué medida el temario daba cabida a temas que provocaran miedo al pecado o a sus consecuen­cias. Antes de abordar el tema, conviene señalar que S. Vicente, en sus dos largas cartas al P. De­horgny (cf III, 296-304; 334-342), no ataca direc­tamente la doctrina rigorista de los jansenistas sobre la contrición. Podría creerse que alude a la misma cuando refuta la imposición de la peni­tencia pública y prolongada antes de la absolución sacramental, o cuando niega que, para comulgar dignamente, los fieles deben poseer «un amor di­vino muy puro y sin ninguna mezcla, que deben estar perfectamente unidos a Dios solo» (III, 339).

S. Vicente, al referirse a sus primeras misio­nes, afirma que «en todas partes no tenía más que un sermón, al que daba vueltas de mil ma­neras: era sobre el temor de Dios» (XI, 327). La experiencia condujo a una paulatina organización lógica del temario de las misiones. Los catecis­mos exponían llanamente la doctrina, en tanto que los sermones procuraban más bien conmo­ver y convencer. S. Vicente daba una importan­cia relativa al hecho de «mover a todo un pueblo a la compunción» (XI, 385), pero igualmente daba cabida a temas que podían conmover. En efec­to, entre los sujetos ordinarios de los sermones se hallaban «los novísimos, la gravedad del pecado, el rigor de la justicia divina respecto a los pecadores, el endurecimiento del corazón, la im­penitencia final» etc. (Abelly, o. c., II 12; cf Cos­te, o. c. III, 23) . No poseemos sermones de S. Vi­cente sobre esos temas. Algunos de ellos podían engendrar temor filial; otros, en cambio, no pa­saban de infundir temor servil. Seguramente S. Vicente, en las misiones, excitó este último temor para alejar a los campesinos del pecado, tanto más que recomienda dicho temor a los misione­ros, cuando cita a un religioso que fustigaba a los «que no pensaban en los castigos de Dios y en los que no cabía el temor… ni se preocupaban de los fines últimos». Poco antes, el santo había dicho: “Padres, no nos engañemos: tenemos que ser castigados; ¡temamos!» (XI, 434). Parecería que el temor que constituye las «rejas» de las Her­manas es el servil, lo mismo que el exigido a las «oficiales» (cf IX, 1179. 862). En cambio, cuando se refiere a la bondad y beneficios de Dios, tie­ne en vista el temor filial, que aleja de todo lo que puede disgustar al Señor (cf IX, 157). Las per­sonas, como Sta. Luisa, que habían sido privile­giadas con gracias especiales, no pueden dar ca­bida a «ese temor que, a veces, me parece un poco servil» (1, 205). La santa indiferencia es un medio eficaz para ahuyentar cualquier tipo de mie­do (cf 1, 263), lo mismo que el ubicarse junto a la cruz del Salvador (cf 1, 206).

4. S. Vicente se refiere, tan sólo en forma cir­cunstancial y con serenidad, al tema de la muer­te. Recomendaba el pensamiento de la muerte, siempre que estuviera acompañado de confian­za en la bondad de Dios y no causara abatimien­to o inquietud; en este último caso, era mejor desviar el pensamiento (VIII 323-324; cf Abelly, o. c., 1, 253-254). En realidad, la experiencia había enseñado al santo que “todos los que aman a los pobres durante su vida, no tendrán miedo a la muerte», incluso quienes la temieron en vida (XI, 808). De seguro, impresionó mucho a S. Vi­cente la actitud ante la muerte de Sor Andrea, cu­yo único remordimiento era causado por «haber­me deleitado mucho en el servicio de los pobres» (IX, 612). Por otra parte, el P. J. de la Selle, que siempre había tenido miedo a la muerte, la vio lle­gar con agrado, porque dijo haber escuchado de­cir a S. Vicente “que Dios quita al final el temor de la muerte a los que lo tuvieron durante su vi­da y ejercitaron la caridad con los pobres» (1, 577).

