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nov 122013
 

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Nacimiento y primeros años

Cesárea Ruiz de Esparza y Dávalos llega al mundo. La Providencia le ha preparado un cálido hogar en la tranquila y señorial ciudad de Aguascalientes. Las dificultades asoman a su existencia con el mismo nacimiento, donde peligra tanto su vida como la de Doña Bruna, su buena madre; según el decir de la misma Cesárea «al nacer tuve vida de milagro porque nací sofocada y fui sietemesina». Los cuidados que recibe de sus familiares, principalmente de su señor padre, hacen que sortee el momento dificil de su llegada a este mundo, jueves 27 de agosto de 1829. Como miembro de familia profundamente cristiana, a los cuatro días de nacida, recibe las aguas bautismales de manos del Pbro. Don Ignacio Marín, en la Parroquia de la Asunción, donde cuatro años antes, sus padres han bendecido su unión matrimonial.

Su familia numerosa: catorce hermanos, de los cuales sobreviven cinco mujeres y dos hombres. Ella fue la cuarta hija del matrimonio formado por el Sr. Lic. José María Ruiz de Esparza y Peredo y la Sra. Doña María Bruna Dávalos Rincón Gallardo. Especial relevancia tienen su hermana Refugio, menor que ella, esposa de Juan Vega, ambos fueron los padres de Josefa y Miguel, quienes quedaron huérfanos a tierna edad, en el lapso de diez y seis días en el año de 1864 y a los que Cesárea sirvió de madre; Juliana, nacida en 1836, compañera de ideales de Cesárea, que ingresó con las Hijas de la Caridad, sufriendo el destierro decretado por Lerdo de Tejada; esta santa religiosa murió en Burgo de Osma, provincia de Soria, en España; José Justo Pastor, que al alejarse de la casa paterna cortando los estudios de abogacía que realizaba, determinó cambiar su nombre por problemas tenidos con su padre, adoptando el de Juan E. Hernández Dávalos con el que se distinguió como historiador, compiló abundantes documentos relacionados con la Independencia y coleccionó más de 75 volúmenes, habiendo dejado sin publicar abundante material.

Experiencia espiritual

Los años de su niñez fueron importantes, pues en ellos se inclinó en el conocimiento y amor profundo del Señor, ella misma escribe: «Uno de los beneficios de Dios del que vivo agradecida, es el de haberme dado padres católicos y que tuvieran temor de Dios». Y en otro lugar expresa: «Como las madres son las que despiertan en la niñez el alma de la virtud, mi mamá, a más de los frecuentes consejos para grabar en nuestro tierno corazón horror al pecado, nos inclinaba a la oración».

«Rezaba el cuaresmal con la hermana mayor; yo y otra menor, luego que leía el punto y apagaba la vela, nos dormíamos, apenas sentía cuando me llevaban a la cama, tendría yo como nueve años, esto fue poco tiempo. Después con gusto la acompañaba a rezar sus devociones, casi todas las aprendí de memoria y las más las seguí muchos años».

Esta confesión de Cesárea indica diáfanamente la hondura religiosa de su hogar y de su formación en los años clave de su vida, los de su niñez. Sin todavía comprender las profundidades de la vida de oración, se inicia en ella y es su propia madre la maestra que la hace dar los primeros pasos en la vida del espíritu. Lo que al calor del regazo maternal aprendió quedó profundamente grabado en su ser. Una de las devociones más arraigada de la Sierva de Dios, es a la Santísima Virgen María, a quien ella llama «Mi tierna madre».

El trato que ella da siempre a la Sma. Virgen María es sumamente tierno y respetuoso, esto nos habla de un corazón que ama verdaderamente; releyendo algunas de sus cartas nos encontramos lo siguiente: «Mi tierna madre», «Mis queridísimos Padres María y José», «Madre mía», «Mi querida Madre». Cuando nombra o invoca a la Sma. Virgen María no la puede separar de José y de Jesús, es decir ama y venera a la Sagrada Familia. Esta devoción y la de la Santísima Trinidad serán centrales en el Carisma Fundacional que posteriormente recibirá, vivirá y legará a sus hijas.

