Sa naissance. – Son entrée dans la Congrégation de la Mission. Après son noviciat à Rome, il est envoyé à Florence, à Naples. Son zèle pour acquérir la science et les vertus nécessaires. – Succès de ses missions. – Son dévouement pour les malades.
El Sr. Cuttica (Vincent), nacido el 1º de octubre de 1673, en Alexandrie (Alessandria della Paglia) en Lombardía, entró en la Congregación, tras un retiro que hizo en la casa de la Misión en Génova. Tenía veintinueve años cuando fue recibido en el noviciado de Roma.
Entró en la Congregación tras un retiro que hizo en la saca de la Misión de Génova. Tenía veintinueve años de edad cuando fue recibido en el noviciado de Roma. Siendo todavía seminarista, fue designado para acompañar a los misioneros que iban a fundar la casa de Florencia, pero se quedó poco tiempo, a causa de grandes dolores de cabeza que sufría. Sus superiores le llamaron a Roma, donde no se quedó tampoco más que algunos meses; de allí, fue enviado a Nápoles. Pasó el resto de sus días en la casa de la Congregación de esta ciudad y allí murió, el 16 de octubre de 1742, después de gobernarla durante veinticinco años. Se verá, por la continuación de este relato, cuánto han contribuido sus obras a la gloria de Dios y han hecho honor a su Congregación.
Sus debates fueron muy modestos; se temía incluso que sus sufrimientos casi continuos y su escasa ciencia anteriormente adquirida, no fueran un obstáculo al éxito de sus funciones en el Instituto. No lo fueron. En efecto, gracias a la salubridad del aire de Nápoles, experimentó pronto alivio a sus males de cabeza; trabajó con ardor en la adquisición de las virtudes y de la ciencia necesaria, y puso tanto celo en estudiar la filosofía, la teología moral, en particular la teología de santo Tomás, que se convirtió, en Nápoles, en uno de los mejores teólogos de su tiempo.
Terminados sus estudios, le enviaron a las misiones, pues poseía todas las cualidades requeridas para tener éxito en este empleo. En un principio se encargó del catecismo y las instrucciones familiares sobre el Decálogo; pero pronto le nombraron director de las misiones. En el reino de Nápoles las misiones tiene éxito siempre, porque el pueblo está bien dispuesto, sin embargo las del Sr. Cuttica producen frutos extraordinarios. Había en su palabra tanta fuerza y tal unción, que tocaba los corazones más endurecidos, de ahí seguían conversiones renombradas; de suerte que su reputación alcanzó lejos. Sus trabajos, el celo y el espíritu que le animaban, todo mostraba en él a un hombre verdaderamente apostólico. Durante una misión que predicaba en Caserta, un religioso carmelita, hombre sabio y piadoso, dijo a uno de los misioneros: «Los discursos del Sr. Cuttica tienen un no sé qué que os penetra y os toca el corazón ». Hizo entrar en el camino de la salvación a muchos pecadores que, llevaban mucho tiempo resistiendo a la gracia: uno entre otros quedó tan impresionado, escuchando al Sr. Cuttica, que al final del sermón, subió la escalera del púlpito, tomó en sus manos el crucifijo que está de ordinario expuesto y públicamente pidió perdón, con lágrimas, por todos los escándalos que había dado.
El celoso misionero tenía un don particular para reconciliar a los enemigos y hacer perdonar las injurias. Sabía de tal forma con razones convincentes iluminar el espíritu, con su humildad insinuarse en los corazones, y a veces hasta emplear a propósito su autoridad de ministro de Dios, que resultaba muy difícil resistirle. Se encontró, en una misión, a una dama que se negaba obstinadamente a reconciliarse con los asesinos de su marido. El crimen, es verdad, era espantoso; ellos habían matado a la víctima a traición y rechazado al sacerdote que traía los auxilios de su ministerio. Para suavizar su venganza querían, al darle la muerte del cuerpo, darle al mismo tiempo la del alma; por eso esta dama había concebido tal odio contra estos monstruos que ni su confesor ni sus amigos habían podido determinarla a la reconciliación. Así las cosas, llegó el Sr. Cuttica a dar la misión en la localidad, pero ella evitó ir a oírle para no reconciliarse con sus enemigos, el misionero fue a la casa, no fue recibido; volvió acompañado del párroco y, habiendo sido admitido, hizo tanto bien con sus palabras dulces llenas de unción que llegaron al corazón de esta desdichada, la llevó a una reconciliación sincera: lo que fue una gran alegría para la región. En un distrito de la Campania, una división inveterada reinaba entre los habitantes; se habían dado varias misiones para hacerla cesar, pero la discordia seguía reinando. El Sr. Cuttica fue llamado por el obispo, para predicar allí una nueva misión; calmó de tal forma los ánimos y restableció una paz tan perfecta, que este resultado fue tenido por un milagro. Su solicitud se extendía hasta los intereses temporales: se informaba de todas las necesidades para ponerles remedio; hacía cesar los abusos y los escándalos, y sabía inspirar de tal manera el temor de Dios que dejaba a los pueblos totalmente cambiados. El fruto de sus misiones era duradero: en ciertos lugares, veinticinco años después, se sentían aún los felices efectos.
