Han quedado ya expuestas las principales fuentes de la espiritualidad vicenciana. Es la espiritualidad del Oratorio la más influyente, y es lógico dadas las relaciones entre Vicente y los más eminentes miembros de aquél. Vicente, dirigido por Bérulle en sus años de búsqueda; unido en amistad con Condren y Bourgoing, sucesivos superiores del Oratorio. Con A. Bourdoise, sometido a la influencia del Oratorio, colaborará Vicente en la obra de los seminarios: de él dirá Vicente: «es el primero en establecer un seminario para aprender todas las rúbricas»,1 y a su muerte pronunciará la oración fúnebre.2 Este intercambio entre Vicente y los suyos con los padres del Oratorio ayudó a un conocimiento mutuo y a un esfuerzo por llevar adelante las prescripciones del Concilio de Trento.
Eran notorias las celebraciones litúrgicas y paralitúrgicas realizadas en la iglesia del Oratorio. Por otra parte Pedro Bérulle no hizo otra cosa que establecer en París el Oratorio romano, fundado por Felipe Neri. El Oratorio romano, como fraternidad espiritual, dio origen al llamado «oratorio musical». El «oratorio musical moderno» nace en medio de la práctica de los «ejercicios espirituales» del Oratorio, en los que se mezclaba la conversación o plática sagrada y la música con texto moral o semisagrado; ésta ya en forma de las antiguas «laudas» o como «madrigal espiritual».3 En la forma más simple el «oratorio musical» era música devota que precedía y seguía al sermón. El «coral» y la «cantata» protestante respondía a la palabra evangélica como afirmación de la asamblea.
El Oratorio filipino, una vez establecido en la «Chiesa Nuova», Santa María en Vallicella, se rodea de los músicos más notables de la ciudad, dando con su aportación musical un enorme interés a los «ejercicios y catequesis». Allí estuvo el primero Francisco Soto de Langa, Animuccia, Palestrina, Tomás Luis de Victoria… Carissimi.4 El despertar religioso, aunque devocional, se opera en Roma por esta práctica catequético-musical, y es este ambiente lo que intenta calcar Pedro Bérulle en París, como ya lo ha hecho Carlos Borromeo en Milán. Si en París no se llega al esplendor de la forma «oratorio musical» de Roma, que ha dado para el arte y la historia de la música religiosa el Jephté de Carissimi, sí se ordenarán los Oficios y las celebraciones de los domingos y días festivos con tanta solemnidad que el público quedara edificado y conmovido.5
Del ambiente del Oratorio Vicente aprende la lección: la celebración realizada con solemnidad y gravedad atraía al pueblo, mientras que la ruín liturgia de tantos sacerdotes ignorantes lo apartaba de la Iglesia y de la práctica religiosa, al mismo tiempo que abría la puerta para la infiltración protestante, que les ofrecía como novedad una liturgia participada en su propia lengua.
Aparentemente la formación litúrgica de Vicente no debía ser extraordinaria, dado cómo se hallaban los estudios en aquel entonces. Vicente estudió en la universidad filosofía escolástica, teología y moral, en una época a caballo de dos siglos, heredera del desorden causado por las guerras de religión y opuesta a la reforma de Trento. La praxis litúrgica de la misa y de los sacramentos se aprendía los días inmediatos a recibir las órdenes, y suerte se tenía si se encontraba un buen maestro. No era extraño, ya se ha anotado, que por falta de instrucción, muchos se ordenaban desconociendo los ritos y las ceremonias más elementales.6
Sin embargo la formación de Vicente es más densa de lo que en un principio se puede pensar. Hay que anotar a su formación el contacto con la liturgia y el canto ya desde su época de internado con los Padres Franciscanos de Dax. Allí aprendería sin duda las fórmulas más sencillas del canto gregoriano, las antífonas marianas, el Kyrial y las Vísperas del domingo.
En el estudio del quatrivium se estudiaba música, ¿qué clase de música?, ¿sólo teoría? No se podía estudiar otro tipo de música que no fuera la relacionada con el canto litúrgico, ya que la música moderna comenzaba a nacer. En su estancia en Roma pudo apreciar la «misa papal», precisamente a raíz de la promulgación del Ceremoniale Episcoporum. Sus biógrafos nos dicen que estudió algún tiempo teología en Roma.7 Tenemos el dato de la cautividad: él se salvó gracias al canto de las antífonas marianas y de la salmodia de algunos salmos. Al bachillerato en Teología hay que unir la licenciatura en Derecho canónico, y ésta la obtiene cuando se pone en marcha la reforma de Trento en Francia. El Derecho incluía abundante material sobre normas litúrgicas, ritos y ceremonias. Vicente estudia esta materia cuando ya se ha publicado todo el cuerpo litúrgico encomendado por el Concilio a los Papas. Veremos el entronque de la mentalidad litúrgica de Vicente en las normas de los libros litúrgicos, en los cuales se inspira. Con tal preparación Vicente emprende con seriedad la reforma del Santuario.
