San Vicente de Paúl y san Juan de Dios

Créditos

Autor: J. Guichard, C. M.. • Año de publicación original: 1980. • Fuente: Anales españoles 1980. • Tiempo de lectura: 16 minutos.

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Tan universal fue la acción caritativa de San Vicente, tan por encima de toda humana consideración estuvo su espíritu, fue su genio tan personal y potente, que se requiere gran precaución y reserva cuando una u otra porción de tan vas­to conjunto es referida a alguna fuente determinada contemporánea o anterior. Además, él mismo quiso guardar el más estricto silencio en torno a múltiples he­chos de su vida que desearíamos saber y todavía rodean su existencia, en particular la juvenil, misterios profundos pese a haber transcurrido tres siglos. El dirá a menudo, hablando de sus principales obras —la fundación de los Misioneros y la institución de las Hijas de la Caridad—: «Yo no entro para nada; ni siquie­ra había pensado en ello. Todo lo ha hecho Dios.» Fórmula verdadera en el fondo, del todo sincera, que armoniza con la incomparable humildad del hombre de Dios. Mas precisa reconocer que, aun cuando Dios le condujese como de la mano, para que diera a los pobres una asociación de misioneros que les instruyesen en las verdades de la fe y un ejército de siervas cristianas que les aliviasen de sus males, él aportó de su persona la inteligencia y experiencia en la organización material y práctica de sus obras.

Todo lo secundaria que se quiera, esa aportación da pie a que le atribuyamos la paternidad de su obra y comprobemos que ésta se remonta hasta él mismo. Da también pie —siempre que la investigación ostente el rigor necesario— para que indaguemos las influencias que trabajaron su espíritu en la elección y adop­ción de los medios por los que darla cuerpo a la divina intención que le inspiraba. Vicente de Paúl fue por antonomasia el hombre de la Providencia: dejó que ésta le guiase como a un niño y él la siguió fielmente, yendo a una con ella, sin ade­lantarse —tales eran sus expresiones. La Providencia le indujo a fundar —entre muchas otras instituciones– las cofradías de la Caridad, la Congregación de la Misión y las Hijas de la Caridad, siervas de los pobres.

Cuando fue preciso organizar estas asociaciones, diseñar sus reglamentos, ar­bitrar medios de que alcanzasen su propósito, puede que él se inspirase en lo que habla visto y aprendido; puede que recurriese a lo ya hecho y lo utilizara del mejor modo en su trabajo. Los biógrafos han afirmado unas veces que Vicente de Paúl era berullano, otras que ignaciano —para Henri Bremond es un teocen­trista cuya espiritualidad acusa ante todo la influencia de los principios dogmáticos y místicos del cardenal Bérulle: manifiesta exageración, por no decir más—. Pero Vicente se atuvo al estricto Evangelio, y no se le puede encasillar en escuela alguna teológica o espiritual, lo que le haría protestar muy alto. Es más bien un independiente, original a toda prueba, que modifica cuanto toca y trans­forma cuanto recibe. De Francisco de Sales toma el método de oración, mas antes de darlo a sus hijos e hijas lo acomoda a su ideal. En el cardenal Bérulle capta numerosas inspiraciones; mas libera a éstas de la expresión enfática y redundan­te en que han sido vaciadas. Si creyésemos a los jansenistas, la Regla de los Misioneros dijérase mayormente préstamo de las Constituciones ignacianas —exa­geración sectaria y celotipia ansiosa de menoscabar al santo—.

Ahora bien, un atento examen revela, no sólo en el espíritu de la Regla de los Misioneros, sino aun en el texto, su cuño personal, y delata el pensamiento original del santo. Vicente ha de dar a los suyos preceptos comunes que San Ig­nacio había fijado ya, y si adopta las formas de éste que el tiempo había proba­do, no es ninguna maravilla: los textos comunes a una y otra regla son muy pocos, y todos ellos encierran preceptos generales comunes también a otros ins­titutos religiosos. Dígase en tales casos que la redacción anterior disfruta de es­pecial privilegio y es vana su recensión en términos sinónimos, cuando un santo ilustre la fijó con nitidez y la ha confirmado una experiencia secular.

De otro lado, la Regla de San Vicente extrae no pocas prácticas del reglamen­to de los sacerdotes del Oratorio, establecidas por el cardenal Bérulle y consig­nadas por el Padre Bourgoing, tercer Superior General del Oratorio de Jesús.