Adolescencia y juventud

Cesárea ha llegado a la adolescencia. Luce graciosamente sus catorce años viajando nuevamente con la familia a su tierra natal de Aguascalientes, donde permanece un año.

Los intereses sociales y económicos de los Ruiz de Esparza y Dávalos son motivo del retorno a la ciudad de las minas. Allí en Zacatecas, cuando Cesárea tiene quince años, manifiesta que vive plenamente su adolescencia; se observa, descubre las riquezas de su femineidad, por eso nos dice: «allí comencé a sentir inclinación a la compostura». Viendo a distancia esta realidad y habiendo descubierto el máximo calor en seguir a Cristo, dirá: «gracias a Dios me duró poco más de un año».

La historia se va gestando y va cargada con sus valores y sus rasgos específicos, muchos de los cuales se nos antojan más amables. Uno de éstos es, tal vez, la sobria y rigurosa educación que le tocó vivir a Cesarita. Ella narra el cuidado y vigilancia que su madre, en especial, tenía de ella y sus hermanas: «No permitía que tuviéramos amistades, muy pocas veces salíamos a visitar, no permitía que tuviéramos familiaridad con los criados, ni con los parientes… nunca nos dejaba solas y cuando algunas señoras platicaban cosas que no convenían, nos hacía una señal y luego nos salíamos…»

Cristo su centro

En este círculo, que también era de selecta cultura y de afición a buenos libros, había un eje que centraba la vida de Cesárea: la amistad con Cristo.

Cesarita entendió la renuncia para el seguimiento de Cristo. «…siendo joven de dieciséis años, sentí deseos de tener una vida retirada… en esa edad renuncié a las vanidades del mundo, adornos y amistades, establecí un método de vida dado a Dios, como estaba apoyada por mi mamá tenía tiempo para hacerlo…»

En el ofrecimiento diario de obras, invoca siempre a María como a su dulce Madre del cielo y le pide le enseñe a amar a Jesús; de este amor y conocimiento, nace en su corazón, el anhelo de ofrecerse como víctima de amor al Padre, por manos de María y José; ofrecimiento que con frecuencia renueva.

En el itinerario de su caminar con Cristo, sorteará los escollos. En esta ocasión, en su temprana juventud, experimentará desconcierto y escrúpulos: «me confesaba con el padre Guardián del Colegio de Guadalupe, no se podía dedicar a dirigirme como yo lo deseaba y me propuse formar mi espíritu yo sola, me dediqué a la oración y a la lectura, tomé por maestro para la oración a San Francisco de Sales. Formé mi espíritu muy tímido, con esto sufrí mucho algunos años y mortifiqué a mi mamá. Había épocas en que todo se me hacía pecado y no quería ni hablar«.

Cuando verdaderamente se da el encuentro con Cristo, su proyección se deja sentir de inmediato en las realidades terrenas. Cesárea es la joven responsable capaz de colaborar en la conducción de su hogar… «a la vez mamá me hizo cargo del gasto de la casa y del cuidado de los criados«.

La permuta que obtuvo el Licenciado Ruiz de Esparza, de pasar, como Juez del Distrito de Zacatecas, al de San Luis Potosí, determinó el cambio de residencia de la familia cuando la protagonista de este relato, tenía dieciocho años.

Consagrada en el mundo

San Luis Potosí, otra estampa colonial, será la ciudad que albergará la juventud de Cesárea.

El influjo de la persona de Cristo en ella se hace de manera especialmente relevante en esta época, con la consagración que hace de sí a Dios cuando ha cumplido diecinueve años. Su padre había mandado tallar en madera la imagen de Dios hecho Niño, con el fin de obsequiar a su querida hija con un regalo tan de su agrado. La joven, a su vez, ofrendaba al Niño todo su amor, manifestado de mil maneras; mandó grabar un anillo, que recibió de uno de sus tíos, con las iniciales J. y C. En una sencilla e íntima ceremonia simbolizó su consagración:

«…el jueves 12 de octubre de 1848, día de Nuestra Señora del Pilar, mi confesor el M.R.P. Ignacio Sampayo, Guardián del Convento de San Francisco, estando yo en la Sacristía, bendijo el expresado anillo, me lo puso y me dio por esposo al Niño Jesús; en aquel acto hice una comunión espiritual y avivé la fe que mi madre Santísima y mi padre Sr. San José eran mis padrinos como tanto se lo había suplicado. Al Niño le puse un anillo con la inicial C«. En torno a esta entrega giran los primeros años de su juventud. «…Puse todo mi afecto en el Niño, no solo con cosas exteriores… sino con afectos del corazón en la oración y dentro del día con jaculatorias, actos de contrición, de amor, comuniones espirituales, besar el anillo, hacerlo todo por su amor con el fin de agradarle, a más de la oración de por la mañana, luego que oscurecía me iba a sus pies a hacer oración y rezas mis devociones… En el adviento hacía los ejercicios y lo velaba la noche de Navidad«.

Cuando Cesarita se desposa con Jesús Niño, escoge a la Sma. Virgen como madrina, siempre al lado del Señor San José. Después de estos místicos desposorios, Cesarita forma parte de la Sagrada Familia de Nazaret; esposa de Jesús, Hija de María y del Señor San José; a partir de esa entrega total, su vida espiritual se transforma.

María, la joven que vive una vida desconocida, secreta, oculta ante los ojos del mundo pero muy conocida ante los ojos de Dios, es su maestra de oración y de la práctica de todas las virtudes, principalmente de la humildad. Cesarita se identifica así con su Madre del cielo y se deja cultivar por el Espíritu Santo.

Responsable de la familia

La serenidad de la clara mañana de su vida juvenil va a alterarse, ensombreciéndose por fuertes momentos de dolor, crisoles de su fecunda vida.

En 1856, cuando ha cumplido ya veintiséis años, muere su madre y la madura joven se queda al frente de su hogar. «…El día que fue sepultada, reunió mi papá a la familia… les dijo que habiendo faltado mi mamá, aunque yo no era la hermana mayor, pero que todos se habían de sujetar a mi dirección, los exhortó a la obediencia y dejó a mi cargo la casa…»

Cesárea ha dado el paso de vivir con la persona de Cristo, a experimentar su misterio y el de su Iglesia, de conocer al Señor en sí mismo, a redescubrirlo en la propia intimidad; su fe se va transformando en una fe adulta.

Comienza desde entonces de un modo especial a humillarse profundamente ante Dios y ante los hombres, sus actos de virtud eran cada día más perfectos, pudiéndose decir con toda verdad, que dirigida por el Pbro. D. Jesús Mota, iba a pasos de gigante de virtud en virtud.

Le escribe al P. Vilaseca: «Para gloria de Dios, vergüenza y confusión mía, digo a usted, padre mío, que me hizo mi buen Dios la gracia de tener mi espíritu muy recogido. A cada cuarto de hora poníame en la presencia de Dios, hacia un acto de contrición, una comunión espiritual y un acto de amor unas veces, y otras lo hacía de humildad, o de aquella virtud que más necesitaba. A más de estos actos, a cada hora ofrecía el deseo de agradar a Dios en todas mis acciones y sufrimientos, me ofrecía en sacrificio con mucho afecto y con positivos deseos de que Dios hiciera de mí lo que fuera su divina voluntad».

Juventud que transforma en adultez

INMOLACIÓN-VIDA NUEVA. Dos años de abnegada atención a su padre y a sus hermanos, antes que contraigan nupcias. Al casarse ellos, quedan solas Cesárea y Juliana y deciden ingresar a la Vida Religiosa. En Abril de 1858 salen de San Luis Potosí con el ideal firme: Juliana de ingresar con las Hijas de la Caridad, y Cesárea con las Concepcionistas, pero al ser rechazada por la familia, no logra su intento; como María y José no existe albergue para ella.

La vida cristiana es esencialmente un acontecimiento de amor y su desarrollo sigue una trayectoria determinada. Después de diez años de gozo espiritual, Cesárea es purificada. Ella, anota en su biografía: «…con la vigilancia de mis hermanos… no tenía tiempo de dedicarme a las cosas espirituales… no dejé la frecuencia de los sacramentos, ni del todo la oración… me disipé de la presencia, de Dios… estuve algún tiempo como azorada, fastidiada del mundo, muy abatida».