La experiencia enseñaba a Vicente la fuerza que tiene la liturgia cuando ésta se realiza con seriedad y dignidad. El Oratorio atraía al público de París porque la celebración era sumamente cuidada, ya en los ministros como en los cantores. Se cuidaba en particular la uniformidad. Se quería vivir el espíritu de Trento: la compostura del que sirve al altar —sus gestos— deben suscitar en el fiel que está presente el sentimiento religioso que le impulse a la adoración y contemplación del misterio que se celebra a través del rito, que no es otro, en la mentalidad del Oratorio y de Vicente, que el misterio del Verbo-Encarnado, hecho víctima.8
Vicente, una vez asimilada esta idea, la lleva a la práctica, ya en Clichy ya a los ejercicios de Ordenandos, misiones y seminarios.9
Vicente se instruyó en las normas establecidas en el Breviario, Misal y Ritual romanos. Las normas eran claras y precisas en cuanto a la introducción de nuevos ritos o mutilación de los prescriptos:
«Decretamos que a éste Misal nuestro, dice la bula que promulga el Missale Romanum de san Pío V, nada se añada, quite o cambie… Ni en la celebración de la Misa se realicen otras ceremonias que las prescritas».
El capítulo V de la sesión XII del Concilio de Trento pone de relieve las ceremonias solemnes de la Misa, tanto porque subliman el sacrificio, cuanto por su finalidad catequética: «a través de estos signos visibles de la religión y de la piedad, las mentes de los fieles se despiertan a la contemplación de los misterios, que se ocultan en este sacrificio».10
Se aprecia el valor de la ceremonia, de la vestidura sagrada y de los gestos —elementos que hacen posible el rito litúrgico— en su doble finalidad: dar esplendor al culto, y suscitar en el fiel que se halla presente la adhesión al misterio que se celebra.
No dudo en afirmar la influencia ejercida en la Europa «contrarreformista» de la obra del cardenal Roberto Belarmino. Vicente le es deudor en algunas de sus ideas, pero va más allá en la aplicación práctica, como se anotará más adelante.
Jedin asegura que la tarea de renovación del Misal «estableció sencillez en la vida litúrgica, unidad en los ritos y claridad en las rúbricas».11 El fino sentido práctico de Vicente le hace emprender la senda de la sencillez litúrgica. Realizar con piedad y uniformidad el rito y la rúbrica para impulsar a los fieles a la adoración; conmover, no en el sentido de suscitar admiración o curiosidad, sino en aquel otro, profundo, que descubre la grandeza del misterio que se celebra: la muerte y resurrección del Verbo-Encarnado. Sintiendo la liturgia en la sencillez de medios con que siempre la celebra, aleja el peligro inherente a la actuación del Oratorio: la esplendidez de las celebraciones, el ceremonial detallado y la música de la cantoría, polifónica a menudo, atraían a muchos sólo por el espectáculo o por el gusto estético, algo que no entra en el sentir de Vicente. No es el rito por el rito, ni el arte que impresiona, ni el ceremonial por satisfacer el gusto de la época, es mucho más profunda la convicción de Vicente: basta leer sus escritos para darse cuenta de que la liturgia era la vivencia de su recia espiritualidad y de su seriedad sacerdotal.12
Veremos luego, cómo la liturgia no es otra realidad, en la mentalidad de Vicente, que la celebración del misterio de Cristo, que muere como víctima de propiciación y resucita para redimir a la humanidad, y que se hace presente misteriosamente en la Misa: «Centro de la devoción» (IX, 5). La rica formación le hará superar el individualismo piadoso en el que caen algunas congregaciones religiosas.13 Lo superará prescribiendo la recitación del Oficio en comunidad, y en comunidad se hará la oración mental y la misa solemne de los domingos y días festivos.14