Dotado de una naturaleza ardiente y de un celo sin límites, se entregaba en algunas circunstancias a varios trabajos a la vez; de manera que, cuando daba las misiones cerca de Nápoles, volvía a la casa para tener la conferencia a los jóvenes clérigos; por las tardes, volvía enseguida al lugar de la misión para predicar el sermón de la noche, viajando bien a pie, bien a caballo, y recorriendo a veces distancias considerables.
Cuando iba a casa de los seglares para velar por la guarda de los enfermos, según la costumbre que existía entonces, se abstenía de tomar nada, ni de beber, ni de comer, ni siquiera el chocolate que se acostumbra ofrecer en la región. Así, habiendo tenido que pasar un tiempo largo al lado de un enfermo, no aceptó el menor refresco, en el momento de las comidas, venía un misionero a reemplazarle, y él iba a casa, aunque estuviera muy distante. A esta reserva unía el porte en sus palabras. Estaba callado junto a los enfermos, haciendo su meditación o algunas lecturas piadosas; sugiriéndoles, de vez en cuando, algunos buenos pensamientos; por ello, se había ganado una tal reputación en la ciudad de Nápoles que todas las personas que tenían la suerte de ser asistidas por él se consideraban como seguras de su salvación.
CHAPITRE II
Sus trabajos por la reforma del clero y de la nobleza. -Estableció la congregación de los jóvenes clérigos. – Retiros anuales para los ordenandos, los sacerdotes y los nobles. – Fundó la conferencia de los caballeros, sus felices resultados. – Construyó una nueva casa.
El Sr. Cuttica no ignoraba que los frutos de las misiones no pueden durar largo tiempo sin la ayuda de sacerdotes celosos; para ello empleó todos sus cuidados en la formación de los jóvenes aspirantes al sacerdocio. Comenzó por reunirlos en la capilla de los sacerdotes de la Misión. Donde cada domingo les hacía una instrucción. En un principio eran poco numerosos, pero pronto su número fue en ascenso, y no solo los jóvenes clérigos, sino también los sacerdotes, atraídos por la reputación del predicador, se complacían en ir a escucharle. Estableció incluso una congregación para los jóvenes clérigos, le dio un reglamento lleno de sabiduría y de prudencia, y mandó construir con grandes gastos una amplia capilla para reunirlos. Habiendo sabido que el cardenal Spinelli, arzobispo de Nápoles, tenía prevenciones contra esta obra, fue a verle y le dijo con humildad: «Yo creía que Vuestra Eminencia consentiría en proteger la congregación de los clérigos, pero veo con disgusto que no tiende más que a destruirla ». Luego, habiéndole expuesto las grandes ventajas espirituales que resultarían para el clero, el cardenal impresionado por estas razones revocó las órdenes ya dadas, aprobó la congregación con el reglamento, de manera que llegó a ser muy próspera y contó con más de cuatro cientos miembros. Los que formaban parte llevaban regularmente el hábito eclesiástico en conformidad con los sagrados cánones; se hacían notar por su piedad y su modestia, y contribuían poderosamente a la edificación común. Cada año, el celoso misionero les predicaba el retiro; y, como los misioneros de la casa de Nápoles no eran entonces muy numerosos, era casi siempre él quien predicaba el de los ordenandos y el de los sacerdotes.