Por fin, en lo que atañe a los reglamentos diseñados para la asistencia de los enfermos, San Vicente acudió a una fuente muy rica, de la cual, por lo que nos consta, nadie se ha ocupado antes, a saber: las reglas de los Hermanos Hospita­larios de San Juan de Dios.

Cotejando entre sí a Vicente cit. Paúl y a Juan de Dios, puede legítimamente preguntarse cuál de los dos santos sale más honrado, si el incomparable maes­tro del siglo XVI o bien el discípulo cuyo nombre llenó el siglo XVII y sigue siendo el sinónimo de la Caridad. Para el ejercicio de ésta hizo Vicente de Paúl las primeras armas en la escuela de Juan de Dios, y los comienzos datan de muy temprano en su vida.

Cuando en 1607, a los veintisiete años, vuelve Vicente de Berbería tras un bienio de esclavitud, comparece ante el Legado de Aviñón; le acompaña, cual glorioso trofeo, su último amo, por él arrebatado a la apostasía y para el que obtiene la absolución del Papa. Al ex renegado fuele impuesto como penitencia el retiro al convento de los Fate Bene Fratelli, en Roma, donde se entregaría a la oración y a los actos de caridad.

A este antiguo amo suyo que va a recogerse en el hospicio, acompaña el joven clérigo. Conoce así Vicente a los superiores y religiosos, y con ellos traba las re­laciones más cordiales y asiduas. Durante el año que pasa en Roma no deja de visitar a menudo al religioso penitente, con quien se inicia en las visitas de cari­dad y en los cuidados a los enfermos.

Cuando parte en dirección a París, su intimidad con la orden de San Juan de Dios es tal como para pedir recomendaciones que le acrediten cerca de los su­periores en la reciente fundación de la reina María de Médicis. Y luego que ha cumplido en la corte de Enrique IV la misión secreta y del todo confidencial para la que le ha escogido Francisco Savary de Breves, embajador del rey de Fran­cia, decide alojarse al lado del nuevo hospital, ubicado en el barrio de Saint­Germain-des-Prés. Dedicado en un principio a San Juan Bautista, patrón de la capilla, no tardó en llamarse Hospital de la Caridad, designación que conservó hasta estos últimos años. El real rescripto de su fundación emanó de Enri­que IV. Fechado en marzo de 1602, reza:

Por relación que a Nos ha hecho la reina, nuestra muy cara y amada compa­ñera y esposa, estamos informado y cierto de la singular piedad, devoción, cui­dado y afecto para con los enfermos de los hermanos religiosos de la Con­gregación del devoto Juan de Dios, que Nuestro Santo Padre el Papa aprobó, confirmó y autorizó, tanto en Roma como en otras notabilísimas ciudades de Italia, y del bien y utilidad para el público de las ciudades donde ya están fun­dados sus hospitales, cuya principal misión, empleo, función y ejercicio, aparte el servicio de Dios, es recoger, alimentar, asistir, vendar, curar y dar sepul­tura a los pobres, así como otras obras de piedad y misericordia; consideran­do, pues, que la misma utilidad y comodidad puede obtenerse de un estable­cimiento en este nuestro reino, especialmente en esta buena villa de París, adonde acuden multitud y variedad de pobres, necesitados y acreedores al so­corro, auxilio y asistencia, con un orden más regular que el de los hospitales en ella establecidos; por estas razones, accediendo a la humilde súplica de nuestra dicha esposa, partícipe de su celo y de la singular ansia que sabemos tiene por ver establecida dicha Congregación y algún monasterio de su pro­fesión y orden erigido en nuestra dicha ciudad o sus suburbios; por el solo bien que ella desea y se promete para los pobres, y la piedad y compasión que de ellos tiene; habiendo ya ella misma destinado una casa muy apta y cómoda que sirva como lugar de retiro a algunos de dichos religiosos; deseo­sa de ampliar hasta donde sea posible el efecto de sus santas, piadosas y ca­ritativas intenciones, estando reconocidos los poderes que obran en Juan Bo­nelli… a dicho Bonelli, Vicario General de dicha Congregación, hemos otorga­do y concedido, otorgamos y concedemos, por virtud de las presentes, que Nos mismo hemos firmado, poder y permiso expreso, tanto a él como a sus cohermanos de dicha Congregación, para que moren en nuestro reino y vivan según las ordenanzas, reglas y estatutos de sus votos y profesión. A cuyo efecto, para que comiencen a establecerse, Nos place y deseamos que funden y erijan un hospital en esta dicha ciudad de París o sus suburbios; podrán, pues, dotarse de una iglesia, alojamientos, claustros, celdas y otras estancias y cámaras que les sean necesarias a fin de que moren, residen y habiten con las comodidades requeridas y necesarias al digno empleo de sí en lo que su profesión demanda, cumplimiento con el servicio divino, cuestación y postu­lación cerca de hombres de bien en dicha ciudad y suburbios, así como luga­res circunvecinos, al objeto de alimentar a los pobres enfermos y necesitados que se acogen a dicho hospital, y asimismo para el propio mantenimiento y subsistencia, percibiendo todas y cada una de las cosas que voluntaria y libre­mente les sean dadas, renunciadas, legadas y dejadas para dicho alojamiento, construcción hospitalaria y de dependencias, víveres, ropería, mobiliario, ajuar y otros requisitos de que habrán menester para establecerse y cumplir en la debida forma las funciones y obras pías a ellos prescritas por sus reglas, ordenanzas y estatutos, de las que disfrutarán y harán buen y debido uso, según la intención de los donantes, legatarios y bienhechores, y conforme a las leyes, reglas y estatutos de dicha Congregación.