Cesárea ha descubierto la voluntad de Dios en los acontecimientos y se empeña en buscar los medios para que su hermana Juliana logre consagrarse a Dios, por eso suplica a su tía la lleve a la Hacienda de la Quemada a vivir con uno de sus hermanos. Allí en la soledad, el silencio y la quietud, la presencia de Dios que alimenta por la lectura espiritual y la oración colman su deseo fuerte de una vida contemplativa aun cuando confesaba: «A pesar de mis devociones no pude tener el espíritu con recogimiento, como deseaba, porque mi imaginación se ocupaba en recuerdos tristes de los acontecimientos que en dos años hubo en la familia». Después de seis meses regresa a San Luis y la generosidad de una persona piadosa le facilita el ingreso al Beaterio de Salesas donde se dedica a una vida intensa de lectura espiritual y oración.

Nuevas purificaciones

Los ocho meses de su estancia allí se interrumpen para volver con su padre, porque la segunda esposa de su papá, después de haber gastado todo lo que pudo de la casa, lo abandonó enfermo, paralítico y escaso de recursos.

Cesárea, dada su fina psicología, vive intensamente las vicisitudes de este período: enferma, con un pequeño a su cuidado, porque murió su cuñada y le dejo a su hijo. ¡Muere su padre! el 25 de abril de 1861, dejándola de albacea. ¡Muere el pequeño sobrino!

Dificultades como albacea, porque sus cuñados no le permitían un pago de dinero que estaba cierta debía su papá y, por justicia, renuncia ante un juez.

¡Muere su hermana Refugio y su cuñado Juan Vega!, nueva responsabilidad de dos pequeños, porque ellos le dejan a sus hijos Josefa y Miguel. ¡Al frente de ún mostrador! Temerosa de que las rentas no le fuesen suficientes para sus gastos, abre un estanquillo. En 1869 Cesárea se traslada a México a la casa de su hermano Juan; nuevas dificultades por la convivencia de los pequeños sobrinos, la hacen separarse de él, y buscar nuevo modo de subsistir. Se dedica a asistir a seis jóvenes que estudiaban medicina.

Esta etapa en la vida de la Madre Cesarita le sirve de preparación inmediata a su vocación de Fundadora. Ella desde su más tierna edad amó y honró a la Santísima Virgen. En su autobiografía, cita las devociones que practica, el rezo del rosario completo todos los días, el oficio Parvo, rezo del viacrucis, amante de la oración mental y vocal, exacta y puntual en los quehaceres. Más tarde en el Hospital de San Andrés, dirigido por las Hijas de la Caridad, se desempeña como una de las celadoras más distinguidas; por el amor a tan dulce Madre, logra, junto con tres compañeras que ingresen 1042 personas a la Asociación de Hijas de María. Cesarita crece cada vez más en la vida espiritual, cada cuarto de hora se pone en la presencia de Dios, hace un acto de contrición, una comunión espiritual y un acto de amor o de humildad.

Se establece la Asociación de Hijas de María en el Hospital de San Andrés

El 8 de septiembre de 1863, fiesta de la Natividad de Nuestra Señora, se establece la asociación de Hijas de María Inmaculada, en el Hospital de San Andrés de la ciudad de México. Su lema era: Pureza, Trabajo y Obediencia.

Su objetivo: Vivir intensamente en Cristo y por Cristo, tomar en serio el evangelio y buscar la perfección del amor. Para lograr dicho objetivo, acogerse a María, camino que más directamente conduce a Él.

La Juventud Mariana vive valores morales y espirituales: respeto, fraternidad, justicia, generosidad, pureza, laboriosidad, amor. La joven las encuentra realizadas en Cristo, su maestro, su modelo, ese Cristo que se hizo niño, y fue creciendo pasando por la adolescencia y la juventud, para llegar a la edad madura y poder realizar la obra que tenía encomendada: dar la vida por la salvación de los hombres. Aquí, la joven encuentra el verdadero sentido de la vida: encontrar aquel tesoro, por el cual vale la pena sacrificarlo todo, con tal de poseerlo; cómo responder a la propia vocación, siguiendo las inspiraciones de lo alto; cómo vivir en la alegría aún en medio de la.pobreza, cuando ésta nos llena de las riquezas de Cristo; y es así como: el 4 de junio de 1871, la Sierva de Dios Cesárea Ruiz de Esparza y Dávalos es recibida Hija de María, en el hospital de San Andrés, a donde había llegado el anterior abril.