Pero el celo del Sr. Cuttica se desplegó de una manera mucho más extraordinaria en los retiros que predicaba cada año, durante la Semana santa, a los laicos y más en particular a la nobleza; estos ejercicios contribuyeron mucho a la gloria de Dios y a la salvación de las almas. La nobleza de Nápoles estaba, en esta época, muy corrompida : la mayor parte de los caballeros vivían alejados de las prácticas de la religión ; se provocaban con frecuencia al duelo y formaban parte, al menos en gran número, de las sociedades secretas. Sus discursos estaban en relación con su conducta; mucho se ponían rojos al parecer cristianos; si algunos se acercaban aun así a los sacramentos, era a favor de las tinieblas de la noche. Dios puso, por fin los ojos de misericordia sobre estos hijos pródigos y, hacia el año 1721, un cierto número, llevados por los remordimientos de su conciencia, tuvieron la idea de hacer un retiro pero no sabían a quién dirigirse, ya que no conocían a los sacerdotes de la Misión que vivían muy retirados en Nápoles, y que por entonces eran los únicos en recibir a ejercitantes. Después de buscar, acabaron por descubrir su casa y fueron recibidos en número de veintiocho; casi todos pertenecían a la primera nobleza. El retiro comenzó la víspera del domingo de los Ramos; fue predicado por el Sr. Cuttica que hizo la meditación de la mañana, el sermón de la noche y presidió incluso la lectura espiritual que se hacía en común. Produjo los más felices resultados sobre el espíritu y el corazón de los ejercitantes que quedaron impresionados y convertidos del todo. Decían que nunca habían oído una palabra más clara en la exposición de las verdades de la fe, ni más capaz de grabar, en el corazón, el amor de las máximas evangélicas.
Este retiro tuvo tal resonancia en la ciudad de Nápoles que, los años siguientes, casi todos los nobles quisieron asistir a los ejercicios: unos, en número de cincuenta, se alojaban en casa de los misioneros; los otros, en número de más de trescientos, hacían su retiro en sus casas y venían a asistir regularmente a las instrucciones. No se podría decir todo el bien que supuso para la sociedad. Los duelos, hasta entonces tan frecuentes, quedaron como abolidos, y hubo una reforma en las costumbres tal que los que habían estado ausentes de Nápoles durante algunos años decían que la nobleza no era ya reconocible.
Entre los personajes recomendables que seguían, cada año, los ejercicios del retiro, citaremos a san Alfonso de Ligorio. Se lee en una de sus biografías: « Tenía veinticinco años. Fue entonces cuando oyó las instrucciones religiosas que hacía el piadoso Cuttica, en la casa de los sacerdotes de la Misión, donde ya hemos dicho que tenía costumbre de pasar algún tiempo con su padre para hacer, con gran provecho de su alma, los ejercicios espirituales. La voz de este gran siervo de Dios, evocando en su ardiente elocuencia a un pecador del fondo del abismo, emocionó poderosamente a los oyentes cristianos y sobre todo a Alfonso, quien desde entonces se dio más a Dios. Le gustaba más tarde recordar este retiro, en el que él se había sentido llamado a un estado mejor ». Y más adelante, se lee: «Antes de comenzar el establecimiento de la Congregación del Santo Redentor, Alfonso quiso saber lo que pensaba de su proyecto el Sr. Cuttica, superior de la Misión».
El bien operado por restos retiros anuales era evidentemente la obra de la gracia, ya que perseveró largo tiempo. Así, durante los años que siguieron, la capilla de los misioneros era el punto de cita de una gran parte de la nobleza, que venía a asistir a los oficios, a oír la palabra de Dios y acercarse a los sacramentos. Se tenía una gran confianza en el Sr. Cuttica y numerosas personas querían conversar con él de los asuntos de su conciencia, pedirle consejo y encomendarse a sus oraciones.
Esta feliz reforma no aprovechó sólo a los nobles, que se habían acercado a Dios, sino también a sus vasallos, a quienes trataron entonces con mayor miramiento, cuidando de sus intereses espirituales y temporales.