En este establecimiento es donde sorprendemos a Vicente de Paúl al comienzo de su vida apostólica, atento a visitar a los enfermos, confortarlos en sus sufri­mientos, instruirlos en la religión, disponerlos a la salvación. A él cupo el mérito de dar a los piadosos eclesiásticos de la capital el ejemplo de esta ocupación, la más caritativa de todas. Junto con de Bérulle, su director espiritual, puede contársele entre los iniciadores de esta piadosa práctica. El santo Padre Bernard ven­drá más tarde para consagrarse por entero a ese apostolado, y la Capilla de la Caridad tendrá el honor de conservar su tumba por muchos siglos, mientras que él seguirá las pisadas de Vicente de Paúl.

Coste nos asegura: «Por el tiempo en que Vicente inicia sus visitas al Hospital de la Caridad, hallábase aún dicho establecimiento en un estado rudimentario y todo había que crearlo aún». Justamente aquel enero de 1610 habían obtenido los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios la confirmación escrita del rey que les permitía recibir legados, dones y aun postular en París, en su distrito y en todo el reino, para hacer que la construcción avanzase. El rey decía:

Damos a estos Hermanos religiosos a perpetuidad poder y permiso para pedir, postular y mendigar de hombres de bien, en las iglesias parroquiales, otras iglesias, monasterios y lugares, ya en nuestra ciudad de París, centro y capital de nuestro dicho reino, en los suburbios y parajes circundantes, o bien en todo el reino, para recibir lo que pública y voluntariamente se renuncie, legue o deje en favor suyo; y que sean recomendados en la predicación de dichas iglesias y en ellas tengan alcancías, recipientes, hombres y mujeres que recojan los donativos, limosnas y bienes a ellos destinados, y que durante la cuaresma y los días de abstinencia que la Iglesia señala compren cualquier carne y cuanto sea necesario a la alimentación y mantenimiento de todos los enfermos.

Pues bien, en el fondo del Chátelet de París, de los Archivos Nacionales, con­signada en los registros de la oficina notarial, con fecha 20 de octubre de 1611, ha aparecido un acta de donación de 15.000 libras turnesas al prior y a los religio­sos, la primera de 54 que figuran a nombre de Vicente de Paúl, abad comenda­tario de San Leonardo de Chaumes, territorio de Aunis, diócesis de Saintes, con­sejero y capellán de la reina Margarita, con actual residencia en París, suburbio de Saint-Germain-des-Prés-lez-Paris, rue de Senne, junto al palacio de la reina Margarita. En el documento se declara que el donante «obra» de su buen grado, franca y libre voluntad, por la devoción y afecto que siente hacia el Hospital de San Juan Bautista, de la Orden del Bienaventurado Juan de Dios, en el su­burbio de Saint-Germain-des-Prés…, y cuyo fin es proveer de más medios a los priores y religiosos de dicho hospital para que curen y traten a los pobres enfer­mos que diariamente acuden a recogerse en dicho lugar y también para ayudar­les, sea a completar el pago que se adeuda a dicho hospital en cuanto al resto de la construcción, en trance de llevarse a cabo, o a proseguir más adelante, al objeto de alojar más holgadamente a los religiosos dichos de dicho hospital, como también por otras buenas y santas consideraciones….

