
SOLA de nuevo, abrumada por lo que llama ella "la justicia de Dios", Luisa busca un apoyo. Escribe a su primo Hilarión Rebours, a mons. Camus y a su tío Miguel. Las respuestas, harto desconcertantes, no devuelven la paz a su alma atormentada. También se dirige a su nuevo director. Se aferra a él como a un salvavidas. Desearía tenerlo siempre en París, dispuesto a responder a sus inquietudes. Vicente acoge a esta mujer desorientada. Con paciencia y bondad la ayuda a descentrarse de sí ...
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