El Padre Vilaseca considera este tiempo en la vida de Cesarita como un tiempo valioso de preparación para la Misión de Fundadora que el Todopoderoso le tenía asignada.

Fundadora

La hora del llamado a fundadora se acerca. La vida interior de Cesárea, en el Hospital de San Andrés, se expresa en una vida de servicio al hermano: una vida muy recogida y dedicada a la oración, asistencia de los que entraban en agonía ea la sala de cirugía.

El Hospital de San Andrés, atendido por las Hijas de la Caridad, es el sitio elegido por Dios para revelar a Cesárea la misión para la que había sido preparada en los años precedentes: Fundadora.

El ritmo individual interior y espiritual de Cesárea, se va revelando a lo largo de su historia, que comenzó con la elección divina. La disponibilidad, flor de su amor, se abre en plenitud para dejar penetrar el deseo de Dios (en agosto de 1872. Ella escribe: «El día 24 comencé un retiro… me propuse dedicar los tres días a la oración sin tomar puntos.«).

José María Vilaseca, el celoso misionero, se ha cruzado en su vida; Dios se le hace presente por su medio y los asocia haciéndolos padres de un nuevo Instituto: la Congregación de Hermanas Josefinas. Sale del retiro el día 27. Ella sabe que su oración ha sido oída y que ésa era una prueba de la voluntad de Dios. El discernimiento de Cesárea aflora en las consultas que realiza para confirmar lo que le pide el Señor. Lo anota en sus escritos: «Yo no resolví luego hasta que lo consulté con mi Director, le comuniqué lo del retiro y la invitación de usted, me dijo que era obra de Dios y me dio permiso para hacer la Fundación«.

El elemento de Dios llega: La Iglesia, tierra siempre fecunda, recibe amorosa la semilla nueva de un naciente instituto, a pesar de la persecución religiosa que han desatado las leyes injustas en la República Mexicana, y así comienza la labor. «El domingo 22 de septiembre de 1872, día en que la santa Iglesia celebra los dolores de Nuestra Madre Santísima, a las seis de la tarde fue la Madre Sor María Alvarez y la Madre Sor Mariana Luna a llevarme a una vivienda en una casa en la calle de San Felipe de Jesús, donde había cuatro niñas y tenían una escuelita, con estas cuatro niñas comencé la fundación«.

El carisma que el espíritu está generando en la Iglesia de México, se avala al cobijo del báculo del Pastor y Cesarita sigue narrando: «El 19 de octubre nos presentó nuestro Padre con el Ilustrísimo Sr. Arzobispo Dr. D. Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, nos recibió con mucha caridad, nos hizo una pequeña exhortación animándonos a que nos consagráramos al servicio de Jesús, María y José, dedicándonos a la enseñanza de la juventud«. Cristo se queda con las primeras Hijas de María y de José, para decirles su amor, fortalecerlas y hacer madurar el carisma en su vida cotidiana, el 28 de febrero de 1873.

La historia de la vida religiosa nos revela que los fundadores son llamados por Dios, para ser gigantes en la santidad. Santidad que implica grandes sufrimientos. El encarcelamiento del Padre Vilaseca es otro momento de ascensión en una larga trayectoria de dolor de la Madre Cesárea como Fundadora. La siguiente estación del «Subir a Jerusalen» se deja ver como un cincel modelador de la talla de Madre Cesárea en las manos del Padre y es el destierro del P. Vilaseca, quien se embarca para Europa el 17 de octubre de 1873. Por un año y tres meses la valerosa Fundadora conduce sola el timón de la Congregación en tiempos aciagos y de persecución religiosa. En 1875, el Fundador vuelve.