Vicente de Paúl tuvo sin duda a lo largo de la vida muchas ocasiones de de­mostrar su estima y profundo afecto hacia los religiosos del Venerable Juan de Dios y favorecerles con su prestigio cuando llegó a ser un distinguido personaje en la corte y entre el clero de Francia. Hubo de asistir sin duda en primer plano, entre los amigos de la Orden, a las solemnes fiestas celebradas en 1630 con mo­tivo de la beatificación del fundador, Juan de Dios. La historia de su vida ha enmudecido en torno a esos hechos.

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San Juan de Dios

Debemos aducir pruebas de la dependencia —en sus organizaciones de cari­dad— de que llevaba en el corazón de modo especial la Regla de los Hermanos Hospitalarios. Lejos de ocultarlo, alude a ello con bastante claridad en el prólogo al Reglamento de la Cofradía de Chátillon-les-Dombes. Observemos incidentalmen­te que: 1.°, Ese reglamento es el prototipo por el que se modelaron los demás; 2.°, se remonta a 1617; 3f, el original autógrafo subsiste aún en los archivos mu­nicipales de Chátillon. El santo, pues, se expresa de este modo:

Se llamará a dicha cofradía «de la Caridad», a imitación del Hospital de la Caridad de Roma, y a las personas que principalmente la formarán, siervas de los pobres o de la Caridad.

Por boca del propio fundador sabemos, pues, que el apelativo «de la Caridad», típico de sus cofradías y de los miembros que las forman, se empresta a los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios, establecidos en París y en Roma. Las cofradías de la Caridad de San Vicente, las Damas de la Caridad que las constituyen, la Compañía de las Hijas de la Caridad que en éstas tuvo origen, lle­van deliberadamente el apelativo «de la Caridad», tomado a la Orden de San Juan de Dios. Cierto, fue San Vicente quien popularizó esta hermosa palabra —no la hay más grande en la religión cristiana—, mas tomábala a una obra un siglo más antigua.

Es muy significativo que San Vicente recuerde aquí el Hospital de Roma, em­plazado en la isla de San Bartolomé, en medio del Tíber, el convento de los Fate Bene Fratelli; a él había conducido a su amo converso: su recuerdo era sin em­bargo anterior al del suburbio de Saint-Germain-des-Prés. Puede extraerse de ahí una prueba de la verdad histórica de su vida en Roma, así como de la reali­dad de su esclavitud, contra quienes han osado negarla.

Al testimonio positivo de Vicente se añade también la dependencia de algunos puntos del reglamento de la cofradía de Chátillon respecto a la antigua regla de los Hermanos Hospitalarios. La semejanza entre ambos es evidente y hay puntos que parecen haber sido asumidos tal cual. Percíbese, en los avisos de San Vicen­te a las damas que visitan a los enfermos, la derivación de la Regla de los Her­manos Hospitalarios y la adopción de algún punto concreto, como la camisa blan­ca, las sábanas limpias, la confesión, etc., donde el Reglamento parece calcar a la Regla:

REGLA DE LOS HERMANOS

Cuando un enfermo se reciba en el hospital, que un religioso le lave los pies con alguna yerba aromática y lo desnude; que le dé una camisa o cami­seta, un gorro —todo ello muy blanco—, una boina, zapatillas, lo necesario para el cuarto, y suavemente le inste a confesarse o purificar su alma, mien­tras se emplea en curar sus males corporales; llévelo o hágalo luego llevar a un lecho provisto de sábanas blancas, con un vaso, una taza, una escupide­ra, una bacinilla y una banqueta al lado; que le calienten el lecho si hace frío o el enfermo se acuesta solo.