El Sr. Cuttica había recorrido el reino de Nápoles casi por completo, y no ignoraba las necesidades extremas del pueblo, ni las pesadas cargas que pesaban sobre él. Su corazón se compadecía, y no viendo remedio a su alcance contra tantos males sino en las misiones, se entregaba a ellas con todo el celo de que era capaz. Sabía qué conformes estaban con el fin del instituto de la Misión y el espíritu de su fundador, san Vicente de Paúl. Las creía particularmente útiles a las pobres gentes de los campos. En todo lo que emprendía por la santificación de los nobles, tenía a la vista el bien de los pobres. Restableció una cofradía que no existía ya desde algún tiempo. Esta cofradía se ocupaba de obras de caridad, y una de las principales era enterrar gratuitamente a los pobres. Ella se hizo muy floreciente; los que formaban parte de ella se reunían, una vez al mes, en una iglesia vecina a la de la misión, para oír la palabra de Dios y acercarse a los sacramentos. A petición de un gran número de fervientes señores, el celoso misionero estableció en la capilla de los misioneros el retiro del mes, para conservar mejor los frutos del retiro anual: había exposición del santísimo Sacramento, meditación e instrucción; se recibían allí habitualmente los sacramentos de penitencia y eucaristía. Estos cuidados prodigados a la nobleza atrajeron pronto al Sr. Cuttica la estima general de la parte de los grandes, pero no abusó; por el contrario, huía todo lo posible sus conversaciones. Exigía la misma conducta por parte de los suyos y les decía: «Si nos mantenemos aparte, ellos vendrán a nosotros; si nosotros los buscamos, nos huirán y nuestro ministerio será inútil para el bien de su alma».
Si entre las congregaciones religiosas de Nápoles, la de la Misión era en esta época una de las más acreditadas, ella se lo debía ante todo a la influencia de su superior. El príncipe de Cellamare, François Caraccioli, queriendo dejar a su muerte un legado considerable, pidió a uno de los miembros del Gran Consejo, que eran los jueces supremos de todo el reino, cuál era la comunidad que le parecía la más regular de la ciudad de Nápoles ; este le respondió que era la Congregación de la Misión, y el príncipe dejó a los misioneros, en testamento, un legado de 15 000 escudos, con el encargo de decir una misa al día y celebrar un servicio solemne cada año el día aniversario de su muerte. El Sr. Cuttica le asistía en su última enfermedad. El príncipe que le conocía bien le dijo: «No es a mí a quien debéis dar gracias, sino más bien a vosotros mismos; os he hecho este donativo porque yo os tengo por los religiosos más regulares de la ciudad de Nápoles: si yo supiera que los había más fervientes, os quitaría mi legado y se lo daría ». Este ejemplo prueba, de una manera sensible que la piedad y la regularidad, en las comunidades religiosas favorecen, no solo el bien espiritual de sus miembros, sino que es también lo que les atrae la estima y la benevolencia de los hombres.
Los sacerdotes de la misión tuvieron mucho que sufrir, en Nápoles, en los principios. El cardenal Innico Carracciolo los llamó en 1668, pero se vieron reducidos a vivir en un olvido casi completo hasta 1712; es el año en el que el Sr. Cuttica fue nombrado superior. Su primer cuidado fue construir una nueva casa. La que habitaban estaba casi en ruinas; era además demasiado pequeña y mal repartida. Durante los retiros de la ordenación, cuatro o cinco clérigos se alojaban en la misma habitación, con perjuicio del recogimiento tan necesario en parecidas circunstancias. El digno superior empleó todo su crédito con algunas personas ricas, a fin de poder comprar casas vecinas: la ciudad le cedió un terreno considerable y comenzaron los trabajos. Durante veinte años, luchó contra los obstáculos sin número que le pusieron los vecinos; pero gracias a las limosnas abundantes que Dios le envió, hizo frente a todos los gastos y llevó a cabo su empresa. El nuevo edificio es verdaderamente notable por la grandeza y justa proporción de todas sus partes; es una de las casas religiosas más hermosas de Nápoles. Los recursos comenzaron también a afluir: los honorarios de las misas, hasta entonces raros, fueron tan abundantes que hubo para otras casas de la provincia. Hubo fundaciones de misas y de legados piadosos, de suerte que la casa se encontró en un alto grado de prosperidad. El crédito de que disfrutaba le atraía el concurso de los fieles y vocaciones numerosas, signo manifiesta de las bendiciones del cielo.
CHAPITRE III
Vertus de M. Cuttica. – Sa foi. – Sa piété. – Son amour pour Dieu. – Sa patience dans les épreuves. – Amour du prochain. – Sa mort.
