1. Síntesis histórica

El vocablo niño en este artículo va a tener un significado especial: lo vamos a limitar al con­cepto «niño con carencias socio-familiares», vin­culándolo al contexto histórico vicenciano de asis­tencia, promoción, servicio social integral.

En Francia, los niños abandonados, nacidos en la miseria y en la vergüenza, constituían un mal desbordante a principios del s. XVII. Existía un prejuicio social contra estos infelices, califi­cados de «bastardos», «desecho oneroso». So pretexto de que su número aumentaba dema­siado aprisa, estaban excluidos de la asistencia que en los hospitales se daba a los recién naci­dos legítimos; existía además el temor de que, al adoptarlos, se fomentaba el abandono de los mismos.

Durante los s. XVI y XVII el cabildo de Nótre Dame se había propuesto resolver este proble­ma. Mediante patentes expedidas por Carlos VII en 1445, se fundaba la Cofradía del Espíritu San­to. El 11 de agosto de 1552 el Parlamento de Pa­rís decretaba que los señores de la alta justicia de la capital tenían que contribuir a la alimenta­ción y educación de los expósitos. Diez y ocho años después, el Parlamento disponía que este mismo colectivo, junto con los señores ecle­siásticos, se reunieran para decretar normas y reglamentos convenientes con miras a la admi­nistración de sus bienes (L. Lallemand, Un cha­pitre de l’histoire des Enfants Trouvés: La Mai­son de la Couche á Paris, Champion, Paris 1885, p. 8). Las guerras de religión dieron al traste con estas iniciativas.

A principios del s. XVII su estado era lamen­table. En París se exponían «tantos, por lo menos, como días tiene el año», según frase de san Vi­cente. Existía una institución llamada La Couche, destinada a recibirlos. Situada cerca de la iglesia de Nótre Dame de París en el puente de San Le­andro, al otro lado del palacio episcopal, en la par­te inferior de una callejuela que bajaba al río. Así la describía un decreto de 1577.

Por la escasez de recursos y la falta de es­crúpulos de las dos sirvientas que los cuidaban, muchos niños morían. Vicente de Paúl lo descri­bía con negros trazos: «Estas pobres criaturas están mal asistidas; una nodriza se encarga de ellos; los vende a unos mendigos que les rompen brazos y piernas para mover a la gente a compa­sión y les den limosnas, dejándolos morir de hambre. Otros son solicitados por mujeres de mala vida, con parecidos o peores fines. Otros, empleados como sacaleche…; para colmo de ma­les, ni se les bautiza» (X, 918). Refiriéndose a es­tos niños, Vicente afirmaba en 1649 que ni uno solo de ellos se encontraba con vida desde hacía cincuenta años.

2. Respuesta vicenciana

El primer biógrafo de Luisa de Marillac afirma que fue ella quien informó al señor Vicente del de­sorden que allí existía. Ambos constataron que, sin la colaboración de las Damas de la Caridad, sería imposible socorrerlos. Vicente de Paúl con­vocó a todas las Damas del Hospital y, elevándose por encima de los prejuicios y repugnancias so­ciales, logró que la asociación se hiciese cargo de ellos. Las señoras llevarían el sostenimiento y la administración general de la obra; las Hijas de la Caridad, la organización y el servicio.

Tras una experiencia con tres expósitos en casa de la Señorita Le Gras, se alquiló una vi­vienda cerca de la puerta de San Víctor, en la ca­lle Boulangers. Se escogieron por sorteo a doce expósitos de «La Couche», con la intención de au­mentar el número según recursos. Las Hijas de la Caridad se convertían en el mes de febrero de 1638 en las madres de los niños abandonados de París.

La obra iniciada no progresaba; la carga de la empresa parecía a veces superior a la fuerzas de las Damas; la renta era totalmente deficitaria; los niños sólo eran doce y la mortandad grande.

