Está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio (Mc. 1, 15)
Jesús vuelve a casa en Cafarnaún—suya propia o tal vez la de la familia extensa de san Pedro, pero que ahora parece una casa para tantos que no queda sitio ni a la puerta, y hasta unos se atreven a quitar parte del techo y otros se sirven de la casa como tribunal—y allí vuelve a predicar la palabra. Al absolver al paralítico, Jesús vuelve al quid, al ejemplificado en su bautismo: reitera el tema de que la inminencia del reino de Dios hace necesarias la conversión y la fe.
Ilustra, pues, Jesús su enseñanza de que el reino de Dios y su justicia son sumamente importantes y se han de buscar antes que nada, antes que la buena salud y las demás seguridades por las que nos afanamos (Mt. 6, 33)—con lo que está completamente de acuerdo, desde luego, san Vicente de Paúl (RC II, 2; XI, 428-444). Y como si estuviera confirmando que lo demás se dará por añadidura una vez mantenido primero lo primero, Jesús le cura al perdonado.
Pero la curación física sólo pone de relieve la sanación espiritual. El reino es lo que señalan la cosa que nunca se ha visto y las otras sanaciones. Éstas son prenda de la futura vida de gloria en el reino plenamente realizado. El reino de Dios es lo nuevo que ya está brotando, en Jesús y mediante él, y que supone la oportunidad de que a la gente se les borre todo crimen y no se les acuerde ningún pecado.
El ser perdonado no parece tan espectacular como el ser sanado instantáneamente, y la declaración de perdón suena más fácil—porque no exige verificación empírica—que la declaración de sanación. Pero lo esencial no se debe cambiar por lo meramente espectacular. Si uno cambia el primero por el último, corre el mismo riesgo de los letrados. Ellos de momento no tienen perdón por persistir en rechazar el reino de Dios debido a que rechazan a Jesús y no creen en él (cf. Mc. 3, 20-30), el que es el sí inequívoco de Dios o el que cumple plenamente la promesa divina e inaugura y hace presente el reino.
A ellos les permanece el pecado también porque afirman que ven y que son discípulos sólo de Moises y no se dejan engañar por nadie (Jn. 9, 28. 41). Se creen ocupantes todo el tiempo de la cátedra de Moisés y, por tanto, están allí sentados para juzgar al que está en casa y sentenciarlo culpable de blasfemia. No soportan a nadie que se arroga, desde el punto de vista de ellos, una facultad que sólo pertenece a Dios. Confinados en su ortodoxia, nunca se les va a ocurrir pensar que tenga Jesús la autorización de Dios de perdonar pecados. Puede ser, por supuesto, que su motivo verdadero, aunque inconsciente, sea el miedo que tengan de perder tanto el monopolio del magisterio como los concomitantes beneficios, privilegios y prestigio.
En todo caso, el no poder levantarnos de nuestros asientos para ver mejor la totalidad desde varios puntos de vista, el no poder ir más allá de nuestras creencias, convicciones e intereses, esto nos puede poner a todos, judíos y cristianos, en peligro de resistirnos al reino y a Jesús. Él se nos presenta no espectacularmente, sino como un pobre, como uno que llora, es sufrido, tiene hambre y sed, uno de corazón tierno y sencillo, un sin poder y sin armas, un perseguido, insultado y calumniado.
Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre para juzgar a todas las naciones, ¿nos incluirá él en su reino o no? Depende de si acogemos o no a Jesús tal como se nos manifiesta. Del lecho de dolor y muerte lo levantará Dios al que cuida del pobre y desvalido. Discernir, pues, el cuerpo de Cristo y no menospreciar la Iglesia significa comulgar con los pobres y formar la Iglesia de todos, especialmente de los pobres, la casa de salvación y oración para todos (Is. 56) y el reino presente actualmente en misterio (cf. Lumen Gentium 3).

















En este blog encontrarás materiales audiovisuales, reflexiones y comentarios a la Palabra de Dios de los Domingos y fiestas del Año Litúrgico. Quiere ser un servicio a los sacerdotes y a los cristianos en general que desean profundizar en su conocimiento de la verdad revelada en las Escrituras, haciéndola vida en nuestra cotidiana existencia.