Fundaciones

Se establece la primera casa en Tacuba, una escuela gratuita para niñas pobres. Se fundan casas en la ciudad de México y en diversos lugares de la República, la madre Cesárea recorre incansable caminos dificiles, vence obstáculos, resuelve situaciones, preve, dispone, establece, azompaña y enseña a sus hijas: Huajuapan de León, Veas, San Vicente de Puebla, San Andrés Chalzhicomula colegio y primer hospital, Analco, Huichapan, San Agustín Tlaxco, Aculco, Manzanares…

La Madre Cesárea ha acogido la buena nueva en una perspectiva concreta: Cristo sencillo, Cristo humilde, Cristo celoso de la salvación de los hombres va fraguando su vida, su vocación personal y su vocación de Fundadora viviendo como esposa fidelísima, como hija de María y de José en la comunidad de Nazaret y para conservar a Cristo en ella y en sus hermanos.

Ve a la familia de Nazaret cumpliendo los planes del Padre y trata desde sus inicios de gozar de la unión con Dios y del amor mutuo que se difunde en los miembros del hogar de San José. Elegida por Dios para atender a las urgencias de la Iglesia, responde a la lectura de los signos de los tiempos consagrándose a cuidar la vida de Cristo en la niñez, en la juventud, en el enfermo y en todo necesitado. Su vasta cultura, aunada a su simpatía, hacen de la Madre Cesárea la formadora afable y sencilla, firme y esforzada, personalmente enseña a sus hijas desde los oficios más sencillos hasta la mejor manera de dialogar con Dios. Su corazón de Madre se derrama en solicitud para aquellas primeras hermanas, que fueron motivo constante de su preocupación, que hicieron exultar su alma de gozo con sus éxitos en la virtud y derramar lagrimas amargas.

Nombre primitivo de la Congregación

La Madre Cesarita expresa en sus apuntes autobiográficos: «Entre el gran número de hijas de María que estaban establecidas en México, fuimos elegidas unas cuantas, sin tener instrucción, ni civilización, ni bienes de fortuna para ser también felices Hijas de María». Una de las características que sobresalen en la vida de M. Cesarita es su gran amor a la vocación, que transmite gozosamente y lo cultiva entre las Josefinas.

El nombre primitivo con el que se les conoce en los inicios de la fundación y que se prolonga por varios años es precisamente el de «Hijas de María y del Señor San José», porque varias de ellas antes de ser religiosas fueron Hijas de María. El Padre Vilaseca escribe en su relato histórico al respecto: «Concluyamos pues, este capítulo, dándole al Señor las más expresivas gracias por los muchos, muy notables y muy continuados beneficios que se ha servido concedemos, aún en medio de nuestra miseria que, a la verdad, ella ha sido tanto mayor cuanto más notables fueron los beneficios de Dios hacía nosotros; dándole gracias las más afectuosas, porque sacando del mundo una juventud muy instruida y propia para la virtud, iba apoderándose de su corazón hasta transformarlas en dignas esposas suyas; dándole las gracias más expresivas a nuestra queridísima Madre la Santísima Virgen María, que se sirvió de su protección para que muchas hijas de María se animaran a hacerse Josefinas, e ingresaran en el nuevo instituto.»

También encontramos varios libros escritos por el Padre Vilaseca para la formación de su incipiente Congregación, algunos de estos dedicados por la Madre Cesarita y que se refieren a ellas como «Hijas de María y del Señor San José». Madre Cesarita escribe: »… Al ver nuestro padre el número de nuestros Establecimientos con los que ya nuestro Señor nos había bendecido, compuso para nuestro uso la primera obrita impresa que se titula ‘Instrucción para las Hijas de María del Señor San José, empleadas en la enseñanza de la juventud'».

En otro lugar encontramos: «Este precioso librito compuesto por nuestro padre, se titula: ‘Libro de oro para las Hijas de María del Señor San José’. En verdad libro de oro, con el que compraremos la preciosa perla de la humildad, y nos libraremos de la maldición de Dios, que cae sobre la comunidad que se ensoberbece, así como sobre cada uno de los miembros soberbios y orgullosos«.

Asociaciones establecidas

Cuando las primeras Josefinas llegaron a ocupar lugares y obras que habían dejado las Hijas de la Caridad, se encontraron que en algunas obras ya había oratorio y ya estaba establecida la «Asociación de Hijas de María», como lo constatamos en lo siguiente, que escribe la Madre Cesarita:

«Salimos para Puebla el día 10 de noviembre, y tomamos posesión del Asilo de San Vicente, que tan dignamente dirigían las Hijas de la Caridad, situado en la calle de San Jerónimo Nº 1. Desde entonces lo había dirigido y sostenido el señor presbítero Don Victoriano Covarrubias, canónigo y persona muy respetable por su virtud y gran prudencia. Había en el colegio treinta y cuatro niñas, tenían un Oratorio decente y en él establecida la Asociación de Hijas de María«.