La fecha del 30 de marzo de 1640 es clave; la asamblea de las Damas determinó aceptar a to­dos los niños abandonados. La casa de la calle Boulangers resultaba pequeña para acoger tanto número, en aumento progresivo. Luisa alojó a una parte en la casa-madre de las Hijas de la Ca­ridad, en La Chapelle, cerca de París. Hizo traer a aquellos que la directora de «La Couche» había instalado en la ciudad. Desde allí pasaron a una nueva casa del barrio de San Lorenzo. Pero el es­pacio seguía siendo insuficiente. En 1645, Vicente de Paúl determinó, con el capital fundacional de la casa de los misioneros de Sedan, construir, junto a la vivienda de las Hermanas, trece casi­tas. Las Damas abonarían por ellas un alquiler de 1. 300 libras anuales (J. M’ Román, San Vicente de Paúl. Biografía, bac, Madrid 1981, p. 495s).

Con esto se solucionaba la instalación de los niños pequeños. Unos permanecían bajo el cuidado de las Hermanas; otros eran confiados a nodrizas externas. Para los destetados y los mayorcitos se habilitó el castillo real de Bicétre, al sur de París, cerca de Gentilly, que llevaba años abandonado (SLM, Correspondencia y escritos, CEME, Sala­manca 1985, c. 203). Muchos niños morían. En 1649 fueron trasladados provisionalmente a la ca­sa-madre de las Hijas de la Caridad; más tarde, a una casa de alquiler, cerca de San Lázaro.

Entre los muchos problemas de la obra, el más acuciante fue el económico. La renta inicial de 1. 200 libras se había elevado en 1644 a 40. 000. Gracias al tesón de las Damas y a la inquebran­table fidelidad de las hermanas que llevaron la carga más pesada, la empresa de los niños expósitos se salvó. En 1656 se lograba casi el equi­librio entre ingresos y gastos: 16. 248 libras con­tra 17. 233 (X, 951; cf. Coste, El gran santo del gran siglo, teme, Salamanca 1991, II, 288).

En 1670, por real decreto, la institución fue a formar parte del Hospital General de París; la dis­posición real unía la Inclusa al Hospital, aunque dejándole autonomía (Lallemand, o. c. 11). Con es­to, los poderes públicos se hacían cargo de ella, y lo que había sido una institución privada pasó a depender de los servicios del Estado.

3. Crianza y educación

Las hermanas son las responsables directas de la promoción de estos niños. Su objetivo era librarlos de la muerte, velar por su desarrollo fí­sico, darles una educación intelectual, moral, re­ligiosa, hacer de ellos ciudadanos útiles para sí mismos y para la sociedad.

Se trataba de un trabajo duro, arduo, delica­do; por ello, las hermanas debían estar suma­mente persuadidas de su alta misión. Estos niños «concebidos doblemente en pecado», abando­nados de los suyos, pertenecen a Dios, que es su padre y su madre; las hermanas ven y sirven en ellos a Dios mismo; ellas hacen de madre y virgen, de ángel custodio, escogiéndose para es­ta tarea a las mejores (IX, 133-145).

Capítulo puntal lo constituía la elección ade­cuada de las nodrizas. Se les exigía un certifica­do de moralidad, constancia médica de su edad, estado general y calidad de la leche; además te­nían que constatar si estaban casadas y número de hijos vivos. Se les entregaba una hoja impre­sa y las hermanas se quedaban con un duplica­do; era «la bula».

Según Margaret Flinton (Sta. Luisa de Mari­llac: el aspecto social de su obra, CEME, Sala­manca 1974, 109), la bula más antigua conservada se expresa en estos términos: «Hoy, treinta de marzo de 1640, hemos dado (el niño) José De­cheunim para ser amamantado a Margarita, mu­jer de Pedro Hallard, que vive en Folley, por otro nombre Gumet, por 100 sueldos al mes, adelan­tado el primer pago; los otros le serán pagados por M. mostrando la presente memoria, con un certificado del señor cura, que asesore el estado del niño; y en caso de que llegase a morir, será enterrado sin ninguna ceremonia, y dicha nodri­za estará obligada a presentar también un certifi­cado del día de su fallecimiento con la ropa del niño». Este niño abandonado había sido confiado a la mujer de Pedro por Luisa de Marillac.