Aunque se pueda saber ya, por tan hermosos frutos, la belleza del árbol que los producía, añadiremos no obstante algunas reflexiones sobre las virtudes de este gran siervo de Dios. Su fe era muy viva y, en toda su conducta, se aplicaba a no dirigirse más que por sus máximas. Su espíritu de fe se mostraba sobre todo en la celebración de los santos misterios; tenía tal modestia en el altar que encendía la devoción de todos los asistentes.
El Sr. Cuttica tenía también mucha confianza en el fundador de la Congregación de la Misión, san Vicente de Paúl, y acudía a él en todas sus necesidades. San Vicente era, para él, un modelo que él se esforzaba en reproducir, porque miraba su vida como un retrato de familia divinamente trazado por la Providencia para recordar sin cesar a los misioneros la perfección hacia la que deben tender y los medios que deben usar; por eso los exhortaba a menudo a imitar sus virtudes. El Sr. Cuttica tenía también una devoción particular a santa Teresa cuya vida y obras leía constantemente. Estaba de tal manera imbuido de sus máximas que las citaba en toda reunión: las enseñanzas de esta gran santa, tan iluminada de Dios, le servían mucho para dirigir las almas que se ponían bajo su dirección.
En todas sus predicaciones hablaba con mucho fuego, pero cuando predicaba sobre el amor de Dios, se superaba a sí mismo. Durante un sermón que dio sobre este asunto en el retiro eclesiástico de 1737, y que estaba presidido por el cardenal arzobispo, parecía como arrebatado, de manera que los sacerdotes se decían entre ellos: «¿El Sr. Cuttica no tenía la cara de un serafín, al hablarnos esta tarde del amor de Dios? » El Evangelio nos da una señal infalible de este amor cuando dice: «La boca habla de la abundancia del corazón ». Pues, ese era el tema de sus instrucciones, y hasta de sus conversaciones. Un gran personaje que había mantenido con él las relaciones más íntimas decía después de su muerte: «Este santo hombre tenía un talento particular para tratar con nosotros; nos recibía con tanta cordialidad y con unos modos tan educados y tan afectuosos que nos arrebataba el corazón; su porte era al propio tiempo tan grave y tan piadoso que inspiraba el respeto; hablaba siempre de Dios, lo que nos edificaba mucho; y nosotros sentíamos para él un amor sincero y una gran veneración».
Dios le probó, como el oro en el crisol por varias enfermedades muy graves, dolores de cabeza, de estómago, de riñones, más tarde de inflamación de piernas, etc.; no obstante él presidían todos los ejercicios de la comunidad, sus cohermanos no sospechaban siquiera que estuviera enferma. Durante veinte años, debió sufrir, tras un ataque de apoplejía, de un espasmo casi continuo y de una contracción de los nervios del carrillo izquierdo, que le causaban dolores muy vivos y le quitaban algunas veces el uso de la palabra. Como este dolor se doblaba durante el invierno, hasta el punto de hacerle derramar lágrimas, le habían recomendado no salir por la mañana de su habitación para evitar el aire frío de los corredores; pero nada podía detenerle, y asistía, todos los días, a la oración.
La caridad de este digno misionero era sobre todo inagotable con respecto de los miembros de la Congregación, a quienes amaba tiernamente y trataba como a hijos y hermanos. Vigilaba atentamente para que a la comunidad no le faltara de nada, y proveía con generosidad a las necesidades de cada uno.
Persuadido de que las reglas son, para una comunidad, el medio más eficaz de santificación, vigiló en particular su fiel observancia. Daba él mismo el ejemplo.
No quería que se abreviara la oración para entregarse a los diversos oficios; es lo que recomendaba dos hermanos coadjutores que trabajaban en la propiedad de Arzano, vecina de Nápoles: « La salvación de vuestra alma, les decía, me preocupa más que todas las propiedades de la tierra ». Llevaba tan lejos la pureza de intención que era indiferente al bueno y mal éxito de sus empresas, sin ningún atisbo de amor propio; todo el mundo sabe, por experiencia, que eso no es fácil. No tenía otro fin que la mayor gloria de Dios y la salvación de las almas. Antes de subir al púlpito, recitaba de rodillas, el Munda cor meum, luego dirigía a Dios este plegaria: « Señor, humilladme, pero convertid s mis oyentes: consiento en no tener ningún éxito, con tal que salvéis a estas almas ».
