Capítulo XII.
Sencillez de Vicente de Paúl.
La sencillez, que es tenida de muchas personas por un defecto, o a lo menos por propiedad de espíritus débiles, es sin embargo, virtud propia de las almas grandes. Estas son solamente las que dicen las cosas del mismo modo que las piensan; las que desprecian los artificios del siglo, sus rodeos, sus astucias, sus engaños, y las que hablan a los reyes y príncipes como les hablaron Moisés, Daniel y San Pedro; y será hacer el mayor elogio a Vicente de Paúl decir de él con el gran Bossuet, que fue un hombre de una sencillez admirable.
A la verdad, jamás se valió de equívocos, de disimulaciones, ni de aquellos rodeos con los cuales, aun los mismos que especulativamente los condenan, saben salir de las dificultades cuando se hallan en el caso. Si le proponían alguna cosa que no le parecía bien, decía con toda claridad que no podía encargarse de ella; si sucedía que después de haberse encargado de algún negocio se olvidaba de él por ocurrirle otros de mayor cuidado e importancia, decía con sencillez y humildad, que era tan grande su miseria, que se le había olvidado; si le daban gracias por algún beneficio a que él no hubiese contribuido, lo confesaba con toda ingenuidad; en una palabra, si calló alguna vez la verdad, porque no todas las verdades pueden siempre decirse, por lo menos jamás dijo cosa que fuese en manera alguna contraria a ella. Al mismo tiempo que encargaba a sus hijos la sencillez, hacía, sin pensar en ello, el retrato de la suya. Podemos hacer juicio de la extensión de esta virtud por la idea que un hombre como Vicente formó de ella; y por los medios de que se valió para establecerla, podremos juzgar de su importancia.
Decía que la sencillez es un don que nos lleva derechamente a Dios y a la verdad, sin fausto, sin fingimiento, sin respeto humano y sin idea de propio interés. Un hombre sencillo no mira más que a Dios, y solamente desea agradarle; jamás habla contra lo que interiormente siente, ni obra jamás sino conformándose con las reglas de la libertad y rectitud cristiana. Si no descubre todos sus pensamientos, porque la sencillez es una virtud discreta que no puede ser contraria a la prudencia, cuida a lo menos de abstenerse de palabras que puedan hacer creer al prójimo que hay en su corazón lo que no hay en la realidad. Sus acciones son tan sencillas como su lenguaje. Para él no hay en los negocios, en los empleos y en los ejercicios de piedad, ni artificio, ni vanas pretensiones, ni hipocresía. No hace como los que presentan un pequeño regalo con intención de adquirir otro mayor; que hacen exteriormente buenas obras para ser tenidos por virtuosos; que tienen gran número de libros superfluos por parecer sabios, o que se dedican a predicar bien por ganar aplausos.
La sencillez en la doctrina que se predica al pueblo era un punto que trataba nuestro Santo muy frecuentemente. No se pueden leer sus cartas ni sus conferencias sin advertir en ellas el temor que tenía que sus hijos tuviesen la desgracia de apartarse de estas reglas, y de que quisiesen, como suele suceder a algunos predicadores, adquirir aplauso por medio de unos sermones pomposos. Encargaba a sus hijos que desterrasen de ellos cuanto pudiese tener visos del espíritu del mundo, de afectación y de vanidad. Entre las muchas razones que alegaba, decía que así como las hermosuras naturales tienen más atractivo que las artificiales o supuestas, así también los discursos comunes y sencillos son mejor recibidos que los afectados y dispuestos con artificio. «Procurad predicar, decía, como predicó Jesucristo. Este divino Salvador, como que era el Verbo y la Sabiduría del Eterno Padre, podía si hubiera querido, hablar de nuestros más sublimes misterios en términos más elevados; pero sabemos que siempre habló con humildad y sencillez para acomodarse al pueblo, y darnos un ejemplo y un modelo de cómo hemos de tratar la divina palabra. Este gran Maestro, cuando estaba para enviar a sus apóstoles a que predicasen el Evangelio, les encargó la sencillez de la paloma, como una de las virtudes de que más necesidad tenían, tanto para atraer sobre sí las gracias del cielo, como para disponer a los hombres a que los oyesen y creyesen. Estas palabras no se dirigen solamente a los apóstoles, sino también a todos aquellos a quienes la Providencia ha destinado para la conversión de las almas; y así, señores, vosotros os las debéis aplicar. Dios se complace en conversar con los sencillos, como se lee en los Proverbios:1 Cum simplicibus sermocinatio ejus. Camina en su compañía, y hace que caminen con seguridad. Solamente a los sencillos está concedido el aprender en la escuela de nuestro Señor: su doctrina es un enigma para los sabios y prudentes del siglo, como él mismo lo declaró por S. Lucas:2 Confiteor tibi, Pater… quód abscondisti haec a sapientibus et prudentibus, et revelasti ea parvulis. Finalmente, el espíritu de religión más comúnmente se halla entre los sencillos que entre las personas del gran mundo».
Enviando nuestro Santo a uno de sus sacerdotes a cierta provincia, le dijo: «Vais a un país en el que, según se dice, todos sus habitantes son astutos y sagaces. Si esto fuese así, el mejor modo de ser útil a aquellas gentes, será tratarlas con sencillez, porque las máximas del Evangelio son absolutamente contrarias a las del mundo; y como vais a servir a nuestro Señor, debéis conformaros con su espíritu, que es espíritu de sencillez y rectitud». Este sacerdote arregló su conducta gobernándose por un consejo tan prudente, y el pueblo, admirado del candor del misionero, ofreció a nuestro Santo una buena fundación, que admitió, porque allí se podía hacer mucho bien. Envió Vicente a ella por primer Superior a un hombre que reunía a un talento sólido una perfecta sencillez. Acaso no se hallará prueba más eficaz para hacer ver hasta donde llegaba la delicadeza de nuestro Santo en esta materia, como la carta siguiente, en respuesta a un sacerdote, quien le había escrito que le tenía absolutamente entregado todo su corazón. «Os doy gracias, le dice, por vuestra carta y por el presente que me hacéis: vuestro corazón es demasiado bueno para ser puesto en unas manos tan malas como las mías; pero bien sé que vos me le dais para que yo se lo vuelva a nuestro Señor, de quien en la realidad es, y a cuyo amor queréis que él esté incesantemente ordenado. Sea, pues, desde ahora ese amable corazón únicamente de Jesucristo, y lo sea absolutamente y siempre en el tiempo y en la eternidad. Os ruego pidáis al Señor me dé parte en el candor y sencillez de vuestro corazón; estas son unas virtudes de que yo tengo gran necesidad, y cuya excelencia es incomprensible. Espero que con esos señores vuestros compañeros pondréis los cimientos para que el edificio quede fundado sobre piedra firme, y no sobre arena movediza».


































