¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte? (Rom. 7, 24)
Extático, creo yo, exclama Adán al ver a Eva por primera vez: «¡Ésta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!». Pero más tarde él tratará de justificarse ante Dios y dirá: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y comí.»
De acuerdo con lo que piden los israelitas, quienes no quieren más ni escuchar la atronadora voz divina ni ver ninguna teofanía pavorosa, el Señor promete suscitar un profeta de entre ellos. Dicho profeta les dirá al pueblo lo que el Señor mande. Pero no se elimina del todo la posibilidad de que el profeta se vuelva falso.
Así que resulta que no siempre redundan en nuestro bien ni los regalos preciosos que nos da Dios para que se nos mejore la calidad de vida ni las avenencias a que se llega para que nos aliviemos de algo que tomamos por molesto. Las actividades y actuaciones humanas, no malas por sí—cual, entre otras cosas, el ser casado, el comprar, el negociar—nos pueden preocupar tanto que acabemos con no vivir ni con decoro y ni con plena dedicación al Señor. Se asocian los demonios no sólo con cosas malas; el diablo se sirve de cosas buenas para engañarnos.
Pero los que sufrimos de algún mal u otro podemos acudir a Jesús. Él enseña con autoridad porque su enseñanza, lejos de repetir solamente lo que dicen otros maestros, da plenitud a la ley y los profetas y exige tal justicia que supere la de los fariseos y de los maestros de la ley (Mt. 5 y 6). Jesús es el cumplimiento pleno de la promesa de un profeta, suscitado de entre nosotros, que no puede menos que hablar en nombre de Dios, dado que él es Dios y pronuncia palabras que no son suyas sino del Padre (Jn. 1, 1; 14, 24). También enseña con autoridad Jesús en el sentido de que sus palabras van respaldadas por sus obras, pues, anda haciendo el bien y sanando a los oprimidos por el diablo (Hech. 10, 38).
Por medio de nuestro Señor Jesucristo, pues, Dios nos ofrece a nosotros que somos unos pobres miserables la salvación, la liberación, la sanación, la integridad. Pero Jesús ciertamente deja claro, tanto por sus palabras como por sus obras, que la salvación significa la pérdida, la liberación supone la esclavitud, la integridad implica la fracción, y la vida óptima envuelve la muerte pésima.
Y por ser tan escandalosos como difíciles el ejemplo y la enseñanza de Jesús, no extraña que aun los discípulos empiecen a dudar de él y lo abandonen, disminuyéndoseles la admiración y enfriándoseles el amor. Pero si los que nos llamamos sus discípulos nos aferramos de verdad a Jesús y vivimos de acuerdo con su enseñar con autoridad nuevo, no habrá pobres entre nosotros (Dt. 15, 4; Hech. 4, 34). Y si se admite que no van a faltar ellos en la tierra, esto precisamente quiere decir que abriremos con liberalidad nuestras manos a ellos (Dt. 15, 11)—a no ser que prefiramos que no habite en nosotros el amor de Dios o queramos comer y beber nuestra propia condena (1 Jn. 3, 17; 1 Cor. 11, 29) y conformarnos con ser cristianos sólo en pintura, por usar una observación de san Vicente de Paúl (XI, 561).















En este blog encontrarás materiales audiovisuales, reflexiones y comentarios a la Palabra de Dios de los Domingos y fiestas del Año Litúrgico. Quiere ser un servicio a los sacerdotes y a los cristianos en general que desean profundizar en su conocimiento de la verdad revelada en las Escrituras, haciéndola vida en nuestra cotidiana existencia.







