EPÍLOGO
La vida póstuma de San Vicente de Paúl no ha sido menos agitada ni activa que su biografía. Su muerte fue sentida universalmente como la de un santo. Obispos, cardenales, aristócratas y gentes del pueblo llano, reyes y mendigos, rivalizaron en dar testimonio de sus extraordinarias virtudes. A sus exequias, celebradas el 28 de septiembre, asistieron, entre otras muchas personalidades, el príncipe de Conti, el nuncio Piccolomini y la duquesa de Aiguillon. En otro servicio fúnebre celebrado días más tarde en San Germán l’Auxerrois por encargo de la conferencia de los martes, predicó el obispo de Puy de Dôme, Mons. Maupas du Tour. El orador habló más de dos horas y declaró no haber dicho ni la mitad de lo que tenía preparado, porque en la vida del Sr. Vicente había materia para toda una cuaresma.
En el proceso de beatificación comparecieron 299 testigos. Se cerró sesenta y nueve años después de la muerte de Vicente. El 21 de agosto de 1729, Benedicto XIII lo declaró inscrito en el catálogo de los bienaventurados. La canonización tuvo lugar el 10 de junio de 1737.
Mientras tanto, las obras de Vicente iniciaban su prodigioso desarrollo. Los misioneros – “lazaristas” en Francia, “paúles” en España, “vicencianos” o “vicentinos” en otros países – se propagaron por el mundo entero. A España llegaron en 1704. Hoy trabajan en toda Europa, en América, desde Canadá hasta Argentina; en el Africa continental e insular, en Australia, en Insulandia y en Asia.
Más espectacular ha sido todavía el crecimiento de las Hijas de la Caridad, la comunidad más numerosa de la Iglesia. Hoy son 35.000, de las que una tercera parte son españolas.
Las cofradías de la Caridad constituyen hoy en el mundo entero un espléndido cuerpo de voluntarias al servicio de la beneficencia y la promoción social del “pobre pueblo” como gustaba de decir San Vicente. Junto a ellas trabajan los caballeros de las Conferencias de San Vicente de Paúl, fundadas en 1833 por Federico Ozanam bajo la inspiración y el patrocinio del Apóstol de la Caridad.
En conjunto, cerca de un millón de personas trabajan y luchan en la Iglesia por mantener vivo y actuante el espíritu de Vicente de Paúl, quizá hoy más necesario que nunca. Es el espíritu mismo de Dios, que envió a Jesús a evangelizar a los pobres de palabra y obra.
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