5. En cambio, la idea del juicio le sugiere ex­presiones fuertes que provocan miedo. El episo­dio del derrumbe de una casa en la que se halla­ba una Hermana, le sugiere dos observaciones: era legítimo el miedo que tuvo la Hermana, pero debía proporcionar miedo mayor “el día del juicio, cuando veamos a una cantidad innumerable de almas precipitarse miserablemente en el infierno por toda la eternidad» (IX, 230-231). Si da miedo asistir al juicio de los otros, será mayor el que ex­ perimentará quien se dejó atrapar por el apego a las creaturas, al sentirse interpelado y condena­do por el soberano Juez: «¡Vete; no te conozco!» (1X, 784). Incluso, los buenos misioneros deben te­ner miedo, porque «los juicios de Dios son más rigurosos de lo que se cree y hasta la justicia del justo se ve sujeta a examen» (V, 442); con mayor razón, los que flaquearon en su vocación: «¿Qué dirá Ud. aquel gran día, cuando le pidan cuenta de sus promesas, de las luces que ha recibido y del empleo de su tiempo y de sus talentos?» (III, III).

La justicia de Dios ya se manifiesta en vida, o con carácter medicinal, para expiar algún pecado del que no se tiene conocimiento (cf III, 23), o pa­ra excitar el arrepentimiento y la conversión (cf VI, 79); pero también para expresar la ira de Dios por los pecados de la cristiandad, como la pro­longada peste que asoló a Génova y Roma (cf VI, 143). S. Vicente no trata «ex professo» del in­fierno. Algunas veces, se refiere al mismo como punto de comparación con ese otro infierno en la tierra que producen en la comunidad la desunión, la discordia, la falta de cordialidad, el odio (cf IX, 107. 151. 156). El miedo al infierno infunde ho­rror al pecado, que merece las penas eternas (cf IX, 61-62). El infierno es un lugar donde reinan «un desorden y un horror sempiternos» (IX, 45); donde los condenados «se desgarran continua­mente del odio y de la rabia que se tienen entre sí…; viven en un odio irreconciliable, en perpe­tua discordia, sin tener jamás un solo momento de entendimiento» (IX, 254). El miedo al infierno puede ser asimismo una fuerza que facilite la aceptación de las tribulaciones presentes, a fin de evitar las eternas (cf IX, 77-78). También, el mi­sionero debe tener miedo de condenarse, por­que es muy grande el número de los que optan por la puerta ancha (cf XI, 424-426) y reducido el número de los religiosos que se salvan (cf XI, 314). Al explicar la parábola de las diez vírgenes, se atiene a los números: solamente, la mitad se salvará. Las Hermanas presentes habrán tenido miedo de pertenecer a la fatídica mitad de las condenadas (cf IX, 1139-1145).

S. Vicente cree firmemente en la existencia del diablo y en su maléfica acción. Se le debe te­ner miedo porque “todo mal procede del diablo y de nuestra naturaleza corrompida» (XI, 595); más del diablo que de la naturaleza, a pesar de su lla­mada de atención contra una excesiva credulidad ante fenómenos extraños; éstos muy bien po­drían ser efecto de fenómenos naturales, de al­guna broma o de actividades ilegales (cf VI, 83). Asimismo, se requiere discernimiento para no confundir con tentación diabólica, una prueba que Dios envía para nuestro bien (cf IV, 36). A pesar de ello, el demonio actúa: tienta a todos, todos los días y durante toda la vida (cf III, 583; IX, 322). Es propio del diablo inquietar a las almas (cf VIII, 180); lo hace de mil modos, a veces, transfi­gurándose en ángel de luz, incitando a trabajar más de lo aconsejable, en desmedro de la salud (cf 1, 158; VII1, 86; X1, 135), o con el espejismo de una mayor perfección, que lleva al abandono de la vo­cación (cf III, 151). La metáfora de S. Pedro (cf IP 5, 9) excita la fantasía de S. Vicente, que se ima­gina al diablo como que «ronda todas las maña­nas ese león alrededor de la cama» del misione­ro, para impedirle levantarse a la hora señalada (III, 493). Ese mismo «león rugiente (está) siem­pre dando vueltas a nuestro alrededor» para apar­tarnos de la vocación (VII, 166; cf VI1, 272. 293). El demonio tiene otros muchos recursos, por lo que se le debe temer.