…»El 1 de enero de 1876, nos hicimos cargo del Colegio y Hospital de San Andrés Chakhicomula, el que dignamente dirigía y sostenía el señor Cura Pontón. La nueva casa que recibieron tenía oratorio y Asociación de Hijas de María, fundada por las inolvidables Hermanas de la Caridad«.

Todas las Primeras Constituciones o Reglas Comunes están dirigidas a las «Hijas de María y del Señor San José». El Padre Vilaseca en el Relato Histórico escribe: «Notemos con palabras de la venerable madre ese feliz tiempo de la cuna de las Hijas de María del Señor San José que escribió en el librito de apuntes de esta manera: Nos dio nuestro buen padre las santas reglas, con deseos positivos de que nuestras casas fueran una verdadera copia de la casa de Nazaret, consagrándonos al servicio de Jesús nuestro divino Esposo, de María nuestra tierna madre y de José nuestro buen padre… si así obramos, hemos de afirmar que por medio de nosotras las Hijas de María Josefinas se producirán óptimos frutos de salvación de las almas. ¡Oh, de qué no serán capaces nuestras Hijas si guardan las santas reglas!«.

En el segundo capítulo de las Primeras Constituciones se invita a las hermanas a «Amar, imitar y adorar a Jesús como a su Esposo. Amar, imitar y adorar a María como a su Madre. Amar, imitar y adorar a José como a su Padre«. Al mismo tiempo recomienda que estas prácticas se hagan con tanta perfección, de manera que el interior de cada hermana y cada comunidad sean un modelo de la Casa de Nazaret.

La devoción que M. Cesarita había iniciado desde que tenía uso de razón de invocar constantemente a Jesús, María y José y la búsqueda de la voluntad de Dios, se plenifica con el don del Carisma que recibe y el cual hereda a sus hijas.

La Sierva de Dios escribe: «El día 1° de enero de 1873, tuvimos la dicha de que nuestro padre nos hiciera la primera plática en la pieza destinada para Oratorio, y en el que tuvimos el gusto de que nuestro R. P. fundador colocara, en el mes de febrero, una hermosa imagen de la Purísima Concepción».

Las primeras Josefinas, como las hijas del Carmelo, que llegaban a una fundación y escogían la mejor pieza para su Amo y Señor y la adornaban con lo que podían, aun en medio de la escasez que en ese tiempo las invadía, adornaban con sus sencillos corazones el lugar que debía ocupar se divino Esposo Jesús y sus poderosos padres, María Santísima y el Señor San José.

Esponsales definitivos

El don divino realizado en la vida de la Madre Cesárea va alcanzando la meta. El encuentro definitivo que transformará su esperanza llega. El velo que escondía la figura de Cristo cae. Es el 24 de abril de 1884. Unos días antes escribe: «Terminó mi misión por decreto de la Divina providencia… por lo que bendigo (a Dios), lo adoro, lo glorifico a toda hora hasta el último día de mi vida…» Su amor a Jesús, María y José toma por última vez las palabras como vehículo de su expresión y sellan sus labios para siempre. Resuena aun su voz moribunda que con el último aliento exclama: «Jesús, José y María yo os doy mi corazón y el alma mía».

La Madre Cesárea se ofreció como víctima en favor de su Congregación. El Señor aceptó su entrega. Como víctima subió al calvario y murió en cruz. Ella no ve consolidada la obra que ha iniciado. Muere para que su Instituto cobre vida.

La historia de la Madre Cesárea puede cerrarse y abrirse con el símbolo del grano de trigo que, oculto bajo la tierra, se levanta para mostrar la figura que lleva grabada de Cristo anonadado, muerto y resucitado. Con esto callaba, pero evidentemente proclama a través de su vida que sólo Cristo es el Camino, la Verdad y la Vida.

«TODO POR LA GLORIA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ».

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