Una cosa importante, a la que usted debe atender de manera especial, es tener mucho trato con nuestro Señor en la oración; allí está la despensa de donde podrá sacar las instrucciones que necesite para cumplir debidamente con las obligaciones que va a tener. Cuando tenga alguna duda, recurra a Dios y dígale: «Señor, tú que eres el Padre de las luces, enséñame lo que tengo que hacer en esta ocasión» … También debe recurrir a la oración para pedir a nuestro Señor por las necesidades de las personas que están bajo su dirección. Esté seguro de que obtendrá usted más fruto con este medio que con todos los demás … Jesucristo, que debe ser el ejemplo de su forma de gobernar, no se contentó con utilizar sus predicaciones, sus trabajos, sus ayunos, su sangre y su misma muerte; sino que a todo esto añadió la oración. El no necesitaba orar por sí mismo; por nosotros fue por quienes tantas veces rezó, y para enseñarnos a hacer lo mismo, tanto por lo que a nosotros se refiere, como por lo que toca a aquellos cuyos salvadores debemos ser nosotros con Él (SVP, IX, 237-238).
Dios, el Reino, los pobres. ¿Cómo abarcar un quehacer tan vasto? Vicente tiene un único secreto: la oración. Es la pasión de su vida, «el centro de la devoción». Cuando trata un asunto que visiblemente la importa, experimenta una especie de reflejo condicionado, y emplea como imágenes elementos vitales, cual si quisiera comunicar su importancia, y aun su necesidad absoluta: así alma, aire, alimento, rocío, depósito, Fuente de Juvencia , sol, labor diaria, semillero. Conocemos su célebre frase, tan fuerte, que se impone de inmediato: Dadme un hombre de oración, y será capaz de todo (Abelly, p. 589) Acababa de dar consignas espirituales a un joven misionero, Antonio Durand, nombrado superior de Agde a los 27 años, el cual debía animar una parroquia, un seminario mayor, y un grupo de hermanos suyos. Podía incurrir en presunción, o tal vez ser aplastado por la carga. Su maestro y amigo le alienta con el gran medio de la oración y con el principio que de ahí fluye, «la imitación de Jesucristo». Pues no se sustenta lo uno sin lo otro.
Hacer oración. Todos los días. Durante una hora. Ahí está la consigna, casi hiriente, que trasciende el tiempo para llegar hasta nosotros y sacudir nuestro aburguesamiento espiritual. Pues es muy real el peligro de instalarse en la «insensibilidad» o en la displicencia. Un día del año 1648 dice a las Hermanas: no salgáis nunca de ella, porque la oración es tan excelente que nunca la haréis demasiado (SVP, IX, 379).
Comencemos por contemplar a este hombre en oración. Ora espontáneamente: «Señor Dios mío, sé tú el vínculo de sus corazones» (SVP, III, 219). «Oh Dios mío, nos entregamos totalmente a ti» (SVP, IX, 43). «Dios mío, nos entregamos a ti para el cumplimiento de los planes que tienes sobre nosotros» (SVP, IX, 132). «Señor mío y Dios mío, Jesucristo, Salvador mío, el más amable y amoroso de todos los hombres …» (SVP, IX, 280) ¡Estilo exclamativo, el lenguaje del corazón! Y hay apelación para su orden: La gracia de la vocación depende de la oración, y la gracia de la oración depende del levantarse. Así pues, si somos fieles a esta primera acción, si nos encontramos todos juntos ante Nuestro Señor y nos presentamos a él al mismo tiempo, como hacían los primeros cristianos, él se nos dará juntamente a todos, nos iluminará con sus luces y realizará él mismo en nosotros y por nosotros los bienes que tenemos obligación de hacer en su iglesia; en fin, nos dará la gracia de llegar al grado de perfección que desea de nosotros para que le podamos poseer algún día plenamente en la eternidad de los siglos (SVP, III 494-495).
Ahí, en ese diario corazón a corazón con el Amor que nos habita, aprendemos a ejecutar sus voluntades: Ahí es donde toma entera posesión de los corazones y de las almas (SVP, IX, 385 ).
Conviene sobre todo pasar a la acción, lo que en el siglo XVII se llama «resolución». Es la parte principal de la oración; se trata de cambiar de vida, de comportamiento, de manera de ser y de actuar, de convertirse. La oración debe mirar a la práctica: «Es menester bajar siempre a lo concreto» (SVP, XI, 194, 195) según lo sugiere san Francisco de Sales acometer la supresión de un defecto preciso o la adquisición de una virtud, detalle por detalle, elemento por elemento. Un breve paso cada día, comprobado y ajustado, en función del estado del paciente.
Pues importa el llegar a la vida. La oración es el motor de la acción, el lugar privilegiado donde se pone a prueba el gobierno de la existencia diaria. Y Vicente lo demuestra de manera coloquial por el que la tradición vicenciana designa “método del presidente”: Es menester que os diga a este propósito que uno de estos días he recibido una gran edificación de un magistrado que hizo su retiro hace un año en nuestra casa. Al hablarme del examen que había hecho sobre su reglamento de vida, me dijo que, por la gracia de Dios, no creía que hubiese faltado dos veces en hacer su oración. «Pero, ¿sabe, Padre, cómo hago mi oración? Examino de antemano lo que tengo que hacer durante la jornada, y de allí derivan todas mis resoluciones. Tendré que ir a palacio; tengo tal causa en que pleitear; me encontraré quizás con alguna persona de condición que, con sus recomendaciones me querrá corromper; con la gracia de Dios me guardaré mucho de ello. Quizás se me haga algún regalo que me agrade mucho; no lo tomaré. Si tengo que desechar a alguien, le hablaré con mansedumbre y cordialidad». Pues bien, ¿qué os parece, hijas mías, esta manera de oración? ¿no os sentís edificadas por la perseverancia de este buen magistrado, que podría excusarse con la cantidad de sus quehaceres, pero que no lo hace, por el deseo que tiene de ser fiel a la práctica de sus resoluciones? Podéis hacer vuestra oración de esta manera, que es la mejor; porque no hay que hacerla para tener pensamientos elevados; para tener éxtasis y raptos, que son más dañosos que útiles, sino solamente para haceros perfectas y verdaderamente buenas hijas de la Caridad. Vuestras resoluciones, por tanto, tienen que ser de esta manera: «Yo iré a servir a los pobres; procuraré hacerlo de una forma sencillamente alegre para consolarles y edificarles; les hablaré como a mis señores…» (SVP, IX 46s).
¿Se diría mejor? Los pensamientos elevados son sospechosos. Las promesas hechas y cumplidas son ejemplares. Nos instalan en Dios, luz de nuestros corazones: Jesucristo, Salvador mío, te suplico que repartas en abundancia a la Compañía el don de la oración, para que, por tu conocimiento, puedan todas adquirir tu amor (SVP, IX, 391).
Misioneros Paúles de la Provincia de Salamanca
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