6. La propagación del Protestantismo, la apa­rición de nuevas herejías, la incredulidad prácti­ca, el decaimiento de la moral hicieron pensar a S. Vicente que Dios podría transferir su Iglesia, de Europa a los países infieles, «que quizás se muestren más inocentes en sus costumbres que la mayoría de los cristianos» (cf III, 37. 143. 165: V, 398; XI, 205-206. 243-246). El miedo de S. Vicen­te no fue pasajero: ya en 1647, aseguraba que ese sentimiento permanecía en él desde hacía mucho tiempo (cf III, 143); en 1656, sigue expresando ese temor. Además del miedo personal que el san­to experimentaba ante la perspectiva de la des­trucción de la Iglesia en Europa, él mismo infun­día temor, presentando la ira de Dios en acción, a través de los diversos males que asolaban a la cristiandad. Como instrumento de esa ira, mere­ce una mención especial el rey de Suecia, al que compara con los reyes bíblicos del norte, que eran movidos por Dios para castigar a su pueblo (cf XI, 205). Por medio de estos castigos, Dios lla­ma a la conversión: ayunos, mortificaciones, ora­ciones. Además, los misioneros estarán agrade­cidos «por ser del número de los que Dios desea servirse para trasladar sus bendiciones y su Igle­sia» (XI, 245).

7. S. Vicente habla del juicio final, que tendrá lugar al final de los tiempos. Cabe preguntarse si creyó en la inminencia de dicho juicio. Conocía el pensamiento de S. Vicente Ferrer, que habla del fin del mundo como de un futuro relativamente cercano, antes del cual Dios suscitaría «obreros apostólicos para elevar el estado eclesiástico y dis­poner a los hombres para el juicio final» (XI, 703). Por su parte, S . Vicente asegura que Dios, «cuan­do llegó la plenitud de los tiempos, nos llamó pa­ra que contribuyéramos a formar buenos sacer­dotes» (XI, 390). La expresión «plenitud de los tiempos», tomada de Gal 4, 4, puede referirse a la llegada de los tiempos escatológicos o de los tiempos mesiánicos. Seguramente, S. Vicente quería expresar esta última idea. En todo caso, ca­lifica de locura pretender identificar a la Compa­ñía con el grupo de hombres apostólicos, profe­tizado por S. Vicente Ferrer, y «que aparecería en los últimos tiempos» (XI, 39). En otra oportu­nidad, se planteó la duda de si los misioneros se­rían o no esos sacerdotes de los últimos tiempos (cf XI, 763). Es casi seguro que se inclinó por la negativa, porque deja entender que la Compañía podrá durar al menos unos doscientos años más (cf XI, 322).

8. A los males que combatió S. Vicente, nues­tro siglo añade otros muchos. Quizás, el más gra­ve sea el que señala Pío XII: el mundo de hoy ha perdido el sentido del pecado. Y algo también muy serio: la pasión de Cristo, precio que se pa­gó por el pecado (cf ICor 6, 20; 7, 23), impresiona muy poco a la mayoría de los cristianos, lo que sugeriría tratar con mayor incisividad ciertas ver­dades que infunden santo temor.

Las Constituciones piden que las misiones se adapten a las circunstancias de tiempo y lugar (cf C 14), lo cual no significa minimizar la importan­cia de verdades, como los novísimos, que perte­necen al depósito de la Fe. Es cierto que el Vati­cano II evita la palabra infierno, pero también recuerda que Cristo dejó «a Dios el castigo para el día del juicio» (DH 11). Por otra parte, los cris­tianos tienen encomendada una tarea “de la cual deberán responder ante Aquél que juzgará a to­dos en el último día» (GS 93). El misionero pecaría por omisión si no respondiera con claridad a pre­guntas que el hombre de hoy se plantea con an­gustia: «¿Qué es la muerte, el juicio, y cuál la retribución después de la muerte?» (NAe 1).

Bibliografía

Santo Tomás, Summa Thelogica, 1-1Iae qq. 41-44 11-11ae q. 19 – Jean Seguy, Monsieur Vincent, la Congrégation de la Mission et les dérniers temes, en Vincent de Paul, Actes du Colloque International d’Etudes Vincentiennes, Edizio­ni Vincenziane, Roma 1983.- M. Zalba S. I., Theologiae Moralis Compendium, v. l, B. A. C., Madrid 1958.


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