El convento tiberino de los religiosos de San Juan de Dios fue fundado en 1584. He aquí por qué se designaron así sus religiosos: En los comienzos, éstos iban por la ciudad con una hucha mendigando y diciendo: Fate bene, fratelli per l’amor di Dio. Los religiosos de esta orden observan la regla de San Agustín y distribuyen su vida entre la penitencia y el cuidado de los enfermos. La mayoría de ellos son legos, con sólo uno o dos sacerdotes, que a ellos mismos y a sus enfermos hacen de capellanes. Nacida en España, esta congregación se extendió rápidamente allí, en Portugal, Italia y Francia. Por el tiempo de la Revolución, sus diversas provincial) sumaban los 3.000 religiosos y 280 conventos.

Si interesa esta cuestión, véase nuestro Saint Vincent de Paul esclave á Tunis, París, 1937, en 8.., lujosamente editado por Desclés de Brouwer. Se hallarán numerosos documentos nuevos con la refutación de las especiosas objeciones de los neocríticos.

 

REGLAMENTO DE SAN VICENTE

Lo primero que hará (la Dama de la Caridad) es ver si el enfermo necesi­ta una camisa blanca, y si es así, llévele una de la Cofradía, con sábanas blancas donde las haya, siempre y cuando él mismo no esté en condiciones de procurarse dicha ropa blanca. Después le inducirá a hacer confesión para que pueda comulgar al día siguiente, pues es propósito de dicha cofradía que confiesen y comulguen los que a ella se acogen; antes que otra cosa alguna, le llevará un crucifijo, que colgará donde él pueda contemplarlo, y considerar cuando alce los ojos lo que el Hijo de Dios sufrió por él. Le llevará además los enseres que necesite, como una mesita, una servilleta, un cubilete, una escudilla, un plato y una cuchara…

Se puede asimismo observar de nuevo la homogeneidad de pensamientos, de expresiones y de método en las recomendaciones a propósito de las comidas, que el santo hace por escrito a las damas de la Caridad de Chátillon, y que pueden asimismo hallarse en las citadas constituciones de los Hermanos: I.° Hacer que el enfermo se lave las manos; 2.°, recitar el Benedicite y la acción de gracias; 3.0, ayudar a ]os pacientes imposibilitados.

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Pero es de notar sobre todo el método empleado, que San Vicente muestra haberse apropiado del todo, poniendo en él trazos geniales que fluyen de su co­razón sensible y de su espíritu de fe, como cuando escribe:

Caritativamente invitará a que el enfermo coma, por amor de Jesucristo y de su Santa Madre, todo con cariño, como si fuese un hijo propio, o más bien del mismo Dios, que considera hecho a sí el bien hecho a los pobres. Le dirá alguna breve frase de Nuestro Señor en este sentido, lo consolará si está afligido, si es preciso le desmenuzará la carne y servirá de beber.

Viene a continuación este rasgo de delicada y sublime caridad:

Si hay alguien próximo a aquel enfermo, lo dejará y acudirá a tratarle del mismo modo, acordándose de comenzar siempre por el que tenga a alguien junto a sí y terminar por los que están solos, de suerte detenerse más con ellos

Las antiguas constituciones de los Hermanos de San Juan de Dios, que San Vicente tuvo en la mano, decían:

Poco antes de la comida, un religioso hace que los enfermos se laven las manos, mientras otro se las seca y besa humildemente; otros dos extienden las servilletas, arreglan adecuadamente los lechos y hacen se recite un Pater y Ave por los bienhechores. A la hora de comer se da la señal (son de cam­panilla), los religiosos acuden cada cual desde su oficio a las salas y, recitan­do alternativamente los versículos del Laudate Dominum o del Miserere, lle­van el caldo, la menestra, los huevos, la carne y todo lo demás: el Superior recita el Benedicite y el religioso enfermero da a cada enfermo lo que le está prescrito; los demás ayudan a que los enfermos tomen el caldo y demás alimentos.

San Vicente escribía en su Reglamento:

La (dama) a quien toque aprestará la comida y la llevará a los enfermos, acercándose a ellos con un alegre y caritativo saludo; sobre el lecho acomo­dará la mesilla y encima pondrá una servilleta, un cubilete, una cuchara, el pan, hará que el enfermo se lave las manos y dirá el Benedicte, verterá me­nestra en una escudilla y pondrá la carne en un plato, todo lo cual dispondrá sobre la mesilla.