En la primavera del año 1742, el Sr. Cuttica fue atacado de una hidropesía de pecho que le condujo a la tumba. Los médicos juzgaron que el enfermo debía cambiar de aire; era el mes de junio. Él se negó en un principio porque, decía él, su habitación era para él un paraíso y, lejos de su familia, él estaría como el pez fuera del agua. No obstante, a instancias de los médicos y de sus amigos, consintió en marchar; apenas llegó a 12 millas de Nápoles, en un lugar muy aireado, cuando se agravó el mal, la hinchazón de sus piernas fue tal que al cabo de cinco días se vio obligado a marcharse. Después de su regreso experimentó, durante algunas semanas, un mejor sensible pero, el mes de septiembre cayó en un estado de debilidad extrema, y ya le costaba tenerse en pie. Quiso sin embargo decir la misa hasta el último día del mismo mes, que era un domingo, día en el que cumplía los sesenta y nueve años de edad. Por la mañana, se encontró tan débil que el hermano le comprometió a no decir la santa misa, pero tenía tal devoción al santo sacrificio que quiso ofrecerlo como de costumbre. Mientras recitaba estas palabras del Credo: et incarnatus est, hizo la genuflexión hasta tierra, y no pudo levantarse más que con la ayuda del hermano ; este viendo su extrema debilidad, fue a buscar una silla para hacerle sentar ; el Sr. Cuttica, no sosteniéndose en pie, se cayó para atrás, haciéndose una herida profunda en la cabeza. No obstante una vez recuperados los sentidos, quiso continuar el santo sacrificio, mostrando en ello qué sincera era su ardiente piedad.
La enfermedad hizo entonces rápidos progresos, pero contribuyó, al mismo tiempo, a hacer brillar las virtudes del piadoso enfermo; su piedad, su paciencia, su despego de las criaturas y, por encima de todo, su fuerza de alma, hablando de sus dolores como si no fuera nada, de la muerte como de una cosa de poca importancia. Recibió un gran número de visitas. « Tengo la esperanza, le dijo un caballero, de que Dios os conserve por el bien de nuestras almas. –lo primero que he pedido, esta mañana, a Nuestro Señor, respondió el Sr. Cuttica, es que me conceda la gracia de ir a gozar lo antes posible de su santa presencia ». Y repetía estas palabras de san Agustín: Nunquam te vidi, Domine; moriar ut te videam. –Nunca te vi, Señor; que me muera para verte.
El fervoroso enfermo pedía con insistencia que le administraran los últimos sacramentos; le llevaron el santo viático el 13 de octubre; lo recibió, de rodillas, con mucho fervor; luego dirigió a su familia religiosa una última exhortación, comenzando por estas palabras de san Pablo: Fratres carissimi et desideratissimi, sic state in Domino; sic state in Domino, varias veces. « Conservaos con cuidado, les decía, en el espíritu de vuestra santa vocación, sed fieles en la práctica de nuestras santas reglas, vivid lejos del mundo », etc., etc. estas palabras estaban tan llenas de unción que arrancaron lágrimas de los ojos de los asistentes; terminó dando la bendición a su familia. Por la noche, le administraron la extrema unción en presencia de la comunidad. El 15, fiesta de santa teresa, se hallaba mejor; pudo recibir la santa comunión; sin embargo hacia las seis de la tarde, entró en agonía, invocando el nombre de Jesús; fueron sus últimas palabras. La agonía fue larga y dolorosa; entregó el último suspiro a la una después de medianoche, y su alma se fue a gozar, como se espera, de la recompensa de tantos méritos.
Al día siguiente por la mañana, se celebraron sus funerales, en presencia de un gran concurso de gente. Además de sus cohermanos, treinta sacerdotes seculares dijeron la misa, en la capilla de la Misión, por el descanso de su alma, muchas personas de toda condición, en particular de la nobleza a la que tanto ayudó a servir a Dios, vinieron a orar junto a sus preciosos restos; le besaban afectuosamente las manos, lloraban su muerte como una gran pérdida; todos pedían un recuerdo del querido difunto, para conservarlo como una reliquia.
Lo que hemos dicho no es más que el débil eco de la opinión común. Se le tenía, por lo general, como a un santo; se le atribuían incluso curaciones milagrosas. Lo que está fuera de duda es que, entre los personajes recomendables que vivieron en Nápoles en la misma época, se encontrará, difícilmente quienes fueran objeto de la estima pública en el mismo grado que el Sr. Cuttica. – Vie manuscrite récente rédigée d’après les Anciennes Relations, p. 451-476.
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