Diariamente, de dos en dos y por turno, las damas visitaban a los niños de París; a los de fue­ra, sólo ocasionalmente. Las Hijas de la Caridad las fueron sustituyendo, primero para suplir las fal­tas, luego, de un modo más estable, surgiendo así lo que podríamos llamar la figura de «herma­na visitadora». Antes de la salida, las hermanas recibían una ralación de los niños encomendados a las nodrizas, con nombre, apellidos, sexo y edad. En esa misma hoja se había de anotar las obser­vaciones habidas acerca de la constitución física del niño y el ama, hábitos morales del pequeño y cuidados recibidos.

Las instrucciones dadas por los Fundadores a las Hijas de la Caridad destinadas a esta obra están contenidas en las Reglas particulares de las Hermanas encargadas de los niños expósi­tos. La edición oficial del documento se elaboró después de 1660. El trabajo consistió en reorde­nar el texto, dividiéndolo en dos partes. La primera comprende 35 artículos; se refiere a las herma­nas que están con estos niños. La segunda par­te se dirige a la superiora de estos estableci­mientos; abarca 20 artículos.

El primer reglamento de niños expósitos debió estar elaborado hacia 1640. El documento se fue perfilando hasta la muerte de los Fundadores a través de conferencias, cartas y experiencias vivi­das por las propias hermanas. No poseemos el texto original; en cambio contamos con las obser­vaciones autógrafas que Luisa de Marillac hizo al reglamento presentado por Vicente de Paúl. Se trata de 3 documentos. El primero se sitúa en 1640 (SLM, o. c. p. 723-24). El segundo, de mediados de 1643 (ib. 727), se debió redactar tras la conferen­cia que el sr. Vicente dio a las hermanas el 14 de junio del mismo año. El último, hacia 1656.

La más antigua copia testificada de estas Re­glas Particulares que poseemos se refiere a la Casa de los Niños Expósitos de París; está fe­chada el 15 de diciembre de 1708 y firmada por los Superiores Generales P. Wattel y sor Jouvin. Se encuentra depositada en el Archivo Nacional de París.

Las Reglas Particulares (Arch. de la Casa-ma­dre de las H, de la Caridad, París, copia del 15. XII. 170?, p. 272-327), están llenas de oportu­nos consejos en los que se trasparenta la aten­ción especial hacia esos niños. Todo está pre­visto, desde el menú que hay que servir a los más pequeños: «sopa cocida a fuego lento», has­ta la merienda de los pequeños de cinco años: «pan con alguna golosina cuando la hubiere».

La leyes sanitarias, por primitivas que fuesen, eran escrupolosamente respetadas. Se dan precauciones tales como no permitir levantarse totalmente desnudos, ni andar con los pies des­calzos, ni tener la cabeza descubierta, abste­niéndose incluso de colocarlos demasidado tiem­po junto al fuego, o durmiendo al sol en lugares malsanos. En caso de enfermedad contagiosa, los niños serían clasificados en tres categorías: sa­nos, sospechosos y enfermos.

Se había de evitar que, desde muy pequeños, contrajesen malas costumbres, como sería obstinarse, pelearse, mentir, divertirse o hacer otras tonterías semejantes. El estudio de cada uno en particular se haría mediante la observación aten­ta y continuada.

El trato habría de ser siempre dulce. Pero si fuere necesario castigarlos, se haría sin pasión, «tratando de corregirlos más con palabras que con palos,… o manifestándoles que se está en­fadada con ellos, no hablándoles, mostrándoles un rostro serio; otras veces, animándolos con pa­labras de compasión y cordialidad. Pero si esto no diere resultado, la hermana debería advertirlo a la superiora», que se encargaría del caso.

A los cinco años los niños aprendían a leer y escribir; se les instruía en las cosas más nece­sarias. A los doce se les colocaba de aprendices de un oficio para hacer de ellos buenos obreros. A las niñas sólo se les enseñaba a leer y coser; se las solía colocar en el servicio doméstico.

