Nos apremia el amor de Cristo (2 Cor. 5, 14)

Las once veces que se usa «enseguida» en Mc. 1 da la narración timbre de urgencia.  Tal vez el ritmo acelerado sirve para destacar el sentido de urgente expectación de mucha gente de aquellos tiempos.  Tal expectación da razón de la concurrencia a san Juan Bautista de «toda la región de Judea y de toda la gente de Jerusalén».

Parece que la gente está hambrienta de algo que dé sentido a su vida y que les asegure la salvación.  Y no lo encuentran en la sede del establecimiento religioso.  Es la predicación del Bautista en el desierto que responde a las esperanzas y las angustias de gente con intenso sentir religioso.  Y porque la predicación de Jesús continúa y cumple a la perfección la predicación de su precursor, no extraña que también Jesús les toque a la gente la fibra sensible.

Atrae a la gente Jesús, predicando la buena noticia del reino de Dios y asimismo la conversión y la fe que la cercanía del reino exige.  Lo indica la prontitud con la que los pescadores aceptan la invitación de «Venid y os haré pescadores de hombres».  Los primeros discípulos, al oír el llamamiento de Jesús, dejan su trabajo y lo siguen sin más.  Creen en él, si bien están todavía muy lejos de tener fe firme; se fían de él, aunque aún les falta la confianza inquebrantable.

Pero gana Jesús la voluntad de los discípulos en parte porque él mismo se muestra amable y confiado; ellos corresponden a las señales de confianza y bondad que Jesús da.  Su iniciativa le hace bien diferente de otros maestros que, teniendo en cuenta la importancia de su oficio, no se rebajan por buscar discípulos, sino que mantienen su dignidad e insisten en que les toca a discípulos buscar maestros.  Y Jesús no busca a los de la clase alta de buena reputación, sino a los de la clase baja y hasta a los tomados por pecadores y enemigos públicos.

Así, pues, Jesús enseña lo mismo que se aprende del libro del profeta Jonás:  la justicia y la misericordia de Dios van más allá de los confines de nuestro pensar, nuestra doctrina, nuestra cultura, y abraza incluso a los pobres y a las personas a quienes odiamos quizás.   La enseñanza de Jesús es la que «se esfuerza por enseñar de palabra y de obra la humildad, madre y maestra de todas las virtudes»—por usar las palabras de san Gregorio Magno—y evita la arrogancia que conduce a un maestro a estimarse como situado en un lugar más elevado, tomar por inferiores a los que reciben su enseñanza y hablarles en tono de como quien busca imponer su dominio.

No creo que sean pocos hoy día los inferiores que, teniendo fe ferviente y esperanza resuelta, juzgan como apremiante el momento.  Si esa gente acuden a otros predicadores, esto fácilmente se puede atribuir quizás a la «comezón de oídos» que tengan (2 Tim 4, 3).  Pero, ¿no es posible que Dios—de acuerdo con una advertencia de san Vicente de Paúl (XI, 803)—les pase a otros las gracias que los primeros recipientes de ellas no usan debidamente?

La Iglesia atraerá a la gente si en ella hay menos sospechas, acusaciones y ambiciones, y más amabilidad y confianza, más sencillez, humildad, mansedumbre, mortificación y celo, virtudes características de la misión y el ministerio de Jesús.   Cuanto más se viva en la Iglesia la entrega  de Jesús remembrada en la Eucaristía—la entrega presagiada por la entrega de san Juan Bautista a Herodes y la misma que también completamos en nuestra carne (Col. 1, 24)—tanto más atractiva será la Iglesia, ¿verdad?


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