Vicente de Paúl miró; pues, en torno a sí, como el obrero de Dios sabio y pru­dente que era. Las pruebas de su estima por la obra hospitalaria de San Juan de Dios están en el apelativo «de la Caridad» con el que designó todas sus obras y en la infiltración de las santas reglas de esa orden, comprobada ya en el pri­mer código de la Caridad, escrito de puño y letra de Vicente para las cofradías de damas visitadoras de los pobres enfermos: Son dos puntos demostrados y fue­ra de cuestión.

Hay todavía un tercer punto de semejanza, y es: Los votos anuales que esta­bleció para las Hijas de la Caridad se inspiran en los votos de los Hermanos Hospitalarios. Pero mientras que los de éstos son perpetuos y solemnes, quiso Vicente que los de las siervas de los pobres fuesen simples y anuales, porque nunca se propuso hacer de ellas religiosas. Aun así, la fórmula por ellas emplea­da, o más bien la expresión de la que se sirven para consagrarse al servicio de los pobres, está inspirada en la de los Hermanos de San Juan de Dios. No pode­mos dudar esto, pues también aquí tenemos el testimonio del santo.

En una de sus primeras conferencias a las Hijas de la Caridad sobre la vo­cación, el 19 de julio de 1640, se detuvo de pronto y dijo estas palabras: ¡Qué consuelo recibí, mis queridas hermanas, hace unos días! Es preciso que os lo co­munique. Oí leer la fórmula de los religiosos hospitalarios de Italia, que es: «Yo, tal de tal, hago voto y prometo a Dios observar durante toda la vida pobreza, castidad y obediencia, así como de servir a los pobres nuestros señores.» Como veis, hijas mías, causa mucho agrado al buen Dios honrar de ese modo a sus miembros, los queridos pobres.

La relatora de la conferencia se detuvo aquí un instante para confiar al papel sus reflexiones personales: El fervor —escribe— con que el Señor Vicente leyó las palabras de esos votos condujo a que algunas hermanas manifestaran el sen­timiento que las embargaba. Apelando a la suerte de aquellos buenos religiosos, que tan enteramente se daban a Dios, preguntaron si no podrían permitirse en nuestra compañía hermanas que hiciesen otro tanto. Su Caridad contestó: Sí, hijas mías, pero con esta diferencia, que los votos de esos buenos religiosos son solemnes y ni siquiera el Papa los puede dispensar, mientras que los hechos por vosotras podrá dispensarlos el obispo. Mejor aún sería no hacerlos siquiera, que hacerlos con la intención de que os los dispensen a voluntad.

¡Cuánta habilidad en este forjador de almas, qué maestría en este plasmador de la conciencia! Tenía concebido hacía tiempo el proyecto de llevar a sus hijas hasta la consagración a Dios con los tres votos tradicionales y un cuarto de ser­vicio a los pobres. En un inciso —semejante a una digresión, pero que es inten­cionado— ¡consigue obtener que sus oyentes acepten la idea y hasta pidan por sí mismas cuanto él les propone: 1.0, votos; 2.°, votos simples; 3.°, voto de servir a nuestros señores los pobres!

Y desde aquel día, todas sus hijas, a imitación de los religiosos Hospitalarios de San Juan de Dios, transcurridos cinco años de preparación, se unen a Dios con los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, y además con el de dedicarse al servicio corporal y espiritual de los pobres enfermos, nuestros verdaderos amos… en la Compañía de las Hijas de la Caridad.

Podrían aún recogerse otros pasajes significativos inspirados en las Consti­tuciones de los Hermanos de San Juan de Dios. Los Avisos diversos dados por San Vicente de Paúl e insertos en las Reglas de las Hijas de la Caridad —a hermanas que están en hospitales, a la que acuesta a los enfermos, etc…—, osten­tan huellas claras de derivación, o al menos de inspiración en esas Constituciones.

Todo esto nos demuestra el aprecio que San Vicente hacía de esta Orden tan benemérita, conocida por él en la aurora de su vida apostólica y con la que con­servó siempre relaciones de profunda amistad. Conoció y estimó a estos religio­sos en Roma y París. En sus hospitales tuvo la revelación del culto profundo con que toda la vida rodeó a los pobres enfermos y donde adquirió un saber y una experiencia de los cuidados que debían prestárseles —saber y experiencia que aún hoy colman de admiración y asombro a los expertos en cuestiones hospita­larias y hasta a los mismos médicos.

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