La preocupación por la infancia parece ser una de las grandes conquistas de nuestra época. En la raíz del cambio de sensibilidad que lo ha hecho posible, está la acción caritativa y social de Vi­cente de Paúl, a mediados del s. XVII, prolongada por sus hijos hasta hoy en casi todo el mundo.

4. Evolución histórica

Podemos afirmar que, en líneas generales, estas instituciones dedicadas a la protección de los niños con carencias familiares se mantuvie­ron con escasas variaciones hasta muy entrado el último cuarto del siglo xx, en que se integra­ron en la red de Servicios Sociales.

En nuestro país, el sistema de Servicios So­ciales tiene su antecedente en la Ley General de Beneficencia (1849), en la normativa de la Seguri­dad Social (1963), en la Asistencia Social (1969), en la Constitución Española (1978) y, sobre todo, en la Ley de Bases de Régimen Local (1985), don­de se establecía la obligatoriedad para los Ayun­tamientos de prestar Servicios Sociales, con lo que se derogaba jurídicamente la beneficencia pública.

La evolución del tratamiento a menores ha pasado de un modelo benéfico-asistencial que ofrecía como única solución el internamiento, la desvinculación de su ambiente-socio-familiar, a un tratamiento social que viene a responder a un derecho que tienen el niño y su familia, recono­cido constitucionalmente (arts. 25, 39, 58 y 148) a recibir unas prestaciones por parte de los Servi­cios Sociales que garanticen la igualdad y el bie­nestar del menor.

5. Exigencias actuales

El Señor concedió a los Fundadores el senti­do del pobre y de sus necesidades, don y caris­ ma que ha perpetuado en la Compañía de las Hi­jas de la Caridad a lo largo de toda su historia.

Sor Susana Guillemin, en su última circular a las hermanas, exponía cómo en los tiempos ac­tuales el apostolado exige un cambio de actitud, una renovación de las instituciones tradicionales y una apertura a obras nuevas. Hasta ahora –ex­plicaba– hemos trabajado para los demás, en ade­lante tendremos que trabajar con ellos, en cola­boración con los otros, a nivel de compañerismo e igualdad, renunciando a los hábitos de autori­tarismo y autosuficiencia. En este mundo domi­nado por la técnica, se nos exige la competencia como expresión de la justicia; esta preparación y habilidad profesional se traduce en lenguaje tes­timonial, teniendo muy claro que «ni la ciencia ni la técnica sustituirán jamás a la caridad, aunque sean su expresión». Concluía recordando cómo durante siglos la Iglesia ha tenido el monopolio de la caridad; ahora se ha impuesto la técnica, ejer­cida, no en nombre de Dios, sino del Estado, de la sociedad; esto, ciertamente, «no es deplorable, al contrario, supone un avance de la justicia, la au­rora del advenimiento de la Caridad» (Escritos y palabras, CEME, Salamanca 1988, 163-181).

6. Nuevas formas de servicio

Por la complejidad de la tarea, la misión de las Hijas de la Caridad en este campo específico, se realiza hoy formando parte, en muchas ocasiones, de equipos, integrándose en equipos interdisci­plinares, colaborando, desde el puesto en que la Providencia la haya colocado, como trabajadora so­cial, maestra, educadora, enfermera, puericulto­ra, monitora de tiempo libre, etc. Su punto de mi­ra no será sólo el niño; orientará su objetivo a los tres núcleos fundamentales, bases de su socia­lización: familia, escuela, barrio.

Desde su misión, las hermanas intentarán dar respuesta a las necesidades y exigencias del ni­ño y adolescente, a través de distintas presta­ciones, como:

1° Orientación e información sobre los re­cursos sociales disponibles, lo que supone dar a conocer, orientar y lograr que el ciudadano que lo requiera disfrute de los bienes y servicios a los que tiene derecho reconocido.