Por las numerosas conferencias y repeticiones de oración se aprecia el conocimiento y el profundo valor espiritual que Vicente concedía a los grandes tiempos litúrgicos. Entre los años 1650 a 1660 no falta año en que no hable del Adviento y de la Cuaresma y sus respectivas preparaciones; de la Navidad y de la Pascua y su celebración; de las disposiciones íntimas para recibir el Espíritu Santo; del misterio de la Trinidad al cual se dirige toda celebración litúrgica. Es una pena que tan sólo nos hayan llegado los esquemas de muchas de estas conferencias, de haberlas poseído tendríamos un abundante material para mejor definir el pensamiento litúrgico de Vicente.15
Dom Brassó pone de relieve la disociación entre la plegaria litúrgica y la vida cristiana. Liturgia y piedad son dos realidades distintas que siguen su propio curso, independiente el uno del otro, tal vez desconociéndose mutuamente. El acoplamiento de estas dos realidades se deja sentir en nuestro tiempo: Dom Próspero Gueranger iniciará la restauración hace más de un siglo, completándose en nuestros días con la promulgación del Misal renovado y el Breviario.16
En el pensamiento y actuación de Vicente apenas se aprecia esta fisura entre vida litúrgica y piedad privada. En las Reglas Comunes de la Misión no existe festividad que no sea propiamente litúrgica; más, toda la espiritualidad gira en torno a dos centros polares, que constituyen la base y finalidad del culto cristiano: veneración de los «inefables misterios de la Santísima Trinidad y de la Encarnación». La veneración perfecta de estos misterios se realiza «en el debido culto de la Eucaristía, ya se la considere como sacramento, ya como sacrificio».17
Hasta aquí ha llegado el refinamiento litúrgico de Vicente: es la conclusión más perfecta y más profunda, pero sencilla por lo exacta.
- COSTE, XII, 289. ▲
- Idem., XI, 195; XII, 368. ▲
- He aquí uno de los primeros ejemplos de «lauda espiritual natalicia» con texto del P. Giovanela Ancina (1545-1604) y música del P. Francisco Soto de Langa (1535-1619): «Nell’apparir del sempiterno sole che a mezza notte piú riluce intorno, che l’altro no faria di mezzo giorno. Cantaron gloria gli Angeli del cielo, e meritario udir si dolci accenti pastori que guardavano gli armenti… 4. Quivi in vili panni avvolto il fanciul con Gioseffe e con Maria: O benedetta e nobil compagnia». ▲
- Cf. CORTE, A. DELLA, Antologia della Storia della Música, 118 ss. GATri, La Música, vol. III, 561 ss. ▲
- Cf. HOUSSAYE, M. de Bérulle, II, 132 ss. ▲
- COSTE, IV, 327. ▲
- Cf. HERRERA, op. cit., 67-73. ▲
- Cf. JuNGmANN, Missarum Solemnia: Pone de relieve el esfuerzo del Oratorio por acercar la oración privada a la liturgia. «El Oratorio no sólo se limitó a publicar uno de los mejores comentarios a la Misa en el siglo xvii, sino que animó a los fieles a unirse a la acción del sacerdote», 122. ▲
- Cf. ABELLY, op. cit., I, 43 ss. ▲
- Constitución promulgatoria del Missale Romanum de San Pío V: «Ac huic Missali Nostro… nihil umquam addendum, detrahendum aut immutandum esse decernendum…». DENZ., n. 1746: «Neque in missae celebratione alias caeremonias item adhibuit…» quo et maiestas tanti sacrificii commendaretur et MENTE•S FIDELIUM PER. HAEC VISIBILIA. RELIGIONIS ET PIETATIS SIGNA AD RERUM ALTISSIMARUM; QUAE IN HOC SACRIFICIO LATENT, CONTEMPLATIONEM EXCITARENTUR». ▲
- Cf. KLAUSER, op. cit., 100, cita. ▲
- AGNEL, A., St. Vincent de Paul, 84-100. BouYER, op. cit., Thomassin, oratoriano, conciliador de la piedad privada y la liturgia, no es ajeno a los falsos conceptos barrocos, época del ceremonial ampuloso, envuelto en piedad sentimental. La liturgia era concebida como la «Etiqueta del Gran Rey», 8-18. ▲
- Cf. BRASSO, Espiritualidad litúrgica, 81-82. ▲
- REGLAS COMUNES, c. X, art. 5. ▲
- COSTE, XII, 452-483. ▲
- Cf. BRASSO, op. cit., 73-88. ▲
- REGLAS COMUNES., c. X, arts. 2 y 3. ▲
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