2° Servicios de Ayuda a Domicilio, mediante prestaciones en su propio ambiente familiar o bien de forma directa a éstos con las siguientes funciones:

  • Atención a las tareas domésticas más im­prescindibles: limpieza, compra, cocina, lavado de ropa, etc.
  • Atención personal al menos ante situa­ciones de dificultad transitoria de los padres.
  • Apoyo a la utilización de recursos sanita­rios, educativos, culturales, cuando la situación de la familia requiera ser reforzada en este sentido.
  • Apoyo psicofamiliar, procurando el sopor­te necesario para la convivencia del menor en el seno de su hogar.

3° Servicios de convivencia que podemos cla­sificar en la siguiente tipología:

  • Centros de día, como son las guarderías pa­ra niños hasta los 3 años o los Centros de hora­rio prolongado extra-escolar, para los niños de 3 a 12 años, o la Escuela pre-taller, para aquellos ni­ños que han sufrido un fracaso escolar, y que es­tán comprendidos en edades entre 12 y 16 años.
  • Centros residenciales, como hogares-cu­na, viviendas tuteladas, servicios de acogimien­to familiar o micro-residencias.

4° Servicios de inserción social, dirigidos a chavales con un grado especial de riesgo de mar­ginación: talleres ocupacionales y centros espe­cíficos de inserción de menores.

5° Servicios de Promoción y/o Cooperación social, los cuales realizan las siguientes funciones:

  • Promover grupos y asociaciones infanti­les y de adolescentes.
  • Apoyar las ya existentes.
  • Potenciar grupos de personas voluntarias que participen en programas y actividades dirigi­das a la infancia y a la adolescencia.
  • Incrementar mecanismos de divulgación social, respecto a las necesidades y problemáti­ca del menor.

Por lo tanto, frente a las carencias y limita­ciones que inciden negativamente sobre el me­nor, la respuesta se dirige a éste y a su familia, en la línea de promoción, prevención, reinserción, atención en el propio contexto, buscando como objetivo mejorar sus condiciones de vida.

Terminamos con unas palabras de sor Guille­min: «Lo que Dios espera de nosotros no es só­lo que socorramos al prójimo, sino que hagamos a Dios presente y operante en el esfuerzo hu­mano que llevamos a cabo en nombre de la Igle­sia. Tenemos que humanizar la técnica y hacer de ella vehículo de la ternura de Cristo»


Compártelo:

¿Te ha gustado este artículo? Díselo a tus amigos y conocidos:

  • Facebook
  • Twitter
  • MySpace
  • Google Bookmarks
  • del.icio.us
  • Technorati
  • Digg
  • LinkedIn
  • Reddit
  • StumbleUpon

Artículos relacionados:


asociacionismo

Espiritualidad vicenciana: Asociacionismo

Las Constituciones y la Bula fundacional de la Congregación de la Misión mencionan expre­samente a las Cofradías de la Caridad como aso­ciación a establecer en las parroquias evangeli­zadas por los misioneros. Posteriormente la C.M. aceptó ... Seguir leyendo


tolerancia

Espiritualidad vicenciana: Tolerancia

1. Un fruto sazonado de la caridad El término español «tolerancia» traduce el francés «support» frecuentemente empleado por el fundador de la Misión y de la Caridad para exhortar a sus hermanos a la caridad cordial ... Seguir leyendo


dementes

Espiritualidad vicenciana: Dementes

I. Los dementes en el siglo XVII en Francia Para comprender y valorar la evangelización vicenciana con los dementes, conviene recordar que hasta la última parte del siglo XVIII, con Pi­nel (1745-1826), no hubo en Francia ... Seguir leyendo


secularidad

Espiritualidad vicenciana: Secularidad

En tiempos de Vicente de Paúl, la palabra 'se­cularidad' no tenía todas las connotaciones que hoy presenta. El abanico temático que se ha cobijado bajo esta terminología ha logrado una amplitud y profundización impensables en ... Seguir leyendo


votos

Espiritualidad vicenciana: Votos

¿Cuál es la especificidad de los votos en la perspectiva vicenciana? En el fondo, hay grandes semejanzas entre los votos de los Sacerdotes de la Misión y los de las Hijas de la Caridad. Su ... Seguir leyendo